16-06-2014  (2548 lectures) Categoria: Leonardo

Codice Madrid de Leonardo

Esp√≠ritu inquieto y con una personalidad sin igual, Leonardo da Vinci fue uno de los personajes m√°s extraordinarios y singulares de su √©poca, destacando en campos como el arte, la ingenier√≠a o el estudio de la naturaleza. En su curr√≠culum no faltan tampoco estrechas relaciones con Espa√Īa, ya sea a trav√©s de su v√≠nculo con la no menos c√©lebre familia Borgia o mediante las peripecias que sufrieron sus manuscritos despu√©s de morir.

M√°s de 60.000 visitantes en poco m√°s de tres meses. Ese es el notable saldo que dej√≥ a su paso por Madrid la muestra Polonia, tesoros y colecciones art√≠sticas, que acogi√≥ el Palacio Real de la capital espa√Īola el pasado verano. Buena parte de dichos visitantes acudieron atra√≠dos, sin duda, por la expectaci√≥n generada gracias a La Dama del armi√Īo, una de las bellas pinturas del c√©lebre Leonardo da Vinci, y uno de los ‚Äúplatos fuertes‚ÄĚ de la exposici√≥n.

En el haber del genio florentino se cuentan apenas veinte pinturas atribuidas con toda certeza, y ninguna de ellas se conserva en colecciones o pinacotecas espa√Īolas. Un detalle que, sin duda, ha contribuido a aumentar la expectaci√≥n entre el p√ļblico espa√Īol y que convirti√≥ la muestra en todo un √©xito de asistencia.

La hermosa pintura, uno de los escasos retratos femeninos realizados por Leonardo, fue pintado hacia 1490, y representa a una jovenc√≠sima Cecilia Gallerani, la hermosa amante de Ludovico Sforza, a cuyo servicio trabajaba entonces el maestro italiano. Tras los estudios iconogr√°ficos pertinentes, los expertos llegaron a la conclusi√≥n de que el animal que sostiene la joven en sus brazos ‚Äďun armi√Īo‚Äď, ser√≠a una alusi√≥n simb√≥lica al poderoso Sforza quien, adem√°s del apodo de ‚Äúel Moro‚ÄĚ, era tambi√©n conocido como ermellino (armi√Īo en italiano), despu√©s de que en 1488 fuera galardonado con la Orden del Armi√Īo por parte de Fernando I de N√°poles, tambi√©n conocido como Ferrante I de Arag√≥n, hijo bastardo de Alfonso V de Arag√≥n, y casado en segundas nupcias con Juana de Arag√≥n, hermana de Fernando el Cat√≥lico. No es la √ļnica relaci√≥n de la pintura con nuestro pa√≠s. Los expertos que han estudiado a fondo cada elemento de la obra se√Īalan que, tanto el peinado como la vestimenta de la joven Cecilia, siguen la moda alla spagnola.

La dama del armi√Īo, obra de Leonardo da Vinci | Cr√©dito: Wikimedia Commons.

Esta vinculaci√≥n tan indirecta de la pintura con Espa√Īa es apenas una simple an√©cdota. Sin embargo, un examen m√°s detallado de la obra y vida de Leonardo da Vinci desvela una insospechada ‚Äďpara muchos‚Äď relaci√≥n del maestro italiano con nuestro pa√≠s. El genio florentino tuvo una estrecha y destacada relaci√≥n con algunos de los m√°s importantes personajes de su √©poca, entre ellos varios espa√Īoles. Es el caso del temible y poderoso C√©sar Borgia, hijo del papa Alejandro VI, y con quien tuvo una breve pero intensa relaci√≥n. Por otra parte, su importante legado manuscrito, magn√≠fico testimonio de su pensamiento y de sus logros en materias como la ingenier√≠a, la anatom√≠a y otros campos del saber, tambi√©n tuvo, debido a los avatares de la Historia, un destacado v√≠nculo con Espa√Īa, que todav√≠a perdura hoy en d√≠a.

EL ARTISTA Y EL GUERRERO
En los a√Īos del cambio de siglo ‚Äďdel XV al XVI‚Äď, el ambiente en las distintas provincias italianas era el de un polvor√≠n a punto de estallar. Por aquel entonces, en 1499, el rey franc√©s Luis XII reivindic√≥ sus derechos sucesorios al ducado de Mil√°n ampar√°ndose en su parentesco con Valentino Visconti, su abuelo materno. Y no estaba solo. Tanto la Rep√ļblica de Venecia, como el papa Alejandro VI, de la mano de su hijo, el temible C√©sar Borgia, apoyaban sus aspiraciones.

Fue as√≠ como, en el verano de aquel a√Īo, Luis XII envi√≥ sus tropas en direcci√≥n a Mil√°n, provocando la huida del entonces duque, Ludovico Sforza, a la saz√≥n patr√≥n de Leonardo da Vinci desde hac√≠a varios a√Īos. Tras la invasi√≥n francesa de la ciudad, Leonardo todav√≠a se qued√≥ en Mil√°n durante unos tres meses. Es muy probable que durante aquel tiempo, el maestro florentino tuviera la oportunidad de conocer por primera vez a C√©sar Borgia, tal y como se√Īala Paul Strathern en su muy recomendable El artista, el fil√≥sofo y el guerrero.

Retrato de César Borgia | Crédito: Wikimedia Commons.

El hijo del Papa espa√Īol hab√≠a apoyado al monarca franc√©s con la intenci√≥n de recibir a su vez el apoyo y las tropas galas que le permitieran hacerse con el control de la Romagna y otras regiones italianas. Pero Borgia no s√≥lo necesitaba espadas, sino tambi√©n alguien capaz de reconstruir y reforzar las fortalezas que fuera conquistando a su paso, as√≠ como un notable ingeniero que mejorara su artiller√≠a pesada. El m√°s indicado para aquel puesto era, sin duda, Leonardo da Vinci, el exc√©ntrico sabio y artista que se hab√≠a forjado una notable fama al modelar la gigantesca estatua ecuestre en honor del padre de Ludovico Sforza, y que med√≠a casi metros de altura. Sin embargo, Leonardo logr√≥ escabullirse de la oferta de empleo de Borgia y, en diciembre de 1499, dej√≥ Mil√°n y puso rumbo a Florencia, a donde lleg√≥ a finales de abril del a√Īo siguiente. La ciudad, tras diversos avatares, estaba ahora dirigida por un gobierno republicano.

Durante dos a√Īos m√°s o menos tranquilos, Leonardo sigui√≥ enfrascado en sus proyectos y trabajos personales, pero en junio de 1502 la ciudad de Florencia empez√≥ a verse amenazada por el empuje de las campa√Īas de C√©sar Borgia en su conquista de la Romagna. La Signoria de Florencia decidi√≥ enviar a dos embajadores con la misi√≥n de pactar con Borgia. Uno de ellos era el obispo Soderini; el otro, ni m√°s ni menos que el hoy c√©lebre Maquiavelo. La reuni√≥n se celebr√≥ en el palacio de Urbino, plaza que hab√≠a sido conquistada por Borgia. All√≠, el hijo de Alejandro VI amenaz√≥ con aplastar Florencia si la ciudad no se convert√≠a en su aliada. Entre los acuerdos que se alcanzaron durante aquel encuentro, hay uno que nos interesa especialmente: desde aquel momento, Leonardo da Vinci se convertir√≠a en ingeniero militar en jefe de C√©sar Borgia, puesto que deb√≠a ocupar de forma inmediata.

No sabemos si la exigencia parti√≥ del propio Borgia o si fue un ofrecimiento de la delegaci√≥n florentina, conocedora del inter√©s del espa√Īol por Leonardo. En cualquier caso, lo que importa es que a principios de julio de 1502, Leonardo abandonaba Florencia para ponerse al servicio de su nuevo patr√≥n.

ENTRE ESPA√ĎOLES
Aunque C√©sar Borgia hab√≠a nacido en Roma en 1475, tanto √©l como el resto de su familia se consideraron siempre espa√Īoles. Los Borgia o Borja no s√≥lo conservaron sus costumbres y su cultura espa√Īola, sino que sus contempor√°neos italianos, y especialmente sus enemigos ‚Äďque eran muchos‚Äď, los consideraron siempre forasteros.

Por su parte, C√©sar se rode√≥ para sus campa√Īas militares de un buen n√ļmero de comandantes y capitanes espa√Īoles, hombres de armas terribles como Miguel de Corella, Hugo de Moncada o Ramiro de Lorca. Con todos ellos tendr√≠a ocasi√≥n de coincidir Leonardo da Vinci. Una relaci√≥n que, aunque estrictamente laboral, nutrir√≠a al genio florentino de interesantes conocimientos militares, especialmente en lo que se refer√≠a a las fortalezas espa√Īolas, que entonces se contaban entre las m√°s avanzadas de Europa.

Hugo de Moncada, uno de los ‚Äėcapitanes‚Äô espa√Īoles de Borgia con los que Leonardo tuvo trato | Cr√©dito: Wikimedia Commons.

Cuando Leonardo recibi√≥ la orden de unirse al s√©quito de Borgia parti√≥ de Florencia, pero en lugar de dirigirse a Urbino ‚Äďdonde se encontraba C√©sar en ese momento‚Äď, viaj√≥ a la ciudad de Piombino, con la intenci√≥n de inspeccionar las fortificaciones de aquella plaza. Este detalle nos indica que ya desde el primer momento hab√≠a recibido instrucciones sobre su futuro trabajo, antes incluso de reunirse con su nuevo jefe. Despu√©s, en su viaje a Urbino, Leonardo pas√≥ por Siena y m√°s tarde por Arezzo, donde se encontraba Vitellozzo, uno de los lugartenientes de Borgia, y de quien √©ste sospechaba que pudiera estar tramando una traici√≥n. As√≠ pues, directa o indirectamente, Leonardo no s√≥lo sirvi√≥ como ingeniero, sino tambi√©n como improvisado esp√≠a, al reunir informaci√≥n para Borgia sobre lo que estaba tramando su comandante.

Leonardo lleg√≥ a Urbino a finales de julio. No hay en sus cuadernos ‚Äďal menos en los que se conservan‚Äď ninguna referencia directa a ese primer encuentro entre ellos, a excepci√≥n, quiz√°, de tres dibujos de un hombre con barba que los especialistas han identificado con cierta seguridad como C√©sar Borgia.

Poco despu√©s de la llegada de Da Vinci a Urbino, C√©sar parti√≥ en secreto hacia el norte, con la intenci√≥n de reunirse con Luis XII y afianzar su alianza, pues √ļltimamente sent√≠a cada vez m√°s cerca el aliento de sus enemigos. Mientras, Leonardo continu√≥ su viaje por los territorios conquistados por Borgia, con la intenci√≥n de tomar nota e inspeccionar aquellos lugares que necesitaran mejorar sus defensas y proyectar nuevas obras de ingenier√≠a. Primero se dirigi√≥ a Pesaro, y poco despu√©s continu√≥ hasta Cesena, capital de la Romagna. En estas fechas, a mediados de agosto, C√©sar Borgia envi√≥ a Leonardo un salvoconducto que, por prisa o por olvido, no hab√≠a entregado a su ingeniero militar en jefe. Se trata de un texto interesant√≠simo, pues su contenido pone de relieve el inter√©s que Borgia mostraba por los trabajos de Leonardo y tambi√©n, el respeto ‚Äďe incluso el afecto‚Äď que le merec√≠a:

‚ÄúA todos los lugartenientes, castellanos, capitanes, condottieri, oficiales, soldados y personas a quienes se presente este documento: nuestro excelent√≠simo y querid√≠simo amigo, el arquitecto e ingeniero general Leonardo da Vinci, portador de este pase, tiene el encargo de inspeccionar los edificios y fortalezas de nuestros estados para que podamos mantenerlos seg√ļn sus necesidades y conforme a su consejo. Adem√°s, ordenamos y exigimos lo siguiente: se le dar√° paso franco, se le eximir√° del pago de impuestos y cargos tanto a √©l como a sus acompa√Īantes, y se le recibir√° de manera amistosa, y se le permitir√° inspeccionar, medir y examinar todo lo que desee. Y a tal fin le proporcionar√©is todos los hombres que solicite y le prestar√©is la ayuda y asistencia que precise y le har√©is los favores que pida. Es nuestro deseo que, en el caso de cualquier obra que deba llevarse a cabo en nuestros estados, cada ingeniero consulte con √©l y se atenga a su opini√≥n. Que ning√ļn hombre se atreva a actuar de otro modo, a menos que desee provocar nuestra ira.‚ÄĚ

A tenor de esta carta, resulta evidente que Borgia confiaba ciegamente en los conocimientos y el criterio de Leonardo, y llama la atenci√≥n la √ļltima frase, con una amenaza nada velada para quienes se atrevieses a molestar o incomodar a su ingeniero. Pese a su car√°cter de hombre de acci√≥n, c√©lebre por su astucia en cuestiones pol√≠ticas e intrigas, Borgia era tambi√©n un hombre cultivado, con inquietudes cient√≠ficas y culturales. No es de extra√Īar, por tanto, que en este sentido mostrara un especial inter√©s y simpat√≠a hacia Leonardo, m√°s all√° de su relaci√≥n ‚Äúprofesional‚ÄĚ.

Dise√Īo de ca√Ī√≥n, en uno de los cuadernos conservados del genio florentino | Cr√©dito: Wikimedia Commons.

Una vez que tuvo aquel salvoconducto entre sus manos, Leonardo continu√≥ viaje en direcci√≥n a la costa, hasta Porto Cesenatico, a donde lleg√≥ en los primeros d√≠as de septiembre. All√≠ se dedic√≥ a preparar planos y dise√Īos para mejorar las defensas de la ciudad y el puerto, ideando a su vez un curioso proyecto para crear un canal de unos quince kil√≥metros que unir√≠a Cesena con el mar.

Poco despu√©s Borgia regres√≥ de su reuni√≥n con Luis XII, y se estableci√≥ en Imola. Desde all√≠ envi√≥ nuevas instrucciones a Leonardo, indic√°ndole que deseaba construir un palacio de justicia y un nuevo edificio para la Universidad de Cesena. Por su parte, Leonardo sugiri√≥ a su patr√≥n que mandara fabricar ca√Īones de un nuevo calibre, utilizado por los franceses, para no verse obligado a solicit√°rselos al monarca.

Un vistazo a los cuadernos de Leonardo de esa √©poca ha desvelado, por la similitud de sus dise√Īos, que Da Vinci conoc√≠a a la perfecci√≥n el libro De re militari (Sobre las artes militares), escrito por Roberto Valturio casi medio siglo antes. Sin embargo, aquella no era su √ļnica fuente. Su relaci√≥n con algunos de los comandantes y capitanes espa√Īoles al servicio de C√©sar le proporcionaron, sin duda, importantes detalles sobre las nuevas t√©cnicas de fortificaci√≥n y el uso de la artiller√≠a pesada que se estaba utilizando en Castilla y Arag√≥n. De este modo, Leonardo recomend√≥ a Borgia que las fortalezas de la Romagna bajo su control fueran modificadas, redondeando sus esquinas y levantando murallas esquinadas, de forma que se redujera el efecto de la artiller√≠a enemiga.

Durante su estancia en Imola, Leonardo realiz√≥ tambi√©n otras labores para su patr√≥n. Siguiendo sus √≥rdenes, elabor√≥ planos para mejorar las fortificaciones de la plaza, que hab√≠a sido capturada tres a√Īos antes por el propio Borgia al derrotar a Caterina Sforza. De esta √©poca data tambi√©n un hermoso mapa de la ciudad, cuidadosamente coloreado, y que muestra con todo detalle las calles y murallas de la poblaci√≥n. Este plano muestra con claridad c√≥mo Leonardo dominaba ya el nuevo tipo de cartograf√≠a que se estaba imponiendo en aquellos a√Īos del Renacimiento, dejando atr√°s los mapas que se estilaban hasta entonces y que hund√≠an sus ra√≠ces en la Edad Media.

Adem√°s, junto a los mapas y sugerencias para mejorar las fortalezas, Leonardo tambi√©n ide√≥ para Borgia distintos ingenios relacionados con la artiller√≠a. Entre otros inventos, Leonardo cre√≥ ‚Äúmorteros capaces de disparar m√ļltiples proyectiles explosivos, artiller√≠a m√≥vil de precisi√≥n y catapultas de gran escala‚ÄĚ, tal y como se√Īala Paul Strathern. Hay tambi√©n referencias a un curioso dispositivo, igualmente ideado por Leonardo para Borgia: un enorme ingenio, capaz de elevar hasta 300 hombres a lo alto de las murallas durante los asedios.

Plano de la ciudad de Imola, realizado por Leonardo da Vinci. | Crédito: Wikimedia Commons.

Algunas notas escritas por Leonardo parecen indicar ‚Äďnunca hay menciones directas y expl√≠citas en sus cuadernos de esa √©poca‚Äď, que el florentino no estuvo siempre en la retaguardia. La menci√≥n, por ejemplo, a la toma de Fossombrone, a poco m√°s de quince kil√≥metros de Urbino, parece indicar que Da Vinci la presenci√≥ en primera persona, acompa√Īando a los comandantes espa√Īoles Hugo de Moncada y Miguel de Corella. Si, efectivamente, Leonardo asisti√≥ a la toma de la poblaci√≥n, que se sald√≥ con una sangrienta masacre, es muy posible que aquel ‚Äúespect√°culo‚ÄĚ reafirmara a√ļn m√°s su cada vez mayor pensamiento pacifista. Y es esta, curiosamente, una de las mayores singularidades de Leonardo. Al tiempo que se mostraba contrario a la violencia, a la vez que defend√≠a en sus escritos la vida de hombres y animales, el maestro dise√Īaba los m√°s variados artilugios para perfeccionar el arte de la guerra. Una notable contradicci√≥n que pone de manifiesto, una vez m√°s, lo complejo de su personalidad.

El paradero de Da Vinci a finales de 1502 y comienzos del a√Īo siguiente resulta oscuro para los historiadores. Sin embargo, es bastante probable que saliera de Imola junto a Borgia, el 10 de diciembre, en direcci√≥n a Cesena. S√≠ sabemos, por el contrario, que estuvo en Citt√† della Pieve, donde C√©sar orden√≥ estrangular a los tres miembros de la familia Orsini que hab√≠an estado conjurando contra √©l. M√°s tarde, a finales de enero de 1503, Leonardo se separ√≥ de su patr√≥n, para dirigirse a Roma, escoltado por algunos hombres de armas de C√©sar Borgia.

Una vez en la Ciudad Eterna, el maestro se reuni√≥n con el mism√≠simo papa Alejandro VI, quien le puso al tanto de una posible oferta de trabajo: la construcci√≥n de un colosal puente en el Cuerno de Oro, bajo los servicios del sult√°n Bejazit II. Parece que Leonardo se mostr√≥ vivamente interesado en la oferta, quiz√° porque supon√≠a un desaf√≠o para su intelecto, o tal vez porque, de aceptarlo, podr√≠a al fin liberarse de su actual patr√≥n, con quien ya no se encontraba a gusto en los dos √ļltimos meses. Sabemos, gracias a una carta descubierta por los historiadores, que Leonardo lleg√≥ a escribir al sult√°n detall√°ndole su idea para el proyecto, e incluso hay algunos bocetos del mismo, pero parece que finalmente termin√≥ por descartar el encargo.

Finalmente, y aunque desconocemos las razones sobre el particular, en torno a marzo de 1503 Leonardo qued√≥ liberado de su v√≠nculo con C√©sar Borgia. Hab√≠an sido ocho meses de trabajo bajo las √≥rdenes del espa√Īol, viviendo la guerra en directo y participando en uno de los sucesos m√°s importantes para la Historia de las provincias italianas de la √©poca.

LA AVENTURA DE LOS MANUSCRITOS
En 1967, los medios de comunicaci√≥n de medio mundo daban a conocer oficialmente un noticia que llevaba dos a√Īos rumore√°ndose entre el c√≠rculo de investigadores de la obra de Leonardo da Vinci. Los responsables de manuscritos antiguos de la Biblioteca Nacional de Espa√Īa hab√≠an localizado, entre sus nutridos fondos, dos ‚Äúcuadernos‚ÄĚ de Leonardo que hab√≠an estado desaparecidos durante d√©cadas. El extrav√≠o se hab√≠a producido debido a un error en la signatura de los manuscritos, por lo que durante todo el tiempo que se consideraron perdidos hab√≠an estado almacenados en el lugar incorrecto.

El hallazgo de aquellos cientos de p√°ginas, hoy distribuidas en dos vol√ļmenes conocidos como C√≥dices Madrid I y II, constitu√≠an, en opini√≥n de los expertos, ‚Äúuno de los principales descubrimientos del siglo XX en materia de manuscritos antiguos‚ÄĚ, y ofrec√≠an nuevos datos sobre la personalidad del polifac√©tico sabio y artista italiano. Un feliz descubrimiento que situaba a Espa√Īa en el mapa de pa√≠ses que cuentan con alguna obra atribuida a las manos del genial florentino. Curiosamente, la historia de estos textos y la de buena parte de los¬† ‚Äúcuadernos‚ÄĚ de Leonardo tuvo tambi√©n estrechos lazos con nuestro pa√≠s.

P√°gina de uno de los c√≥dices conservados en la biblioteca madrile√Īa | Cr√©dito: Biblioteca Nacional de Espa√Īa.

A la muerte del maestro en 1519, todos sus manuscritos pasaron a manos de su disc√≠pulo Francesco Melzi, quien los llev√≥ consigo hasta su hogar en Vaprio d‚ÄôAdda. Cuando Melzi muri√≥ en 1570 fue uno de los hijos de √©ste, Orazio, quien recibi√≥ en herencia tan importante legado. Sin embargo, ignorante del tesoro que hab√≠a recibido de su padre, releg√≥ los papeles del maestro Leonardo al desv√°n de la casa familiar. Quien s√≠ supo apreciar el valor de aquellos documentos manuscritos fue Lelio Gavardi, preceptor de la familia Melzi. Sin que Orazio se percatara de ello, Gavardi sustrajo trece cuadernos del desv√°n, y se los llev√≥ a Florencia con la intenci√≥n de vend√©rselos a Francisco de M√©dici. Sin embargo √©ste √ļltimo no se interes√≥ en aquel material, por lo que Gavardi termin√≥ por confesar su robo a un amigo, Ambrogio Mazzenta. √Čste se ofreci√≥ a devolver los documentos a su leg√≠timo due√Īo pero, para su sorpresa, Orazio Melzi se los regal√≥, mostrando poco inter√©s por ellos, y se√Īalando que ten√≠a muchos m√°s de ‚Äúaquellos papeles‚ÄĚ en el desv√°n de su casa.

Mazzenta, quien relata todos los pormenores de esta particular historia en sus Memorias, decidió repartir aquellos cuadernos entre sus dos hermanos. Poco después, el relato de la existencia de cientos de páginas manuscritas por Leonardo da Vinci corrió como la pólvora, llegando a los oídos de un escultor italiano, Pompeo Leoni.

Casualmente, Leoni llevaba varios a√Īos trabajando al servicio del rey de Espa√Īa, Felipe II, como uno de los artistas que participaban en la decoraci√≥n del monasterio de El Escorial. De hecho, en aquellas fechas, hacia 1582, Leoni estaba en Mil√°n ultimando los detalles de unas esculturas que acabar√≠an por formar parte del retablo mayor de la iglesia de El Escorial. Seg√ļn el relato de Mazzenta en sus Memorias, Leoni se apresur√≥ en contactar con Orazio Melzi, prometi√©ndole ‚Äúoficios, magistraturas y una sede en el Senado de Mil√°n‚ÄĚ si consegu√≠a recuperar los trece vol√ļmenes de Leonardo para envi√°rselos al rey Felipe, gran amante de este tipo de obras. Efectivamente, Leoni consigui√≥ recuperar diez de los trece cuadernos que Melzi hab√≠a regalado a Mazzenta, y que hab√≠an acabado en manos de √©stos. Los tres restantes hab√≠an acabado ya en manos del cardenal Federico Borromeo, del pintor Ambrogio Figini y del duque Carlos Emmanuel de Saboya.

Escultura de Felipe II realizada por Pompeo Leoni | Crédito: Wikimedia Commons.

Ese fue el destino de los trece manuscritos robados originalmente por el preceptor de la familia Melzi. Pero, ¬Ņy el resto de los cuadernos que hab√≠an estado en posesi√≥n de la familia? Todo parece indicar que Leoni consigui√≥ hacerse con una gran parte de ellos. En este punto, las dudas surgen respecto al paradero de buena parte de los mismos. Mientras algunos estudiosos creen que la mayor√≠a fueron enviados por Leoni al monarca Felipe II, tal y como refiere Mazzenta en sus memorias, otros, como el especialista Paolo Galluzzi, consideran que lo m√°s probable es que Leoni se los quedara para su propia colecci√≥n, habiendo utilizado el nombre del monarca espa√Īol s√≥lo para obtener las preciadas obras de Leonardo.

La cuesti√≥n, desde luego, no es balad√≠. Hoy en d√≠a los leonardistas consideran que Da Vinci lleg√≥ a ‚Äúproducir‚ÄĚ unas 15.000 p√°ginas manuscritas, de las que se conservan unas 7.000, aproximadamente. Cabe la posibilidad, por tanto, de que las p√°ginas perdidas estuvieran originalmente entre las que Leoni pudo haber enviado a Felipe II, si realmente hizo tal cosa. En caso de que as√≠ fuera ‚Äďno consta en ning√ļn documento de la √©poca que el escultor remitiera tales obras, ni tampoco en inventario bibliogr√°fico alguno‚Äď, significar√≠a que algunos cuadernos de Leonardo hoy desconocidos podr√≠an permanecer ‚Äúextraviados‚ÄĚ, igual que los c√≥dices en la Biblioteca Nacional, esperando a ser encontrados.

En todo caso, de lo que no hay ninguna duda es de que, a la muerte de Pompeo Leoni, el escultor contaba con una buena selecci√≥n de manuscritos vincianos. As√≠ lo demuestran los inventarios que se realizaron a la muerte del artista, con la intenci√≥n de concretar esta parte de la herencia, junto con otros muchos textos de arte, que pas√≥ a manos de su hijo Miguel √Āngel. Por desgracia, √©ste muri√≥ poco despu√©s, pasando sus posesiones a manos de Polidoro Calchi, yerno de Pompeo Leoni. Fue precisamente Calchi quien, poco despu√©s, comenz√≥ a comerciar con los manuscritos ‚Äďque hab√≠an sido organizados en vol√ļmenes por Leoni‚Äď, vendi√©ndolos a distintos compradores. Entre los vol√ļmenes que se sabe vendi√≥ Calchi se encuentran, por ejemplo, el c√©lebre Codex Atlanticus o los textos de la Colecci√≥n Windsor.

EL SINGULAR DON JUAN DE ESPINA
En lo que respecta a los C√≥dices de Madrid, su pista puede seguirse sin dudas al menos desde principios del siglo XVII, fecha en la que estaban en manos de un singular personaje madrile√Īo, amigo de Francisco de Quevedo y c√©lebre entre los c√≠rculos m√°s importantes de la corte: Don Juan de Espina.

Todos los textos de la √©poca coinciden en se√Īalar a Espina como un personaje singular, que sin duda habr√≠a hecho buenas migas con Leonardo da Vinci. Gran amante de la m√ļsica, de las m√°s diversas ciencias y del arte, su casa madrile√Īa era un aut√©ntico museo, pues estaba repleta con las m√°s singulares piezas procedentes de todo el mundo conocido. Por si fuera poco, la fantas√≠a popular le atribu√≠a cualidades que rozaban la magia, pues se dec√≠a que no contaba con sirvientes en su casa, sino que eran unos aut√≥matas de madera quienes se encargaban de servirle en cuanto necesitaba. Al parecer, Espina disfrutaba organizando sonadas fiestas en su morada y, de vez en cuando, consent√≠a en que ciertos privilegiados, siempre seleccionados por √©l, conocieran en persona las maravillas que pose√≠a. Uno de estos afortunados fue el pintor de origen italiano Vicente Carducho y es, gracias a √©l, que disponemos de uno de los testimonios sobre la presencia de los c√≥dices leonardianos en su casa. As√≠, en sus Di√°logos de la pintura (1633), Carducho explicaba: ‚ÄúAll√≠ vi dos libros dibujados y manuscritos de mano del gran Leonardo de Vinchi, de particular curiosidad y doctrina, que a quererlos feriar, no los dejar√≠a por ninguna cosa el pr√≠ncipe de Gales, cuando estuvo en esta Corte‚Ķ‚ÄĚ

Fachada de la Biblioteca Nacional de Espa√Īa | Cr√©dito: Wikimedia Commons.

Efectivamente, tal y como refiere Carducho en su libro, el mism√≠simo pr√≠ncipe de Gales ‚Äďfuturo Carlos I de Inglaterra‚Äď se mostr√≥ interesado en comprar los cuadernos de Leonardo durante su estancia en Espa√Īa en 1623, a lo que Juan de Espina se neg√≥. Cuando algunos a√Īos despu√©s, en diciembre de 1642, Espina falleci√≥, el testamento de tan singular personaje establec√≠a con toda claridad que los manuscritos de Leonardo ‚Äďentre otros muchos bienes‚Äď deb√≠an pasar a manos del rey de Espa√Īa.

As√≠ fue como aquellos dos valiosos vol√ļmenes pasaron a formar parte de la Biblioteca de Palacio y, ya en el siglo XIX, engrosar√≠an los fondos de la Biblioteca Nacional de Espa√Īa. En una obra de esa centuria, escrita por el bibli√≥grafo Bartolomeo Gallardo con el t√≠tulo de Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos, el autor espa√Īol refer√≠a la existencia de los c√≥dices de Leonardo. Se trataba de los manuscritos 8936 y 8937, que acabaron ‚Äútraspapelados‚ÄĚ durante d√©cadas, y reaparecieron en 1965 en la Biblioteca Nacional. Hoy son m√°s conocidos entre los especialistas como C√≥dices de Madrid I y II.

ANEXO
¬ŅLEONARDO EN ESPA√ĎA?
En los √ļltimos a√Īos, y en especial tras el arrollador √©xito de El C√≥digo da Vinci, han proliferado las m√°s singulares hip√≥tesis en torno al sabio y artista italiano. En lo que respecta a su relaci√≥n con Espa√Īa, sin duda una de las propuestas m√°s sorprendentes es la que plantea el escritor Jos√© Luis Espejo, licenciado en Geograf√≠a e Historia, y autor de El viaje secreto de Leonardo da Vinci. En sus p√°ginas, Espejo aprovecha el ‚Äúsilencio‚ÄĚ sobre el paradero de Leonardo entre septiembre de 1481 y abril de 1483 para plantear una sorprendente posibilidad: el florentino habr√≠a viajado en esas fechas hasta Espa√Īa, y m√°s concretamente hasta Catalu√Īa, para visitar el monasterio de Montserrat, donde no s√≥lo habr√≠a pintado una obra por encargo ‚Äďsu San Jer√≥nimo‚Äď, sino que habr√≠a aprovechado su estancia para empaparse de secretos saberes alqu√≠micos. Adem√°s, Espejo sugiere que el linaje de Leonardo podr√≠a tener un origen catal√°n, con parte de su familia procedente de la localidad de Vinciano.

Sin duda se trata de una hip√≥tesis sugerente, muy apropiada para una novela de intriga hist√≥rica, pero por desgracia cuenta con pocas posibilidades de ajustarse a la realidad. Si bien es cierto que los datos sobre el paradero de Leonardo en las fechas que cita Espejo son escasos, la pr√°ctica totalidad de los historiadores y estudiosos de su figura no albergan duda de que pas√≥ de Florencia a Mil√°n precisamente en alg√ļn momento de aquel periodo ‚Äďmuy posiblemente en 1482‚Äď, para comenzar a trabajar bajo las √≥rdenes de Ludovico Sforza. Por otra parte, es poco probable que Leonardo fuera contratado como pintor por parte de los responsables del monasterio de Montserrat, pues por aquellas fechas no era precisamente c√©lebre como pintor, con escasas pinturas en su haber, y mucho menos fuera de Espa√Īa. Habr√≠a sido mucho m√°s l√≥gico que el abad del monasterio catal√°n hubiera optado por un artista presente en la pen√≠nsula. Adem√°s, y volviendo a la cuesti√≥n de que apenas contaba con renombre como artista, cabe recordar que en la carta de presentaci√≥n que envi√≥ a Sforza por esas fechas, √©l mismo se presentaba como ingeniero y experto en la fabricaci√≥n de artilugios de guerra, dejando como mera an√©cdota sus capacidades para la pintura.

Algo similar sucede con la sugerencia de que Leonardo aprovechara su estancia en el monasterio para aprender alquimia pues, precisamente, entre los escritos de Leonardo no faltan duras cr√≠ticas a adivinos y otros charlatanes, a quien el genio despreciaba, incluyendo entre ellos a quienes practicaban el arte de la alquimia, aunque a estos √ļltimos los tratara con algo m√°s de benevolencia, pues experimentaban con elementos de la naturaleza.

Dise√Īo del ‚Äėgran cavallo‚Äô, en una de las p√°ginas de los C√≥dices Madrid | Cr√©dito: Biblioteca Nacional de Espa√Īa.

ANEXO
LOS C√ďDICES DE MADRID, AL DETALLE
Los dos manuscritos de Leonardo que se conservan actualmente en la Biblioteca Nacional se cuentan entre las joyas m√°s valiosas que posee la instituci√≥n madrile√Īa. No en vano, se trata de las dos √ļnicas obras atribuidas con certeza al genio italiano que se conservan en nuestro pa√≠s. Los c√≥dices, realizados en papel, tienen unas dimensiones de 222 x 155 mm, y est√°n compuestos por 191 p√°ginas (el C√≥dice I) y 157 (el II). En ambos las p√°ginas est√°n cubiertos por dibujos y textos, en este √ļltimo caso con la habitual ‚Äúescritura especular‚ÄĚ de Leonardo, que consist√≠a b√°sicamente en textos escritos de derecha izquierda y con las letras invertidas, de tal forma que s√≥lo resultan legibles empleando un espejo. Al parecer, Da Vinci empleaba esta t√©cnica por dos razones: por un lado, para evitar emborronar su propia escritura, pues era zurdo; por otro, para proteger sus hallazgos, invenciones y textos comprometidos de los ojos de los curiosos. En cuanto a la cronolog√≠a, parte de las p√°ginas datan del periodo entre 1493 a 1497, con Leonardo todav√≠a en Mil√°n, mientras que el resto se remontan a los primeros a√Īos del siglo XVI, coincidiendo en parte con el periodo que el maestro italiano pas√≥ a las √≥rdenes de C√©sar Borgia (ver art√≠culo). En algunas de estas p√°ginas encontramos dibujos de fortificaciones, cuyas semejanzas con el castillo espa√Īol de La Mota (Medina del Campo, Valladolid) son m√°s que evidentes. Para especialistas como el arquitecto Fernando Cobos-Guerra, restaurador de la fortaleza vallisoletana, no hay duda de las semejanzas entre los dise√Īos realizados por Leonardo y los castillos de Medina del Campo o el de Salses. Una influencia que habr√≠a llegado al genio florentino, con toda probabilidad, a trav√©s de los militares espa√Īoles que formaban parte de los ej√©rcitos de Borgia.

Castillo de La Mota, en Medina del Campo | © Javier García Blanco.

El C√≥dice Madrid I es un tratado de est√°tica y mec√°nica y, en opini√≥n de los especialistas, es el que cuenta con dibujos de mayor calidad. En sus p√°ginas podemos disfrutar de bellos dise√Īos realizados con tinta negra, entre los que destacan dibujos de diferentes maquinarias, como relojes, armas, mecanismos singulares y otros ingenios surgidos de su mente. En lo que respecta al C√≥dice Madrid II, en √©l encontramos cuestiones m√°s variadas: desde referencias a alguna de sus obras, como la c√©lebre Batalla de Anghiari, pasando por un inventario de parte de los libros que formaban su biblioteca, hasta mapas topogr√°ficos del valle del Arno o la llanura de Pisa. En uno de los cuadernillos de estas p√°ginas descubrimos, adem√°s, bocetos y dise√Īos sobre la fundici√≥n del gran cavallo, la monumental estatua ecuestre encargado por Ludovico Sforza en Mil√°n, cuyo modelo en arcilla se perdi√≥ para siempre cuando las tropas francesas invadieron la ciudad y se entretuvieron haci√©ndola a√Īicos con sus armas.

Recientemente, la Biblioteca Nacional anunció la realización de una edición digital de los Códices, después de plantear una encuesta a los internautas a través de diversas redes sociales, y en que la obra de Leonardo resultó elegida para su conversión a este formato.




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