25-07-2014  (3502 lectures) Categoria: Marina

Barcos ingleses vs. invencible

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Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
Luis Astrana Marín
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Capítulo
L

 

Primeros contratiempos de la Armada Invencible.‚ÄĒLlegada a La Coru√Īa y reorganizaci√≥n.‚ÄĒN√ļmero de barcos y fuerzas de las flotas espa√Īola e inglesa.‚ÄĒEscaramuzas.‚ÄĒTemor de los ingleses al abordaje.‚ÄĒLa Armada en Calais.‚ÄĒLa acci√≥n frente a Gravelinas.‚ÄĒActitud culpable de Alejandro Farnesio.‚ÄĒSe acaban las municiones en ambas flotas.‚ÄĒLa escuadra inglesa desaparece.

 

A la vez que fueron sucedi√©ndose las comisiones referidas, Cervantes, como Espa√Īa entera, tuvo puestas su atenci√≥n y su ansiedad en los acontecimientos de la gran Armada. Las muchas semanas sin noticias y la contradicci√≥n de ellas, no dejaron de producir inquietud. Corri√≥ la voz de que don √Ālvaro de Baz√°n, al saber el nombramiento del duque de Medina Sidonia, dijo, enfermo ya de pena: ¬ę¬°Oh, mala guerra es!¬Ľ, y muri√≥ despechado y triste (1). Y el cronista Cabrera de C√≥rdoba escribe que Alejandro Farnesio propuso al Rey, por conducto suyo y del capit√°n Castro, su camarero, que se suspendiera la salida de la Armada del puerto de Lisboa. ¬ęNo admiti√≥ la suspensi√≥n (a√Īade) Su Majestad, y yo le dije mirase que el juntarse la armada de Flandes con la de Espa√Īa no era posible, porque los galeones pescaban (2) veinticinco pies y treinta de agua, y en aquellos mares de -[272]- Dunquerque en algunas leguas no los hab√≠a; y no habiendo de estar tan arrendados (1) para no dar en los bancos de arena, con maestrales (2) se tendr√≠an muy a lo largo, y entre nuestra armada y la de Flandes podr√≠a estar otra del enemigo que pescase menos agua que la de Espa√Īa, para no dejar salir la del de Parma, sin alcanzar nuestra artiller√≠a de la armada y plazas a batilla y apartalla; y consistiendo la jornada en esta uni√≥n y no pudi√©ndose hacer, no se har√≠a la jornada, y Su Majestad perder√≠a tiempo y expensas y aventuraba en mares y canales bajos y de furiosas corrientes por el desemboque de grand√≠simos r√≠os, las mayores fuerzas de su monarqu√≠a y de la cristiandad, sin tener puerto para asegurarse¬Ľ (3).

Desprecióse la advertencia, causa quizá de la actitud remisa y culpable que adoptó después Alejandro Farnesio.

Salida la Armada de la barra de Lisboa, a 10 de Junio el duque de Medina comunica ya al Rey un contratiempo: a la urca David Chico se le ha roto el √°rbol mayor y no puede seguir; por ende, las vituallas vienen podridas y hay que arrojarlas al mar (4). Son aquellas vituallas con que, seg√ļn dijimos, los p√≠caros tenedores de bastimentos enga√Īaban y defraudaban al marqu√©s de Santa Cruz, amparados por la camarilla del Rey. No quedaron sin castigo sus autores, pero ya era tarde. Al mismo tiempo el Duque avisaba a Farnesio su deseo vehemente de unirse pronto con √©l, por ser el intento de Su Majestad juntar sus fuerzas; ¬ęy as√≠, me ha mandado que, sin torcer camino, ni hacer m√°s que desembarazar el paso si hubiere quien me le embarace, me vaya a buscar a Vuestra Excelencia y le avise, en entrando en la costa de Inglaterra, d√≥nde me hallo, para que Vuestra Excelencia pueda salir con su Armada¬Ľ. Teme le falte el agua (5).

El 13 de Junio navega a la vista del cabo de Finisterre (6); el 14 vuelve a pedir vituallas, por estar corrompidas las pocas que le quedan (7), y el 19 se ve obligado, seg√ļn √©l por falta de agua y de bastimentos, a entrar con parte de la flota en el puerto de La Coru√Īa (8). Empero, no habiendo comunicado esta resoluci√≥n, ni dado ningunas √≥rdenes, entraron solamente cuarenta bajeles y la capitana; y como aquella misma noche y al otro d√≠a se levantara un fuerte viento del Sudoeste con cerraz√≥n grande, el -[273]- resto de la Armada, sin saber a qu√© atenerse, entr√≥ en los puertos inmediatos y sufri√≥ completa dispersi√≥n (1). Unas naves corrieron hacia la Tercera, otras hacia Asturias, Guip√ļzcoa e islas Sorlingas. Fu√© el primer desbarate de la Armada, por la incapacidad del Duque. Pues pudiendo, precisamente ayudada del temporal, en vez de resistirlo, haber llegado a Inglaterra en tres jornadas, perdi√≥ el tiempo en La Coru√Īa, hasta el extremo de invertir sesenta y nueve d√≠as desde que sali√≥ de Lisboa hasta arribar a Calais (2).

Este accidente di√≥ tiempo a prepararse al enemigo. Los galeones sufrieron muchas aver√≠as. Don Alonso de Leyva fu√© a parar con diez u once barcos al puerto de Vivero; las galeazas Patrona y Z√ļ√Īiga aportaron sobre Gij√≥n muy trabajadas. A la galeaza San Lorenzo se le rompi√≥ el baupr√©s; de la Girona hubo que sacar el bizcocho, mojado, y calafatearla; al gale√≥n San Felipe, desclavarle el espol√≥n y calafatearle la proa, y al San Marcos, lo mismo. La galera Julia y el San Crist√≥bal hac√≠an agua; a la almiranta de Oquendo fu√© menester arreglar el m√°stil de proa y proveerla de veinte quintales de cordaje para jarcias. La Santa Mar√≠a de la Rosa lleg√≥ hecha un desastre, sin √°rbol mayor ni aparejos, vela, entena y gavia, √°ncoras, cables ni vitualla alguna; y la carabela Nuestra Se√Īora de la Asunci√≥n, con la verga mayor rota y el m√°stil del trinquete sentido. En fin, La Rata y otras carec√≠an de anclas y cables. Algunos marineros se ahogaron (3).

Felipe II, en 28 de Junio, comunica a Medina Sidonia que no se aflija por lo sucedido, pues considerando que pudiera acaecer en peores mares, ¬ęparesce que ha sido guiado por mano de Nuestro Se√Īor¬Ľ; que se informe de los da√Īos sufridos, se repongan los bastimentos, se d√© carne fresca a la gente y se cuide a los enfermos. √Čl, por su parte, ha mandado prevenir vituallas en Lisboa, Vizcaya y Guip√ļzcoa, que, si no alcanzan a la Armada en La Coru√Īa, las llevar√° en pos el general Sancho Pardo (4). El Duque le notifica el d√≠a 24 la falta de algunos nav√≠os; y teme que la nueva del desbarate no tarde en llegar a Inglaterra y salgan corsarios a buscar las naves rezagadas (5). Le aterraba que viniese la flota inglesa a combatirle. Y -[274]- as√≠, el mismo d√≠a propone al Rey que, visto el contratiempo de la Armada, desista de la empresa, remediando estos inconvenientes ¬ęcon tomar algunos medios honrosos con los enemigos¬Ľ (1).

Tales razones le dictaba el miedo. Y sin embargo, se reconocer√° que, pues el Rey no le destitu√≠a, m√°s le hubiera valido seguirlas que tolerarle. Primeramente hac√≠ale notar que, dividida y maltratada la flota, ¬ęqueda ba con tan poca fuerza, que es muy inferior a la del enemigo, seg√ļn todos los que de esto saben lo dicen¬Ľ. Segundo, que los asuntos de Portugal y las Indias correr√≠an mucho peligro, y los Estados de Flandes cobrar√≠an √°nimo, volviendo a levantarse, cuando vieran que la Armada hab√≠a tenido mal suceso. Y tercero, y con ello injuriaba secretamente a Mart√≠nez de Recalde, a Oquendo, Bertendona, Bovadilla y dem√°s jefes y oficiales, que Su Majestad no ten√≠a sino ¬ępocos o casi ninguno que entienda y sepa cumplir con las obligaciones de sus oficios¬Ľ. Y por si no bastara, a√Īad√≠a: ¬ęTambi√©n la poca gente que tiene el duque de Parma ayuda mucho a lo que refiero¬Ľ.

Lo que Medina Sidonia deseaba a todo trance era volver a su casa de Sanl√ļcar y no combatir. Mejores razones, y no las medrosas, sino las sabias y prudentes, que no se le ocurrieron, hubieran sido advertir a don Felipe que a finales de Junio y necesit√°ndose un mes para reparar los nav√≠os, ya no era tiempo, a √ļltimos de Julio, y menos en Agosto, de operar en aquellos mares. El solo aderezo de los bajeles que pod√≠a llevarse a cabo, como se llev√≥, no era raz√≥n suficiente para desistir de la jornada. Ni era tampoco razonable proponer que se tomasen medios honrosos con los enemigos, declarada la guerra y conociendo los ingleses la llegada de la flota a La Coru√Īa: eso tuviera facciones de temor. Con aplazar la expedici√≥n para el a√Īo entrante, quedaba a salvo el honor del Rey... y exhausto el tesoro de la Reina de Inglaterra.

A 27 de Junio juntaba en el gale√≥n San Mart√≠n a los mismos jefes a quienes el 24 injuriara, proponi√©ndoles si deb√≠a aguardarse en La Coru√Īa al resto de la flota, o si ser√≠a mejor salir en su busca; y, en fin, si, visto que faltaban veintiocho naos, conven√≠a hacer la jornada, para comunicarlo a Su Majestad (2). Es decir, propon√≠a a los mismos generales calumniados sancionaran su deseo de volverse vergonzosamente. Y con ma√Īa presentaba la proposici√≥n, haciendo que votase en primer t√©rmino el veedor don Jorge Manrique, su conchabado, a quien no correspond√≠a semejante preferencia. Estuvieron presentes Juan Mart√≠nez de Recalde, Diego Flores de Vald√©s, don Pedro de Vald√©s, Miguel de Oquendo, don Hugo de -[275]- Moncada, Mart√≠n de Bertendona y los capitanes Juan de Velasco y Gaspar de Hermosilla. A todos pareci√≥, menos al duque y al veedor, que deb√≠a reunirse toda la Armada en La Coru√Īa y continuar la empresa, estando como estaban los √°nimos de la gente ¬ęmuy quietos y con la cierta esperanza de victoria que llevaban¬Ľ. Don Pedro de Vald√©s, siempre bravuc√≥n y temerario, singulariz√≥se, diciendo que con los bajeles del puerto y los pr√≥ximos hab√≠a fuerza suficiente para ir al Canal, cuanto m√°s que todos o casi todos los que faltaban se incorporar√≠an, pues la tormenta no fu√© tan forzosa. Y pidi√≥ que su voto se enviase al Rey, cosa que contrari√≥ enormemente al Duque, pero que no pudo impedir. Incluso Vald√©s lo comunic√≥ a Su Majestad, consignando que desde entonces no le miraba el de Medina Sidonia con buenos ojos (1).

No se di√≥ Felipe II por entendido, y escribi√≥ al Duque, amorosamente, que no desist√≠a de la empresa; que se recogiesen las naos esparcidas, se repararan volando y prosiguiera la jornada, aunque faltasen catorce o quince (2). Pero Medina Sidonia, con el pretexto de la disminuci√≥n de los barcos, volv√≠a al sistema de las dilaciones. Tuvo el Rey que apelar a la recomendaci√≥n de Oquendo, Mart√≠nez de Recalde y Vald√©s, quienes insinuaron al monarca que la conducta del Duque murmur√°base ya por la gente (3). Su Majestad, reunidas las naves y sin poner reparo en tantas pruebas de la incapacidad e irresoluci√≥n de aquel hombre, volvi√≥ a escribirle congratul√°ndose de que no se hubiera perdido ning√ļn bajel. ¬ęLo que vuestra diligencia (le a√Īad√≠a) ha valido con darles aviso y orden de recogerse, bien se ve, y no es nuevo para m√≠ que la pongais tan grande en cosas de mi servicio, pues vivo seguro de lo mucho que en ello os desvelais¬Ľ (4).

Por fin, tras arreglar las naves, aprestaronse las vituallas. Particip√≥ el Duque al Rey que todo estaba dispuesto, y la gente, contenta, hab√≠a confesado y comulgado (5). Y el 22 de Julio sal√≠a de La Coru√Īa, a los treinta y dos d√≠as de entrar y ciento veintid√≥s de demora causada por su incompetencia (6).

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La Armada frente al cabo de Lizard, seguida después por la flota inglesa a la altura de Eddystone.
La Armada frente al cabo de Lizard, seguida después por la flota inglesa a la altura de Eddystone.
Arriba: miniatura de la reina Isabel.
(Grabado de John Pine, seg√ļn H. Gravelot. 1739.‚ÄĒ
National Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10. n√ļm. 4.993.)

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El 23, la Armada doblaba la punta de Ortiguera, con viento favorable (1). Iba mejor dispuesta que cuando salió de Lisboa, aunque con la desventaja del mucho tiempo perdido, y no poca merma de gente, pues llevaba antes a bordo 29.453 personas. Pero las tripulaciones hallábanse llenas de ardor y con ánimos de combatir. En siete días estuvo a la vista de Inglaterra.

A las cuatro de la tarde del 29 de Julio, con viento del Oeste y cielo claro, la flota descubr√≠a el cabo de Lizard. El Duque arbol√≥ en el tope de la gavia del gale√≥n San Mart√≠n el estandarte con un Crucifijo y Nuestra Se√Īora y la Magdalena a los lados, y mand√≥ disparar tres piezas con orden de que se hiciera oraci√≥n (2). As√≠ lo escrib√≠a al Rey, quien le recomendaba la ocupaci√≥n de un puerto enemigo, y principalmente el r√≠o de Londres (3).

Al atardecer del día siguiente, descubrióse a sotavento y amainada la flota inglesa. El alférez Juan Gil, en una pinaza de remo, acercóse a tierra enemiga y volvió a media noche con cuatro pescadores ingleses capturados, quienes dijeron, separadamente, ser de Falmouth y que en el puerto de Plymouth, a seis leguas de la Armada, hallábase la de la Reina, con sesenta bajeles al mando del gran Almirante, habiéndosele reunido poco después la de Francisco Drake, no sabían con cuántos (4).

Esto muestra que el mismo temporal que sobre La Coru√Īa dispers√≥ a parte de nuestros nav√≠os, caus√≥ tambi√©n aver√≠as a los de Inglaterra. Se vieron, pues, igualmente obligados a repararse en diferentes puertos; y como el Duque se entretuvo los treinta y dos d√≠as aludidos, crey√≥se que la Armada espa√Īola se hab√≠a retirado, aplazando la expedici√≥n para el a√Īo siguiente. La Reina, en seguida, a quien el apresto de naves estaba arruinando, mand√≥ desarmar cinco de las mayores, y despidi√≥ la gente. Pero el almirante Howard, con m√°s prudencia, quiso asegurarse del rumor y -[278]- procedi√≥, por cuenta propia, a reconocer los puertos del golfo de Cantabria. Mientras lo verificaba, se fij√≥ el viento al Sudoeste, y, temiendo lo aprovechasen los espa√Īoles, regres√≥ al punto sin cumplir su cometido. No hab√≠a hecho m√°s que entrar en Plymouth cuando divis√°ronse las primeras velas de la Armada. El rumor era falso. Los monstruosos galeones de Felipe II estaban a la vista.

Si el malhadado duque de Medina Sidonia hubiera tenido decisi√≥n, al distinguir el cabo de Lizard, habr√≠a hecho alto y dispuesto el combate. Empero aquel mismo s√°bado, 30 de Julio, despu√©s de reunir el Consejo y en vez de ¬ęromper la fuerza que tuvieren (los enemigos) por la mar¬Ľ, como confesaba hab√≠a de hacer (1), vuelve a escribir al Rey que su determinaci√≥n es ir con la Armada hasta la isla de Wight, ¬ęy no pasar adelante hasta tener aviso del duque de Parma y saber el estado en que se halla con su armada; porque, si yo saliese de all√≠ con √©sta la costa de Flandes, no habiendo en toda ella puerto ni abrigo ninguno para estas naos, con el primer temporal que les diese las echar√≠a a los bancos, donde sin ning√ļn remedio se habr√≠an de perder; y por excusar este peligro tan evidente, me ha parecido no pasar adelante de aquella isla hasta saber lo que el Duque hace, pues lo que se pretende es que al punto que yo llegue salga √©l con su armada, sin dar lugar a que yo le aguarde un momento, que en esto consiste todo el buen suceso de la jornada, y para que lo tenga entendido el Duque, le despachar√© otra pinaza en entrando en el Canal, y en llegando a la isla Duich (Wight), otra; y yo estoy espantado de no haber tenido aviso suyo en tantos d√≠as; y en todo este viaje no se ha topado nav√≠o ni aun hombre de quien poder tomar lengua (2), y as√≠, se va muy a ciegas¬Ľ (3). ¬°Y tan a ciegas! Pues ni Alejandro Farnesio quer√≠a reun√≠rsele, ni √©l ten√≠a √°nimo de combatir, ni sab√≠a ni le agradaba. Y era muy bueno, a su juicio, avanzar tranquilamente hacia aquella isla, a esperar noticias del sobrino del Rey, descubierta ya la escuadra de Howard.. . ¬°Si hubiese estado all√≠ el marqu√©s de Santa Cruz! Pero el marqu√©s de Santa Cruz no hubiera estado all√≠, por no ser ya tiempo de jornada; pues, como sabemos, era contrario a hacer la expedici√≥n en verano, a causa de reinar en aquella estaci√≥n los vientos del Norte y Nordeste (que no tardar√≠an en soplar), adversos a la navegaci√≥n perseguida.

Despu√©s del contratiempo sufrido por ambas flotas, arregladas las aver√≠as y dispuestas las dos escuadras, la Armada nuestra compon√≠ase de los -[279]- nav√≠os siguientes, sin contar algunos m√°s que se le unieron a √ļltima hora: 11 de la Corona de Portugal, 16 del cargo de Diego Flores de Vald√©s, 13 de Juan Mart√≠nez de Recalde, 11 de don Pedro de Vald√©s, 14 de Miguel de Oquendo, 9 de Mart√≠n de Bertendona, 19 de Juan G√≥mez de Medina, 21 de Agust√≠n de Ojeda, 9 carabelas con bastimentos, 4 galeazas de don Hugo de Moncada, otras 4 de Diego de Medrano y 7 falucas; total, 131, con 24.067 hombres, de ellos, 17.017 de gente de guerra (1).

Distaba, pues, mucho esta Armada de la concebida por el marqu√©s de Santa Cruz (556 vasos mar√≠timos, m√°s 40 fragatas y 200 barcas para el desembarco, con 94.222 personas), que vimos en p√°ginas anteriores. La del plan de don √Ālvaro, lanzada en los meses de Marzo o Abril, habr√≠a espantado con sola su presencia y su nombre. La del duque de Medina Sidonia era una m√≠nima parte de aqu√©lla, y arrojada con tiempo tard√≠o, sin orden ni direcci√≥n.

El gale√≥n San Mart√≠n iba, como sabemos, de nave capitana general; y de almiranta general, el San Juan. De capitana de la escuadra de Diego Flores de Vald√©s, el gale√≥n San Crist√≥bal; de almiranta de Juan Mart√≠nez de Recalde, la nave Santiago, y de capitana de don Pedro de Vald√©s, la nao Nuestra Se√Īora del Rosario. Miguel de Oquendo llevaba la Santa Ana, y Mart√≠n de Bertendona, la Regatona. Estos eran los seis principales nav√≠os. Otros importantes llam√°banse Duque de Florencia, San Francisco, Nuestra Se√Īora de Bego√Īa, etc.

La flota inglesa, contados los buques peque√Īos, m√°s 43 guardacostas y 15 transportes de v√≠veres, ascend√≠a a 197 barcos, donde iban 15.787 personas. Los seis principales eran: el Ark Royal, capitana general de Lord Howard of Effingham; el Triumph, almiranta de Forbisher; el Tiger, mandado por Boston; el Griffin, de la secci√≥n de Drake; el Golden Lion, de Tom√°s Howard, y el White Bear, de Lord Sheffield. La almiranta de Drake se llamaba Revenge, y la contralmiranta de Hawkins, Victory (2). -[280]-

Don Alonso de Leyva regía La Rata Encoronada, nombre puesto a su nave en burla de la Reina Isabel.

Como hemos visto, el designio de la Armada no era, por el momento, combatir, a menos de hacerle frente el adversario, sino seguir adelante su ruta para unirse con el convoy (que no apareció jamás) de Alejandro Farnesio. Naturalmente, los enemigos tenderían a evitarlo.

Cuando los ingleses divisaron completamente nuestra flota, llen√°ronse de asombro. ¬ęNo vi√≥ por ventura el Oc√©ano (escribe un autor coet√°neo) espect√°culo de mayor admiraci√≥n. Extend√≠ase la Armada espa√Īola en forma de media luna (1) con inmensa distancia entre sus puntas. Los √°rboles, las entenas, las torreadas popas y proas, que en altura y n√ļmero tan grande sobresal√≠an a tanta m√°quina naval, causaban horror lleno de maravilla y ocasionaban duda si aquella campa√Īa era de mar o de tierra, y si en muestra tan pomposa ten√≠a m√°s arte este o el otro elemento. Ven√≠a con movimiento espacioso, aun cuando tra√≠a llenas las velas, y casi parec√≠a que gem√≠an las ondas debajo de su peso y se cansaban los vientos de regirla¬Ľ (2).

Otro autor, √©ste ingl√©s y moderno, dice: ¬ęNo hab√≠a en toda la Armada de Inglaterra m√°s que 19 piezas de 60 libras y 28 de 33, siendo el resto culebrinas, medias culebrinas, sacres, mi√Īones, faltones y otros ca√Īones peque√Īos. No se sabe c√≥mo iban armados nuestros buques mercantes; pero considerado su tonelaje, los dos tercios, cuando menos, deb√≠an de servir de embarazo m√°s que de otra cosa. De los de la Reina, los mejores, al -[281]- costado de los espa√Īoles, parecer√≠an como balandras puestas al lado de nav√≠os de tres puentes¬Ľ (1). El autor exagera, pues el Ark Royal, el White Bear, el Triumph y alg√ļn otro med√≠an de 800 a 1.100 toneladas. Tambi√©n exagera Leti, al apuntar que ¬ęten√≠an los costados de los galeones espa√Īoles cuatro y cinco pies de espesor, de modo que las balas de ca√Ī√≥n no los pasaban, de no dispararse muy cerca¬Ľ, y que ¬ęlos m√°s peque√Īos montaban cincuenta ca√Īones, y las galeazas eran de sorprendente belleza, estando adornadas de c√°maras, torres, capillas y p√ļlpitos para predicar¬Ľ (2).

Nosotros llev√°bamos, ciertamente, la ventaja de la masa (a costa de la ligereza), que favorec√≠a la resistencia y el choque. Los castillos altos con una y dos andanadas de ca√Īones; las popas, levantadas y fuertes, hac√≠an casi imposible el abordaje, porque desde all√≠ barr√≠a la cubierta la arcabucer√≠a y la mosqueter√≠a. Pero los ingleses ten√≠an superioridad en los ca√Īones, como sab√≠an muy bien Felipe II y los jefes de la Armada, pues adem√°s de manejarlos con suma rapidez, a diferencia de nosotros como de tres a uno en los tiros, sus piezas eran de mayor calibre, muchas de 60 y de 33 libras, mientras los de la artiller√≠a espa√Īola no pasaban de 10, fuera de las galeazas, en cuya proa las hab√≠a de 50 a 20 libras. Cuando en 1591 don Alonso de Baz√°n captur√≥ sobre la isla de las Flores el Revenge, almiranta de Drake, pudo observar que ten√≠a ¬ęcuarenta y tres piezas de bronce, las veinte [y una] de la cubierta baja, de 40 a 60 quintales, y las veintid√≥s, de 20 a 30¬Ľ (3). Por eso, las √≥rdenes de la Reina a su escuadra eran no llegar nunca al abordaje con los galeones, ni acercarse a los mismos, sino disparar desde lo m√°s lejos posible y salir huyendo.

La Armada, compuesta de tres secciones, cubría una línea, a modo de arco, de unas ocho millas de extensión. La sección primera, o vanguardia, estaba a las órdenes de don Alonso de Leyva; el centro o batalla, a las del duque de Medina Sidonia, y la retaguardia, a las de Martínez de Recalde. Inmediato a la costa, en el extremo de la izquierda, iba don Pedro de Valdés, reforzado con dos galeazas; y en el de la derecha, también reforzado con otras dos galeazas, Miguel de Oquendo. Por delante y fuera de esta línea, marchaban las urcas y pataches en pelotón.

Al distinguir los ingleses la imponente mole desde Plymouth, soplaba, como dijimos, el viento Sudoeste en la popa de las naves del Rey Cat√≥lico. De haberlas dirigido el marqu√©s de Santa Cruz, se hubiera lanzado como un rayo contra el enemigo. La ocasi√≥n era pintiparada y √ļnica. El viento embotellaba la flota de Lord Howard, sin posibilidad de hacerse a

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La Armada espa√Īola a la altura de Plymouth.
La Armada espa√Īola a la altura de Plymouth.
(Grabado de C. J. Visscher.‚ÄĒ
National Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, n√ļm. 5.346.)

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la mar. Encerrados los ingleses, tuvieron por segura su p√©rdida, creyendo inminente el ataque. As√≠ la vieron igualmente los generales del Consejo del Duque, quienes le significaron con alborozo que el destino pon√≠a en sus manos la victoria. Pero √©ste no quiso aprovechar la ocasi√≥n, alegando que las instrucciones del Rey le imped√≠an iniciar el combate. Su misi√≥n era marchar a reunirse con Alejandro Farnesio. Insistieron ardientemente Mart√≠nez de Recalde, Oquendo y los dem√°s. Ante las circunstancias del viento favorable y hallarse acorralada y dividida la flota contraria, el objeto primordial era proceder a¬† su destrucci√≥n. A√Īadieron que el mismo Rey ordenara el ataque de hallarse presente, y que nada se lograr√≠a con seguir avanzando hacia la isla de Wight e introducirse en la estrechura del Canal, estando por conocerse si el duque de Parma se encontraba en disposici√≥n de salir. Y en cambio, la suerte deparaba la ocasi√≥n m√°s propicia para poder aniquilar la mejor parte de la fuerza naval inglesa. Fueron in√ļtiles las razones. Medina Sidonia se obstin√≥ en que las √≥rdenes reales (era incierto) no le permit√≠an sino continuar navegando hasta unirse con el duque de Parma, y a ellas se atuvo.

Los ingleses, en tanto, extra√Īados de no ver el ataque y llenos de angustia por la fuerza del viento contrario, que les dificultaba grandemente toda maniobra, comenzaron poco a poco, trabajando a la esp√≠a, sacar sus nav√≠os del puerto, operaci√≥n en que invirtieron parte del d√≠a y de la noche (cuarenta horas), hasta conseguir ponerlos en vela.

Al anochecer del mismo 30 de Julio, la Armada llegaba frente a Plymouth, a dos leguas de distancia, en medio de una lluvia ligera y empujada casi por la popa por un viento del Oesudoeste. A trav√©s de la bruma vislumbr√≥ a algunos nav√≠os contrarios. Se detuvo; pero no pudieron contarse por la cerraz√≥n y llovizna, y sigui√≥ su marcha sin cuidarse poco ni mucho de la flota inglesa. √Čsta, viendo pasar adelante el enemigo, apenas necesit√≥ sino adentrarse en el mar e irse alargando en zigzag, para encontrarse a la espalda y a barlovento de los espa√Īoles. Jam√°s se registr√≥ un descuido tan insensato en la historia de la Marina. ¬ęAl ponerse el sol (dice un testigo presencial) descubrimos la Armada de la Reina de Inglaterra hacia la retaguardia nuestra, que se hac√≠a a la mar¬Ľ (1). Los ingleses daban gracias a Dios, por no haberse verificado el ataque de los espa√Īoles y por colocarles en situaci√≥n tan ventajosa (2).

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El Tiger, barco de la escuadra inglesa, mandado por Boston.
El Tiger, barco de la escuadra inglesa, mandado por Boston.
(Grabado de C. J. Visscher.‚ÄĒ
National Maritime Museum, Greenwich. S. E. 10, n√ļm. 1.293.)

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A las dos de la madrugada del domingo 31 de Julio, el viento se hab√≠a cambiado a Oesnoroeste en el paraje de Plymouth, y la luna romp√≠a la niebla. La Armada prosegu√≠a su camino pausado desde la altura de Eddystone, descubriendo a la indecisa claridad que alboreaba la cresta de las olas, 80 nav√≠os contrarios a barlovento y 11 a sotavento por la parte de tierra, con tres galeones grandes. Lord Howard adelant√≥ una pinaza, que dispar√≥ su artiller√≠a a modo de desaf√≠o, y como ten√≠a ganado el sobreviento, dividi√≥ su escuadra en dos columnas; y √©l por un lado y Drake por el otro, avanzaron por retaguardia para ca√Īonear a los nav√≠os retrasados. Rompieron el fuego con mucha prudencia y sin √°nimo de comprometerse en ninguna acci√≥n de importancia. Simple tanteo y con intenci√≥n de mantenerse a barlovento, si los galeones de la Armada les volv√≠an el costado. La flota espa√Īola se puso en orden. El San Mart√≠n coloc√≥ el estandarte real en el trinquete, y el enemigo pas√≥ tirando ca√Īonazos a la vanguardia de don Alonso de Leyva. √Čste le resisti√≥ tan gallardamente, que se introdujo hasta la capitana inglesa y se ca√Īone√≥ con toda la flota. Cargaron entonces los enemigos sobre el gale√≥n San Mateo de don Diego Pimentel, que procur√≥ abordar a la capitana. Lo mismo procuraba Mart√≠nez de Recalde con la retaguardia. Se bati√≥ solo, sin m√°s ayuda que la nao Grangrin, con siete barcos enemigos, los cuales no se atrevieron a embestirle, aunque le derribaron el estay del San Juan y dieron dos ca√Īonazos en el √°rbol del trinquete. Acudieron el San Mart√≠n y otros galeones, y los ingleses, que presintieron el abordaje, se retiraron. Eran las diez de la ma√Īana. Algunos nav√≠os los persiguieron sin poder alcanzarlos. El Duque entonces tir√≥ una pieza para recoger la Armada; √©sta volvi√≥ a su formaci√≥n y prosigui√≥ su ruta, ¬ęno pudiendo hacer otra cosa (escribi√≥ aqu√©l a Felipe II), por tener los enemigos ganado el viento y traer los bajeles muy veleros y tan bien gobernados, que hac√≠an dellos lo que quer√≠an¬Ľ (1).

En esta escaramuza, la almiranta de Recalde tir√≥ ciento veinte ca√Īonazos, y los dem√°s nav√≠os nuestros, como seiscientas balas. Los adversarios dispararon m√°s de dos mil. Tuvimos siete muertos y treinta y un heridos. Las p√©rdidas inglesas no se publicaron nunca.

Varias cosas dignas de notarse advirti√©ronse con este choque inicial. Primeramente, por parte de los enemigos, la pesadez de movimientos de los galeones y el designio de la Armada de seguir adelante sin interesarle, -[286]- de momento, combatir. Por parte de los espa√Īoles, la velocidad y ligereza de los nav√≠os contrarios y la prudencia de los ingleses, no queriendo aferrarse ni usar m√°s que los ca√Īones y a cierta distancia. Se vi√≥ claro en la refriega de los siete buques (en uno de los cuales se dijo iba Drake) con solo la almiranta de Recalde. Despu√©s de dispararla tantos ca√Īonazos, pudieron embestirla; pero, al intentarlo, fu√© tal la carga de la mosqueter√≠a que recibieron, que les espant√≥ y huyeron precipitadamente. Algunos de aquellos bajeles debieron de tener muchos muertos y heridos, porque los arcabuceros y mosqueteros de la Armada no erraban un tiro. En adelante, los ingleses procuraron siempre no ponerse al alcance de ellos, reafirm√°ndose en las instrucciones que llevaban de evitar a toda costa el abordaje. As√≠, sus barcos se deslizaban bajo el vientre de los galeones, soltaban su andanada y hu√≠an. Un testigo presencial, el capit√°n Alonso Vanegas, escribe ¬ęSus nav√≠os eran muy ligeros y iban de la bolina como quer√≠an, muy aprestados para huir y alcanzar, y ans√≠, en todas las ocasiones que con nosotros tuvieron, huyeron de venir a las manos¬Ľ (1).

Pero estaba dispuesto sin duda que la desgracia presidiera la expedici√≥n. En las primeras horas de la tarde de aquel mismo d√≠a, la nao Nuestra Se√Īora del Rosario, capitana de don Pedro de Vald√©s, ¬ęsoldado m√°s pl√°tico y valeroso que venturoso¬Ľ (2), choc√≥ con la Santa Catalina, buque de su propia escuadra, que le rompi√≥ el baupr√©s y la vela del trinquete. Le fu√© forzoso, por tanto, retirarse del cuerpo de la batalla para reparar las aver√≠as, mientras la Armada anduvo hasta las cuatro de la tarde procurando ganar el barlovento al enemigo. A esta hora sucedi√≥ otra desgracia, de la que existen varias versiones. Seg√ļn el Diario de Medina Sidonia. ¬ęse peg√≥ fuego al almiranta de Oquendo en los barriles de la p√≥lvora, y vol√≥ las dos cubiertas y el castillo de popa, en que iba el pagador general desta Armada con parte del dinero de S. M., y viendo el Duque que se quedaba este bajel, vir√≥ con su capitana la vuelta de esta nave, y tir√≥ una pieza para que el Armada hiciese lo mismo, y mand√≥ que acudiesen patajes a socorrella. Mat√≥se el fuego, y el Armada del enemigo, que ven√≠a a la vuelta de esta nave, se detuvo viendo virar nuestra capitana, con lo que se cobr√≥ la nave y se meti√≥ en el cuerpo de la Armada¬Ľ. Esta es la verdad oficial. La nave era la almiranta de Oquendo, Santa Mar√≠a de la Rosa, y el pagador (que no pereci√≥), Juan de Huerta. Parece ser que el capit√°n de la nave reprendi√≥ duramente, acus√°ndole de traidor, a un artillero holand√©s por su -[287]- mal comportamiento en la refriega de la ma√Īana; y despechado el artillero, incendi√≥ la popa y se lanz√≥ al mar. Otros pintan el sucedido con caracteres novelescos. Forneron, que en su relato comete muchas inexactitudes, cree que el propio Oquendo golpe√≥ al jefe de sus artilleros (1). En una relaci√≥n se afirma que el artillero dijeron era ingl√©s; que puso fuego a unos barriles de p√≥lvora, vol√≥ la mitad o la mayor parte del nav√≠o y √©l se arroj√≥ al agua y ahog√≥se; que pereci√≥ mucha gente, pues iban tres compa√Ī√≠as en el nav√≠o, y entre ella la mujer e hijos del mismo artillero (2). En otra, en fin, se dice que ¬ę la gente se salv√≥ sin poder remediar la nave¬Ľ (3).

Mientras era socorrida y el enemigo se retiraba, la desgracia volvió a cernerse sobre don Pedro de Valdés. Tras habérsele roto a su barco el bauprés y vela del trinquete, y como el viento refrescara, cayó el trinquete sobre la entena del árbol mayor, y no quedándole otra vela que la mesana, impedido de navegar normalmente, fué rezagándose, al tiempo que anochecía.

Sucedi√≥ entonces un hecho censurado por todo el mundo. Dice el Duque en su Diario que ¬ęvolvi√≥ a socorrerle para darle cabo, y aunque se hizo mucha diligencia, el tiempo ni la mar no dieron lugar a ello¬Ľ. Las mismas dificultades, parece, se ofrec√≠an con la almirante de Oquendo, y, sin embargo, fu√© auxiliada, recogida e incorporada moment√°neamente a la flota. Ya hemos apuntado que eran enemigos don Pedro de Vald√©s y su pariente Diego Flores de Vald√©s, y que, por ende, a aqu√©l no le miraba con buenos ojos Medina Sidonia desde que vot√≥ en contra suya en el Consejo de generales. ¬ŅQu√© sucedi√Ķ entre el Duque y Diego Flores de Vald√©s cuando se trat√≥ de auxiliar a don Pedro? ¬ŅPusi√©ronse de acuerdo para perderle? No parece que Medina Sidonia abrigara tan ruin prop√≥sito; pero prest√≥ su conformidad al dictamen de Diego Flores de Vald√©s. √Čste le dijo, que, si amainaba para esperarlo, perder√≠a la jornada, porque no era posible volver a ver su flota, por ir muy delantera, y a la ma√Īana siguiente se hallar√≠a con menos de la mitad; y que, teniendo el enemigo tan cerca, no deb√≠a aventurar la Armada por un bajel, aunque era de los m√°s importantes. El Duque entonces orden√≥ que el capit√°n Ojeda con su capitana y la de Diego Flores, m√°s cuatro pataches y una galeaza, quedasen en compa√Ī√≠a de don Pedro de Vald√©s para procurar dar remolque a su nave Nuestra Se√Īora del Rosario, o sacar la gente de ella y el dinero y hundirla. ¬ęNi

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La Armada en su primera escaramuza con la flota inglesa.
La Armada en su primera escaramuza con la flota inglesa.
Captura por Drake del gale√≥n, abandonado, de don Pedro de Vald√©s.‚ÄĒArriba, entre el anverso y reverso
de una medalla: miniatura de Lord Howard of Effingham. Abajo: nombres de los jefes de la escuadra espa√Īola.
(Grabado de John Pine, seg√ļn H. Gravelot. 1739.‚ÄĒ
National Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10. n√ļm. 4.993.)

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lo uno ni lo otro fu√© posible (agrega el Duque en su Diario), por la mucha mar y tiempo y ser noche¬Ľ. Y as√≠, Medina Sidonia se incorpor√≥ a la Armada y √©sta continu√≥ su viaje.

Qued√≥ solo, en medio de la noche, del recio viento y de la mar don Pedro de Vald√©s (1). Las Relaciones de los que iban en la Armada reprueban el abandono. Una advierte: ¬ęAcordaron de dejalle en manos del enemigo¬Ľ. Otra ¬ęSe qued√≥ (la nave) sin quererla favorecer, pudiendo muy f√°cilmente. Dicen que de consejo se hizo el dejarla, e fu√© mal hecho¬Ľ. Otra: ¬ęSe pudo favorecer y no se quiso¬Ľ. Otra: ¬ęEl enemigo tuvo m√°s misericordia de Vald√©s que nosotros¬Ľ.

Firma, en documento inédito, de don Pedro de Valdés.
Firma, en documento inédito, de don Pedro de Valdés. Madrid, 3 de Febrero de 1580.

Iban con don Pedro de Vald√©s tres compa√Ī√≠as de soldados viejos. El capit√°n Alonso Vanegas, arriba citado, escribe que ¬ęno lleg√≥ a don Pedro m√°s de un patache, y √©l no quiso salvarse sin toda la gente¬Ľ. Y agrega ¬ęA esta hora anochec√≠a, y se vieron venir la vuelta de √©l tres nav√≠os del enemigo. Como fu√© noche, se oyeron once golpes de ca√Ī√≥n que deb√≠an de batirle. Qued√≥ la gente que iba en la capitana muy descontenta por lo que Diego Flores aconsej√≥ al Duque. Llevaba este nav√≠o quinientas personas y cincuenta piezas de artiller√≠a y cincuenta mil ducados de su majestad para gastos de la Armada, y parte de la rec√°mara del Duque, que, por ser buen nav√≠o, la hab√≠a mandado llevar a √©l¬Ľ.

Seg√ļn esta relaci√≥n, tres barcos enemigos ca√Īonearon, ya de noche, al gale√≥n de Vald√©s, que no era el Santa Catalina, como por yerro escriben muchos historiadores, entre ellos Forneron, sino Nuestra Se√Īora del Rosario; pero no parece cierto. Mucho menos es, antes clara mentira, lo que el P. Jer√≥nimo de la Torre, que iba en la Armada, comunic√≥ en carta al P. Maestro Alonso Daza, prep√≥sito de Toledo, diciendo que aquella noche Vald√©s fu√© cercado por catorce galeones, contra los cuales pele√≥ con su

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El Ark Royal, barco almirante de la escuadra inglesa, mandado por Lord Howard of Effingham.
El Ark Royal, barco almirante de la escuadra inglesa, mandado por Lord Howard of Effingham.
(Grabado de C. J. Visscher.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, n√ļm. 2.246.)

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artiller√≠a de tal manera, que ech√≥ siete de ellos a fondo (1). Otra patra√Īa es la que cuenta el P. Juan de Victoria en sus Apuntes mencionados, cap. 22, refiriendo que pele√≥, hasta que, de 800 hombres, s√≥lo le quedaron 24, cifra que luego rectifica, reduci√©ndola a 13 (cap. 26), y por fin, que combati√≥ ¬ęhasta no m√°s, y, rasgando la encomienda del pecho¬Ľ, entreg√≥se, tras echar a pique los siete barcos consabidos. Estrada, o Strada, y Antonio de Herrera se hacen tambi√©n eco de que Vald√©s hizo frente, a pesar de su estado de inmovilidad, a los dos primeros galeones que se le acercaron, y que no arri√≥ la bandera hasta la llegada de otros.

No hay nada de ello. La nave Nuestra Se√Īora del Rosario, de 1.150 toneladas y 46 ca√Īones, con 304 soldados y 118 marineros, no fu√© descubierta por el enemigo, cosa natural, hasta el amanecer. Entonces la rodea ron los ingleses, destacando Drake los buques Triumph y Victory e intimando su rendici√≥n. Parece que Vald√©s trat√≥ de poner condiciones a la entrega, pero no fueron admitidas y qued√≥ prisionero, con el resto de los tripulantes. Presa excelente y a ninguna costa conseguida. Porque la nave era una de las mejores de la Armada. Adem√°s, los ingleses hallaron a bordo cincuenta mil ducados del Rey, y algo todav√≠a m√°s precioso, doscientos barriles de p√≥lvora. Drake reparti√≥ el dinero entre su gente, a la que permiti√≥ el saqueo de c√°maras y equipajes, y traslad√≥ a su nav√≠o a Vald√©s, el cual le cumpliment√≥ galantemente. Devolvi√≥le el corsario la cortes√≠a, y le di√≥ puesto en su c√°mara y mesa. Despu√©s fu√© enviado a Darmouth y luego a Plymouth. La nave apresada, con todos sus prisioneros, pas√≥ a Londres en exposici√≥n de trofeo, como si fuera para envanecer. Sus banderas, que no hab√≠an podido combatir, colec√°ronse en los muros de la catedral de San Pablo. ¬ęTomaron √°nimo los ingleses (dice Cabrera de C√≥rdoba) con ver desamparado tan buen nav√≠o, por cuya conservaci√≥n se pod√≠a aventurar el dar una batalla, pareciendo que caminaba la Armada s√≥lamente a salvamento¬Ľ (2). No creo que as√≠ lo estimasen, pues bien sab√≠an que su ruta era dirigirse al encuentro del duque de Parma.

Fu√© grave error, en efecto, no socorrer a don Pedro de Vald√©s. Ahora, los referidos Apuntes del P. Juan de Victoria dicen que Medina Sidonia le remiti√≥ dos pinazas, ¬ępidi√©ndole le enviase en ellas 50.000 ducados que llevaba del Rey, y √©l respondi√≥ que adonde se aventuraba su vida y de tantos caballeros e hidalgos como en su nao iban, bien se pod√≠an aventurar estos dineros¬Ľ. ¬ŅPas√≥ as√≠? La arrogancia estuviera bien, si los hubiese defendido. Porque su conducta pone dudoso que personalmente, a no ser -[292]- por la gente que llevaba, mereciera el riesgo de ser auxiliado. Aquel hombre duro, √°spero de condici√≥n, hab√≠ase hecho un santelmo intratable, pretendiendo imponerse en el Consejo de los generales del Duque. Gozaba de escasas simpat√≠as. Y en vez de buscar una muerte honrosa, combatiendo contra el adversario, que ¬ęun bajel (como dec√≠a el marqu√©s de Santa Cruz) no est√° en su puesto m√°s que cuando se halla en el fuego¬Ľ; en vez de hundir su nav√≠o; en vez de arrojar al agua los 50.000 ducados del Rey y los doscientos barriles de p√≥lvora, cobardemente dej√≥ en poder de los ingleses barco, dineros y p√≥lvora; p√≥lvora, de que tan escaso andaba el enemigo y que pronto se emple√≥ contra la Armada; para no servir su entrega sino de ludibrio en Londres. Se encarcel√≥ a Diego Flores de Vald√©s, √ļnica v√≠ctima, donde hab√≠a otros m√°s altos culpables (1), y √©l fu√© rescatado a los dieciocho meses, volviendo a Madrid. ¬ŅPara ser ejecutado por su conducta indigna? No, para recibir la recompensa. Ni la traici√≥n contra don Lope de Figueroa en las Azores, ni la verg√ľenza que hizo sufrir a Espa√Īa en la jornada de Inglaterra impidieron que se le diesen nuevos cargos (2). En nuestros d√≠as...

Pero tornemos a la Armada. A primero de Agosto, lunes, el tiempo aparece bonancible, el cielo est√° claro y rizada la mar. Mientras Mart√≠nez de Recalde reparaba las aver√≠as de su nav√≠o, don Alonso de Leyva pas√≥ con la vanguardia a reunirse con la retaguardia, formando un cuerpo con las dos, m√°s tres galeazas y los galeones San Mateo, San Luis, Santiago y Duque de Florencia, en total unos cuarenta bajeles de lo mejor de la -[293]- Armada, para hacer rostro al enemigo. Qued√≥ as√≠ dividida en dos, con cuya disposici√≥n, dijo Flores de Vald√©s, el enemigo no podr√≠a impedir que Medina Sidonia se uniera con Alejandro Farnesio. A la vez el Duque, despach√≥ a sus sargentos mayores en pataches, tres a la vanguardia y otros tantos a la retaguardia, con orden escrita de que todos los capitanes guardasen su posta bajo pena de muerte. Parece que se murmuraba de la direcci√≥n y se tem√≠a la desobediencia (1). A las once, el capit√°n de la almiranta de Oquendo, la incendiada Santa Mar√≠a de la Rosa, comunic√≥ que se iba a fondo sin poderse marinar. El Duque escribe en su Diario haber mandado ¬ęque se sacase el dinero de S. M. y la gente, y se echase a fondo la nave¬Ľ. Cabrera de C√≥rdoba da por seguro que todo se cumpli√≥. Pero una Relaci√≥n de testigo presencial afirma: ¬ęMuri√≥ gran parte de la gente que all√≠ ven√≠a, volada de la p√≥lvora, y los que quedaron, tales, que era la mayor compasi√≥n del mundo. Dieron priesa a sacar alguna gente y a querer sacar el dinero del Rey, que all√≠ llevaba 50 √≥ 60.000 ducados, y la gente que quedaba; y no se pudo remediar, por haberse abierto la nave con el fuego y hacer tanta agua, que estaba medio anegada, y as√≠ se qued√≥. Sac√≥se muy poca cosa y la m√°s gente; y como el enemigo ven√≠a siempre media legua de nosotros, y de las cosas de la nave se pod√≠a haber tan poco provecho, determinaron de dejalla; y el enemigo, cebado, se vino a ella y estuvo saqueando lo que pudo¬Ľ (2). Despu√©s la llevaron, seg√ļn unos a Plymouth, a Weymouth seg√ļn otros (3). A la tarde, el Duque envi√≥ al

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La Armada espa√Īola a la altura de Portland.
La Armada espa√Īola a la altura de Portland.
(Grabado de C. J. Visscher.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, n√ļm. 5.347.)

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alférez Juan Gil con un patache a comunicar a Farnesio el lugar en que se hallaba.

Aquel d√≠a el adversario no hostig√≥ la retaguardia. Como la mar estaba tranquila y el viento en quietud, temi√≥ que las galeazas espa√Īolas aprovechasen la ventaja de los remos. A bordo del Ark Royal reuni√©ronse en Consejo, con el Almirante, Drake, Forbisher, Hawkins y otros jefes, proponiendo hacer frente a la Armada, visto que el intento de los espa√Īoles era s√≥lo seguir adelante, sin empe√Īarse en ninguna acci√≥n, hasta reunirse con las fuerzas de Alejandro Farnesio para caer de una manera aplastante sobre Inglaterra. Lord Howard lo consider√≥ una locura. Eso fuera dar gusto al enemigo, que anhelaba un combate de infanter√≠a. Por el contrario, al decir de un autor, persuadi√≥les de lo mucho que importaba a Inglaterra ¬ęconservar la escuadra, en que consist√≠a su √ļnica defensa, sin comprometerla en un combate que, perdido, entregaba al pa√≠s y a sus familias al enemigo, al paso que, continuando como hab√≠an empezado, hostigando la retaguardia, recogiendo los rezagados y manteniendo a los otros en la intranquilidad, ir√≠an disminuyendo su fuerza, en tanto se presentaba cualquier oportunidad de obrar sin riesgo. La regla de conducta hab√≠a de ser ca√Īonear a prudente distancia, evitando cuidadosamente el abordaje, y retroceder, conserv√°ndose a barlovento, asi que el enemigo mostrara intenci√≥n de generalizar la funci√≥n¬Ľ (1). Nada de imprudencias. Y las dos escuadras, como dos buenas amigas, una en pos de la otra, iban surcando tranquilamente el Canal.

Aquella noche, sin embargo, la falta de prudencia pudo ser funest√≠sima para los ingleses. Llevaba Drake la vanguardia, encendido en su nave el fanal, para que sirviera de gu√≠a a las otras. Un grupo de naos mercantes alemanas marchaba en direcci√≥n Sudeste; y creyendo eran galeones de la Armada, que se apartaban de ella con cualquier designio, fu√© siguiendolos, tanteando codiciosamente la posibilidad de ca√Īonear a algunos. Era la obscuridad grande, y Lord Howard, que no advirti√≥ el movimiento, confundi√≥ el farol del San Mart√≠n con el de Drake. Tanto se acerc√≥, en la certeza de que se trataba del nav√≠o de √©ste, que al romper el d√≠a y seguido s√≥lamente del White Bear, mandado por Lord Sheffield, y del Mary Rose, regido por Fenton, se encontr√≥ mezclado en la retaguardia de Medina Sidonia. Los cronistas dicen que de su escuadra s√≥lo distingu√≠a en el horizonte los topes de las naves. El momento fu√© de angustia. De nuevo se vi√≥ embotellado, como en Plymouth y sin escape posible. Pero la Armada sigui√≥ su ruta, o por no descubrirlo, o por no tomar nadie la iniciativa de atacarlo; y el Ark Royal (seg√ļn unos de 1.200 toneladas, seg√ļn otros, de

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La Armada en la escaramuza con la flota inglesa sobre Portland.
La Armada en la escaramuza con la flota inglesa sobre Portland.
Arriba, entre el anverso y reverso de una medalla: miniatura de Sir Francis Drake.
(Grabado de John Pine, seg√ļn H. Gravelot. 1739.‚ÄĒ
National Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10. n√ļm. 5.212.)

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600), el White Bear (de 1.500 √≥ de 1.000) y el Mary Rose (de 600 √≥ 500) retir√°ronse insensiblemente sin ser ca√Īoneados. Inexplicable parece. El Duque no lo consigna en su Diario, ni alude al suceso ninguno de los testigos presenciales que escribieron relaciones de la jornada. La fuente es inglesa y pudiera no pasar de simple invento. Lo positivo es que aquel d√≠a no hubo escaramuza, como hubiese calma.

El d√≠a siguiente, martes, 2 de Agosto, amaneci√≥ tambi√©n con calma; y la flota enemiga, a sotavento. Esto produjo gran contrariedad en los ingleses, que hicieron todo lo posible por ganar el barlovento. Los espa√Īoles, en cambio, recibieron alegr√≠a. El aludido Alonso Vanegas, tripulante de la capitana, escribe que el deseo que ten√≠an de lucha los valerosos corazones de Leyva, Oquendo y Mart√≠nez de Recalde no les dejaba reposar, buscando ocasi√≥n de venir a las manos con el adversario; ¬ęy pareci√©ndoles que se ofrec√≠a ocasi√≥n para ello, estando la mar y viento en calma, hablaron al Duque, dici√©ndole que mandase a las galeazas que fuesen a ca√Īonear ciertos nav√≠os del enemigo que estaban separados de su flota, y con cualquier viento que viniese arribar√≠a la Armada a socorrerlos y nosotros har√≠amos lo propio sobre ella, y ans√≠, vendr√≠amos a las manos¬Ľ. El Duque di√≥ bordo hacia tierra, procurando conservar el barlovento, seguido por las galeazas de vanguardia y el resto de la flota un poco atr√°s. Al aproximarse ambas escuadras a la isla de Portland, los ingleses, viendo que nuestra capitana se iba metiendo en tierra y que por aquella parte no pod√≠an ganar el viento, viraron, dando otro bordo, hacia el mar. Entonces nuestros bajeles, siempre a barlovento, acometieron con furia a los contrarios. El valeroso Mart√≠n de Bertendona, con su capitana, la nave Regazona, se lanz√≥ sobre el Ark Royal de Howard, entr√°ndole gallardamente para embestirlo; pero el Almirante ingl√©s, vi√©ndose a pique de ser abordado, le volvi√≥ la popa, huyendo a toda prisa. Llegaron cargando, con igual intenci√≥n de abordaje, el marqu√©s de Pe√Īafiel con el gale√≥n San Marcos; don Agust√≠n Mej√≠a, con San Luis, don Diego Pimentel, con San Mateo; don Francisco de Toledo, con San Felipe; don Diego Pacheco, con Santa Ana; don Diego T√©llez Enr√≠quez, con San Juan de Sicilia; Gaspar de Sousa, con el Duque de Florencia; Antonio Pereira, con Santiago; don Diego Enr√≠quez, con el San Juan de Diego Flores, y don Alonso de Luz√≥n con el Valencer, nave levantisca. Las galeazas, que iban de vanguardia, a remo y vela, junt√°ronse con el enemigo y alcanzaron algunos bajeles de la retaguardia escaramuzando con los nuestros. Pareci√≥ llegar el momento suspirado de pelear de poder a poder. Por todos los medios lo intentaron el Duque de Florencia, que anduvo de los m√°s delanteros; la capitana de Ojeda, la Bego√Īa de Garibay y el Juan Bautista de don Juan de Maldonado y don Luis de Maeda. Pero todo ayud√≥ poco, porque no lograban tener a tiro de

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El Griffin, barco de la escuadra inglesa, de la sección de Drake.
El Griffin, barco de la escuadra inglesa, de la sección de Drake.
(Grabado de C. J. Visscher.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, n√ļm.
5.348.)

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mosquete a los enemigos, los cuales, en viendo que los nuestros les cargaban y procuraban venir a las manos, alarg√°banse, recibiendo la carga con ventaja, por la ligereza de sus bajeles. Huyeron al cabo. Despu√©s, mudado el viento al Sursudoeste en su favor, volvieron, cargando sobre Mart√≠nez de Recalde, que estaba a retaguardia. Acudi√≥ en socorro don Alonso de Leyva, y el gale√≥n San Mart√≠n, en medio de la batalla, naveg√≥ a dar calor a los galeones que andaban trabados en la retaguardia inglesa, apartados de ambas flotas. Reforzado Recalde con los bajeles inmediatos al San Mart√≠n, se apartaron los enemigos, volviendo sobre √©ste, que caminaba solo, con su vanguardia;¬† pero, a su vez, volvieron Recalde, Leyva, el marqu√©s de Pe√Īafiel y Oquendo. Pasada la mayor furia, ¬ęel enemigo (dice Vanegas) huy√≥ luego con toda la fuerza de vela que pudo; sigui√≥sele un poco, y viendo ser por dem√°s alcanzarlos, tir√≥ nuestra Real una pieza a recoger¬Ľ.

Dur√≥ la escaramuza m√°s de tres horas, hasta las cinco de la tarde. Un testigo presencial escribe: ¬ęEste d√≠a se acab√≥ de ver que era imposible abordar no queriendo el enemigo, pues tuvo tan buena ocasi√≥n de embestir a sola la capitana. Tambi√©n se vi√≥ este d√≠a la ventaja que nos ten√≠an, no llegando a las manos, por la diligencia de sus nav√≠os y tenerlos mejor artillados que nosotros¬Ľ. Y el referido capit√°n Vanegas: ¬ęAl principio de esta escaramuza huyeron once nav√≠os del enemigo, los cuales se apartaron de su armada, y√©ndose tambi√©n ella alarg√°ndose de la nuestra, porque de nuestra parte se hac√≠a fuerza de cerrar con ella¬Ľ. Y a√Īade: ¬ęEn esta escaramuza mataron de nuestra Real (del gale√≥n San Mart√≠n) dos soldados, y de nuestra Armada, como cincuenta personas, y nos hirieron sesenta. Tir√≥ nuestra capitana este d√≠a ciento y veinte piezas, de las cuales debieron de dar muchas dellas en los nav√≠os enemigos, y a ella la dieron m√°s de cincuenta ca√Īonazos, rompi√©ndola el estandarte por dos partes y una de las trincas y mucha jarcia, y en el cuerpo del nav√≠o (Vanegas iba a bordo) la dieron muchos de ellos, de que hac√≠a mucha agua. Remedi√≥se con dos buzos que en la Real hab√≠a, que tomaron el agua y pusieron planchas de plomo donde fu√© menester¬Ľ. Y termina: ¬ęTir√°ronse de ambas Armadas m√°s de cinco mil balas, vi√©ndose dar de los nuestros muchos ca√Īonazos a los nav√≠os enemigos, y ans√≠ debieron de recibir mucho da√Īo¬Ľ.

Las pérdidas de los ingleses no se supieron nunca. Sólo confesaron el hundimiento de la zabra Plaisir, de 50 toneladas, cuyo capitán, Cock, murió, y el incendio del buque The Swallow, de Richard Hawkins, que lograron, dicen, apagar.

El gasto de p√≥lvora y balas fu√© en verdad extraordinario por las dos partes. El ca√Īoneo se o√≠a desde lejos como un fragor terrible de tempestad, que tuvo llenas de angustia y espanto a las gentes de la costa. Pero fu√© m√°s el ruido que las nueces. Los ingleses, por no dejarse aferrar, dispararon

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La Armada, en su refriega con la flota inglesa, a la altura de la isla de Wight, en dirección a los Estrechos.
La Armada, en su refriega con la flota inglesa, a la altura de la isla de Wight, en dirección a los Estrechos.
Arriba: miniaturas de Forbisher y Hawkins.
(Grabado de John Pine, seg√ļn H. Gravelot. 1739.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10. n√ļm. 4.994.)

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a menudo desde demasiada distancia, derrochando ineficazmente mucha pólvora que en seguida hubieron menester.

El mi√©rcoles, d√≠a 3, al salir el sol, la escuadra enemiga, con mayor n√ļmero de nav√≠os, apareci√≥, como de costumbre, hostigando nuestra retaguardia, de nuevo a cargo de Mart√≠nez de Recalde, reparado ya su gale√≥n. Hici√©ronle rostro las galeazas. Imprudentemente se acerc√≥ el Ark Royal, y crey√≥se que, m√°s confiados los ingleses, ir√≠ase al abordaje; pero una de las galeazas le dispar√≥ tan certero ca√Īonazo, que le desaparej√≥ y ech√≥le abajo la entena del palo mayor. Acudieron Recalde y don Alonso de Leyva con los dem√°s bajeles de retaguardia, esperando apresar la nave de Lord Howard. El momento fu√© de mucho peligro. Los ingleses vieron ven√≠rseles encima los poderosos castillos de los galeones; ¬ępero en aquel mismo instante (dice un testigo presencial) comenz√≥ a refrescar el viento, y aprovech√°ndose de ello el Almirante enemigo, se desembaraz√≥ de nuestros nav√≠os y desapareci√≥ en el horizonte¬Ľ (1). Otro escribe: ¬ęVir√≥ huyendo, y se entendi√≥ que hab√≠a recibido mucho da√Īo¬Ľ (2). Como en el d√≠a precedente, corri√≥ en abundancia la p√≥lvora y balas. Nuestra almiranta tir√≥ ciento treinta golpes de ca√Ī√≥n, y entre ambas escuadras cruz√°ronse m√°s de cinco mil proyectiles. Tuvimos sesenta muertos y setenta heridos. Los ingleses tendr√≠an muchos m√°s, aunque nunca se supieron.

A la tarde, el Duque se hall√≥ con la Armada en las aguas de la isla de Wight. La flota enemiga ve con sobresalto que la imponente mole, a pesar de las escaramuzas, sigue avanzando a lo largo del Canal y no hay modo de detenerla. La situaci√≥n es tanto m√°s cr√≠tica, cuanto que los ingleses no tienen ya p√≥lvora, y se ven obligados a desguarnecer de hombres a sus bajeles para ir en busca de municiones a los castillos costeros. Al anochecer, nuestros vig√≠as contaron ciento veinte velas. La Armada amain√≥ parte de las suyas, y p√ļsose a la trinca con las restantes, esperando al enemigo; pero √©ste, al verlo, amain√≥ igualmente y se puso de mar en trav√©s, ¬ęporque su intento (vuelve a decir el capit√°n Vanegas) s√≥lo era impedirnos nuestro camino, o que en este tiempo nos diese alg√ļn temporal que nos desbaratase, o que pasase el poco tiempo que nos quedaba del verano¬Ľ.

El Duque había ido comunicando a Alejandro Farnesio lo que adelantaba la marcha, y volvía a anunciarle su intención de ocupar el fondeadero de la isla de Wight, excelente base de operaciones una vez reunidos.

Al dia siguiente, jueves, 4 de Agosto, la suerte fué también contraria a la flota de la Reina. Luego de haber permanecido cuatro horas aderezándose, en completa inacción, mientras la Armada, impertérritamente,

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La Armada espa√Īola avanzando imponente por el Canal.
La Armada espa√Īola avanzando imponente por el Canal.
(Grabado de C. J. Visscher.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, n√ļm. 5.349.)

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prosegu√≠a avanzando, recibidas p√≥lvora y balas de los castillos de la costa, que quedaron indefensos, los ingleses, cargaron, seg√ļn su costumbre, contra algunas naves rezagadas, ca√Īoneando con dureza, agrupados en cuatro columnas, a la urca Santa Ana y a un gale√≥n de Portugal. A una y otro tuvi√©ronlos cercados. Acudieron las pesadas galeazas y recibieron una lluvia de proyectiles; pero se present√≥ Recalde con la retaguardia y otros galeones por el meridiano de la isla de Wight, cerca de la costa, y cambiaron de tal modo la situaci√≥n, que obligaron al enemigo a aproximarse m√°s que en la fecha precedente, como se deseaba. Era aquel d√≠a la festividad de Santo Domingo de Guzm√°n, de la devoci√≥n y familia del Duque, y decidi√≥ combatir a fondo. Sac√≥se el estandarte real y todas las banderas y fl√°mulas, y trab√≥se en la retaguardia reciamente la escaramuza. El viento, hasta entonces del Sursudoeste, rod√≥ al Oesudoeste, con ventaja para nuestros galeones.

Ven√≠an los enemigos, ya muy mermados sus polvorines, resueltos, al parecer, a jugarse el todo por el todo; y en los nuestros, una vez m√°s, crey√≥se llegado el ansiado momento del abordaje, del que esperaban la victoria. Cargaron los ingleses sobre el San Mart√≠n, acerc√°ndose y tirando sus nav√≠os muchas piezas gruesas de la cubierta m√°s baja, que le cortaron la trinca del √°rbol mayor y mataron algunos soldados. Era la hora deseada. El maestre de campo don Agust√≠n Mej√≠a, con el gale√≥n San Luis; los nav√≠os de Recalde, Oquendo, don Diego Enr√≠quez y otros buques, acometieron tan impetuosamente, tratando de apresar a Lord Howard, que el Ark Royal (los ingleses dicen que era el Triumph de Forbisher) qued√≥ medio destru√≠do y sin gobierno y algo a sotavento de la Armada. Fu√© apart√°ndose el enemigo; pero volvi√≥ a cargar nuestra capitana, Recalde, el San Juan de Sicilia, la capitana de los galeones de Castilla, el Grangrin y dem√°s barcos nuestros, llevando a barlovento la flota de Howard. √Čsta iba haciendo espaldas al Ark Royal, tan inservible, que lo remolcaban cuatro lanchas; quit√≥ el estandarte y la artiller√≠a y pidi√≥ socorro. Estaba ya casi a tiro de arcabuz. Para auxiliarlo, forzosamente hubieran tenido los ingleses que llegar al costado y ofrecerse al abordaje. Mas el Duque, por su indecisi√≥n, dej√≥ de perseguirlo, perdiendo tercera vez la ocasi√≥n de la victoria. Difiri√≥se, al decir de Cabrera, ¬ęporque el enemigo no se atracaba para combatir, escaramuzando y huyendo por la mayor ligereza de sus nav√≠os¬Ľ (1); y al decir del Duque, porque estando en aquel punto, empez√≥ a soplar el Sudoeste, y la flota enemiga ¬ęvolvi√≥ a cobrar el puesto de barlovento¬Ľ y alarg√≥se, dejando las lanchas (2). Vanegas escribe que nos quitaron de las

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El Golden Lion, barco dé la escuadra inglesa, mandado por Thomas Howard.
El Golden Lion, barco dé la escuadra inglesa, mandado por Thomas Howard.
(Grabado de C. J. Visscher.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, n√ļm. 1.091.)

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manos el Ark Royal con tanta presteza, ¬ęque fu√© cosa de admiraci√≥n¬Ľ. Y a√Īade: ¬ęSe nos alargaron con mucha pena nuestra, por no tener tan buenos pies como ellos¬Ľ (1).

Medina Sidonia, en resoluci√≥n, viendo, o creyendo ver, que no era de provecho ya la carga, proseguida durante cuatro horas, y que se encontraba en la isla de Wight, tir√≥ un ca√Īonazo, recogi√≥ su Armada en buen orden y continu√≥ su viaje, dejando a unas dos millas de la retaguardia al enemigo. No tom√≥, con sus irresoluciones y dudas, el fondeadero de la isla de Wight, como prometiera y como le hab√≠a ordenado el Rey, y despach√≥ a Dunquerque al capit√°n Pedro de Le√≥n, para notificar a Alejandro Farnesio el paraje en que estaba y la conveniencia de salir a juntarse con la Armada a la mayor brevedad posible. Hasta entonces todo iba favorablemente.

Aquel d√≠a, en que di√≥ a don Diego Enr√≠quez, hijo de virrey del Per√ļ, el cargo de la escuadra de don Pedro de Vald√©s, cruz√°ronse entre ambas flotas sobre tres mil disparos. Tuvo la nuestra cincuenta muertos y como setenta heridos. Tampoco esta vez revelaron los ingleses sus p√©rdidas. Jact√°ronse de haber capturado la urca Santa Ana, mas no fu√© cierto. Por ninguna parte hubo bajas de nav√≠os, y las graves aver√≠as del Ark Royal (o del Triumph, seg√ļn pretenden) debieron de arreglarse pronto.

El viernes, d√≠a 5, amaneci√≥ calma. La flota inglesa segu√≠a como a dos millas a retaguardia de la espa√Īola, sin disparar un solo ca√Īonazo, por no gastar en salvas la poca munici√≥n de que dispone. No sopla viento alguno, y la mar se halla quieta. Las dos escuadras permanecen todo el d√≠a a la vista la una de la otra, y se les incorporan los nav√≠os apartados. Los ingleses, viendo a la Armada proseguir su camino, redoblan su inquietud y corren la alarma por toda la costa, pidiendo refuerzos, municiones y v√≠veres, que reciben al fin. En tanto, el Duque despach√≥ a Dunquerque, sobre una fal√ļa, al piloto Domingo Ochoa, para que Alejandro Farnesio le enviase balas de cuatro, seis y diez libras, por haber gastado muchas en las escaramuzas de los d√≠as precedentes. Llevaba asimismo el encargo de que el de Parma le remitiera en seguida cuarenta filibotes (2), para probar si con ellos, por ser embarcaciones tan ligeras, se pod√≠a trabar con el enemigo, y que, a la par, representase a Farnesio el riesgo que corr√≠a la Armada, de no reunirse prontamente con √©l cuando se pusiera a vista de Dunquerque. La actitud remisa del Pr√≠ncipe daba ya que pensar. Medina Sidonia (lo

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La Armada espa√Īola a la altura de Dungeness, promontorio de la costa Sur de Kent.
La Armada espa√Īola a la altura de Dungeness, promontorio de la costa Sur de Kent.
(Grabado de C. J. Visscher.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, n√ļm. 5.350.)

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consigna en su Diario) iba con mucho cuidado, sospechando que no estaba aprestado ni en Dunquerque, pues don Rodrigo Tello, partido de la Armada el 29 de Julio, no hab√≠a vuelto, ni ning√ļn otro. Al ponerse el sol, alz√≥se un poco de viento favorable, y el Duque, indeciso y seguramente disgustado por la dejadez del de Parma (no le achaquemos todas las culpas a un hombre que aborrec√≠a la guerra y no entend√≠a de navegar), sin saber qu√© hacer, mud√≥ de su prop√≥sito sobre la isla de Wight y di√≥ orden a la Armada de continuar su camino directamente a Calais.

Al amanecer del s√°bado, 6, las dos escuadras se hallaron a poco m√°s de tiro de ca√Ī√≥n; pero los ingleses no se atrevieron a hostilizar, por tener los espa√Īoles viento en popa y recogida la retaguardia con muy buen orden. Navegaron as√≠ hasta las diez de la ma√Īana, a cuya hora descubri√≥se Boulogne, en la costa francesa. El Duque, entonces, reuni√≥ su Consejo para tomar la mejor determinaci√≥n. A su juicio, deb√≠a fondearse en Calais. No lo compartieron muchos de los generales, y Miguel de Oquendo ¬ęfu√© de parecer que all√≠ no se diese fondo en ninguna manera, porque dec√≠a por cierto que, d√°ndose all√≠ fondo, nos hab√≠amos de perder¬Ľ (1). No aprovech√≥ de nada. La flota sigui√≥ su ruta, navegando la vuelta de la rada de Calais (2), y se introdujo en ella, como el rat√≥n en la trampa, a las cuatro de la tarde, en vez de continuar su rumbo hacia Dunquerque. Una hora despu√©s ancor√≥ all√≠ toda la Armada.

A este prop√≥sito escribe Cabrera de C√≥rdoba razonablemente: ¬ęHubo diversos pareceres sobre que no se ancorase en aquel derecho, sino en Margat, como se hab√≠a determinado, inclinando los dem√°s pareceres a que se pasase adelante. El Duque, entendido de los pilotos que tra√≠a consigo, que, si de all√≠ pasaba, las corrientes le forzaban a salir del Canal al mar del Norte, se resolvi√≥, a las seis de la tarde, de ancorar frontero de Cal√©s (3), siete leguas de Dunquerque, donde pod√≠a el duque de Parma juntarse con ellos; y deb√≠alo excusar hasta que supiera no ten√≠a intento de embarcarse, ni pudiera teni√©ndole, seg√ļn estaba desapercibida la armada en m√°s de quince d√≠as, despu√©s que la de Espa√Īa di√≥ fondo en Cal√©s; y as√≠, con tantos avisos de los parajes del de Medina, no se movi√≥, ni el de Rentin, general

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La Armada espa√Īola en la rada de Calais.
La Armada espa√Īola en la rada de Calais.
(Grabado de M. Collin.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, n√ļm. 5,211.)

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de la armada, estando en Brujas, catorce leguas de tierra adentro, sino, como si los avisos fueran falsos, no se movieron hasta que lleg√≥ el secretario del de Medina desde Cal√©s a Brujas, y refiri√©ndole d√≥nde se hallaba, respondi√≥: ¬ęPues ¬Ņqu√© puedo yo hacer m√°s de salir de aqu√≠?¬Ľ; debiendo tener m√°s cuidado en lo que tanto importaba a la cristiandad, pues una negligencia perd√≠a la ocasi√≥n que se hab√≠a de granjear con la diligencia¬Ľ (1).

Forneron, arrimando el ascua a su sardina francesa, escribe que, fatigada la flota del Duque (no era verdad), se dirigi√≥ a Farnesio, no teniendo siquiera fuerzas para acogerse cerca de √©l, y refugi√≥se bajo los ca√Īones franceses. Sin perjuicio de decir pocos renglones despu√©s: ¬ęLa superioridad material de la Armada es tan abrumadora, que no le causan inquietud los doscientos barcos que se agitan en lontananza¬Ľ. O bien: ¬ęla Armada espa√Īola no ha perdido m√°s que tres barcos (2), puede reparar sus aver√≠as y proveerse de municiones en la rada de Calais¬Ľ (3).

Esto ya es más sensato. Porque la flota enemiga no ha podido detenerla, ni la ha hecho frente, ni otra cosa que escaramuzar, desde lejos, con la retaguardia. Es un rabo que sigue a la Armada donde ésta quiere llevarle, la cual no tiene otro designio que unirse con las fuerzas de Farnesio para caer entonces en avalancha sobre Inglaterra.

Luego de ancorar, con dos anclas por el √≠mpetu de las mareas en Calais, el Duque envi√≥ al capit√°n Heredia a cumplimentar al gobernador, M. Gourdan. Explic√≥le la causa de fondear all√≠, y el gobernador de la plaza respondi√≥ a Medina Sidonia que fuese muy bien venido su se√Īor√≠a y que estaba a su servicio y al del Rey don Felipe.

Por la tarde, vi√©ronse salir del puerto de Dover hasta treinta y seis bajeles, entre ellos cinco galeones gruesos, que se juntaron con los dem√°s de la Reina. El Duque apunta en su Diario ¬ęque se entendi√≥ era la banda que Juan Acles (Hawkins) ten√≠a a su cargo¬Ľ. Trat√°base de las fuerzas de Lord Henry Seymour y William Winter, que cruzaron a la vista de Dunquerque. Unidos a su flota, el almirante Howard y Francisco Drake, fondeados tambi√©n hacia el Sudoeste, a una legua de la Armada, y, naturalmente a barlovento, distribuyeron sus nav√≠os colocando una parte entre Dover y Sandwitch.

Aquel día, pues, no se escaramuzó tampoco. Los ingleses, que debían de ignorar la inacción de Alejandro Farnesio, estaban llenos de angustia, sin acertar a explicarse el haber ancorado el Duque en rada tan peligrosa.

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El White Bear, barco de la escuadra inglesa, mandado por Lord Sheffield.
El White Bear, barco de la escuadra inglesa, mandado por Lord Sheffield.
(Grabado de C. J. Visscher.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, n√ļm. 1.053.)

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Recelosos, mantuviéronse a mayor distancia que nunca. Y no viendo en la decisión del Duque la torpeza de introducirse allí, sospecharon alguna maniobra en connivencia con Farnesio, y planearon el modo, sin comprometerse, de hacer alejarse a la Armada. Cerca de allí, sobre Dunquerque, a observar los acontecimientos, pero medrosa, estaba la escuadra holandesa de Justino de Nassau. De manera que el Duque hallóse entre dos flotas de doscientos treinta navíos, con la mayor tranquilidad, aunque no ignoraba el riesgo de permanecer en aquellos parajes. Así lo hizo saber aquella noche al de Parma, enviándole a su propio secretario Arceo, para darle prisa y comunicarle el sitio en que había fondeado.

Por fin, el domingo, d√≠a 7, tras nueve de ausencia, lleg√≥ al amanecer, desde Dunquerque, el capit√°n don Rodrigo Tello. Tra√≠a la desconsoladora nueva de que Alejandro Farnesio, a quien hab√≠a visitado, se encontraba en Brujas, sin haber prevenido nada, ni comenzado a embarcar la gente, ni dispuesto las municiones. Por la ma√Īana, el gobernador de Calais envi√≥ a un sobrino suyo a visitar al Duque con un gran presente de refrescos y el prudent√≠simo aviso de que el paraje en que hab√≠a ancorado era sumamente peligroso para detenerse all√≠, por ser muy grandes las traves√≠as y corrientes de aquel canal. Medina Sidonia, viendo la excelente acogida del gobernador franc√©s, en vez de seguir sus consejos y abandonar la rada, envi√≥ a Calais a comprar vituallas al proveedor Bernab√© de Pedroso, en compa√Ī√≠a del pagador Juan de Huerta. Y por la noche, todav√≠a no desenga√Īado de la dejadez de Farnesio, le mand√≥ al veedor general don Jorge Manrique, ¬ępara que le hiciese instancia y apresurase el salir¬Ľ. Pero he aqu√≠, poco despu√©s, llegar un aviso del secretario Arceo, desde Dunquerque, comunic√°ndole ¬ęc√≥mo el de Parma (son palabras del propio Diario de Medina Sidonia) a√ļn no hab√≠a llegado all√≠, y que las municiones estaban por embarcar, y que le parec√≠a imposible hacer todo en quince d√≠as¬Ľ.

Perspectiva desalentadora y tremendo mensaje, que al menos experto jefe le hubiera bastado para levar anclas acto seguido, mayormente al observar que el adversario, a la hora del v√©spero, recib√≠a nueve bajeles sospechosos, y con ellos y otros veintis√©is, se acercaba m√°s a tierra. No pas√≥ inadvertido que alguna sorpresa tramaba. Record√≥se (el suceso era reciente) a Gianivelli y la m√°quina infernal del sitio de Amberes, y tom√°ronse precauciones. Se comision√≥ al capit√°n Serrano para que, cogiendo una pinaza, con ancla y calabrote, saliera a barlovento, y si el enemigo echaba alg√ļn bajel de fuego, lo remolcase y apartara a tierra. Todos los galeones fueron advertidos de estar al cuidado y con los bateles en el agua.

En efecto, pasada la media noche y antes de salir la luna, se vieron encender dos fuegos en la flota inglesa, después aumentados a ocho. Eran ocho navíos ardiendo, con las velas mareadas, viento y corriente en su

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La Armada en Calais.‚ÄĒLos brulotes lanzados contra ella y movimiento hacia el Norte.
La Armada en Calais.‚ÄĒLos brulotes lanzados contra ella y movimiento hacia el Norte.
Arriba: miniatura de la reina Isabel y anverso y reverso de una medalla. En medio: miniatura de Sixto V.
Abajo: miniaturas de Felipe II y Alejandro Farnesio; y, entre ellas, el pasquín latino de Roma y su versión al inglés.
(Grabado de John Pine, seg√ļn H. Gravelot. 1739.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10. n√ļm. 4.995.)

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favor, remolcados por chalupas, que ven√≠an derechos a la Armada. Tres de ellos eran muy grandes, y los otros, m√°s chicos. Viendo Medina Sidonia que iban acerc√°ndose, y como nuestros bajeles no los estorbaban, temiendo trajesen minas, orden√≥ desancorar, para apartarse del rumbo de aquellos brulotes, y que, pasados los fuegos, la Armada recobrase su lugar. Miguel de Oquendo aconsej√≥ (seg√ļn el P. Jer√≥nimo de la Torre) ¬ęque no se desamarrasen las naos, sino que fuesen ocho o nueve barcas o chalupas de las nuestras, y con unos garfios de hierro, cogiese cada uno su barca y la echase en tierra, o que nos fu√©ramos descargando sobre ellas, pues est√°bamos junto a ellos, y as√≠, o vini√©ramos a abordar, o las ech√°ramos de su puesto y di√©ramos nosotros fondo y los hici√©ramos andar toda la noche desparramados, como lo anduvimos nosotros, pero no se hizo as√≠, sino que turbados y llenos de grand√≠simo temor de ver aquel fuego y pensando que hab√≠a de hacer alg√ļn gran da√Īo como el de Flandes, anduvimos toda la noche unos por ac√° y otros por all√°; tanto, que le rogaban al Duque que se saliese del gale√≥n y se fuese a Cal√©s¬Ľ.

Este fraile, excelent√≠simo religioso, debi√≥ de pasar mucho miedo, y lo atribuy√≥ a los dem√°s. Su carta abunda en inexactitudes. No es de creer, a no tratarse de pobres remeros o infelices forzados, que aquellos guerreros, curtidos en cien campa√Īas, los mismos que hac√≠an temblar la tierra con sus mosquetes, fueran a asustarse hasta tal extremo de ocho brulotes. Pienso, como Cabrera de C√≥rdoba, que ¬ępor esto, frailes no son buenos para historiadores sino de sus religiones¬Ľ. Pero de la presencia y efecto de los brulotes se ha forjado el cuadro pavoroso, adornado con los tonos m√°s sombr√≠os, de una tard√≠a leyenda: el resplandor espantable de las ocho fogatas en medio de la noche y del mar. ¬ęUn terror p√°nico embarga todos los √°nimos¬Ľ, escribe Forneron. Y a√Īade: ¬ęLuego al punto corren todos a las cuerdas y a los remos, c√≥rtanse los cables a hachazos; se dejan las anclas en la rada, chocan unos con otros, y arrostran de nuevo la escuadra inglesa¬Ľ (1).

Lo sucedido no fu√© a causa del terror de los brulotes, sino de la impericia de Medina Sidonia. La maniobra por √©l dispuesta era imposible realizarse ordenadamente, no ya de noche, pero ni aun de d√≠a, agrupado tan enorme n√ļmero de naves y empujando tan fuerte la corriente y el viento. De por fuerza hab√≠a de chocar alg√ļn bajel, y muchos esparcirse. Y de maravilla se conservaron. Sin la marea, no hubiera ocurrido nada. Los brulotes no produjeron directamente da√Īo alguno. Pasaron y extingui√©ronse en la playa. Pero a costa de ocho barcos, los ingleses dispersaron nuestra flota. ¬ęFu√©les la fortuna tan favorable (dice un testigo), que les sali√≥ su

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Los brulotes lanzados contra la Armada.
Los brulotes lanzados contra la Armada.
(Cuadro al √≥leo, de autor desconocido.‚ÄĒProcedente de la Casa de la Reina.
National Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10. n√ļmero 3.039.)

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industria como pensaron, pues nos desalojaron con ocho nav√≠os, lo que no pudieron ni se atrevieron a hacer con 130¬Ľ (1).

El Duque recoge en su Diario las consecuencias inmediatas: ¬ęLa galeaza capitana (escribe), por apartarse de un bajel, barlu√≥ con San Juan de Sicilia, y se desaparej√≥ de manera, que aunque la capitana y algunos bajeles de los que estaban junto a ella tornaron a ancorar, tirando una pieza, no la oyeron, y as√≠, anduvieron llev√°ndoles la corriente hacia Dunquerque.¬Ľ

Otro d√≠a, en fin, y van ya tres, en que tampoco se escaramuz√≥. Empero la Armada est√° dispersa y el enemigo procurar√° ganarle el barlovento. Y, dividida, aprovechar la √ļnica ocasi√≥n de combatirla que se le ofrece. S√≥lo le queda p√≥lvora para otra vez, y ha de buscar el empleo ventajoso de su √ļltimo tiro. Sus tripulaciones no pueden m√°s. Vienen aliment√°ndose con pescado infecto, cerveza pasada y harina en malas condiciones. Y para remate, se ha declarado una epidemia a bordo que las aniquila.

El d√≠a 8, lunes, pareci√≥ desperezarse Farnesio, pues march√≥ de Brujas a Dunquerque y di√≥ orden de embarque. Todos los correos le llevaban despachos del Rey, a fin de que apresurase su salida. A rega√Īadientes, dij√©rase, lo hizo, como quiera que la expedici√≥n no se llevaba a cabo conforme a sus deseos, encaminados a comenzar por la sumisi√≥n de Holanda. Di√≥ mucho que hablar en las cortes de Europa su actitud remisa, y no faltaron suspicaces insinuando inteligencias o tratos con Isabel de Inglaterra. Rechaz√≥, ciertamente, estas calumnias y nunca le falt√≥ el favor del Rey; pero don Felipe, sin embargo, o por instinto o por recelo, no se hizo muchas ilusiones sobre la cooperaci√≥n de su sobrino y del ej√©rcito de Flandes. Embarc√≥ a toda prisa unos catorce mil hombres, que marchaban alborozados, pensando satisfacer en Inglaterra (seg√ļn Cabrera de C√≥rdoba) ¬ęsu apetito con los anguelotes y escudos de la rosa de la isla¬Ľ (2). Pero los barcos hall√°banse en su mayor√≠a por calafatear, sin municiones, sin bastimentos y sin velas. Con gran trabajo pas√≥ de Newport a Dunquerque y apenas hizo sino acercarse algo a la Armada, la cual, para entrar en Calais, en vez de detenerse en la isla de Wight o en el cabo de Margat, no barri√≥ como debiera la escuadra holandesa de Nassau, que ten√≠a cerrados aquellos dos puertos.

Al amanecer de este d√≠a vi√≥ Medina Sidonia a su Armada muy adelante y en dispersi√≥n hacia Gravelinas. No ten√≠a al lado sino dos galeones y alg√ļn que otro patache, mientras los ingleses ven√≠an a todas velas. Un general entendido, al verse en situaci√≥n tan desfavorable, hubiera levado inmediatamente, e impelido por el viento y la marea, se habr√≠a

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La Armada espa√Īola a la altura de Dover. Combate falseado.
La Armada espa√Īola a la altura de Dover. Combate falseado.
(Grabado de C. J. Visscher.‚ÄĒNational Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, n√ļm. 5.310.)

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apresurado a reunir sus galeones sobre el m√°s a sotavento; pero como no sab√≠a que lo urgente era la agrupaci√≥n, dej√≥se guiar (o a lo menos a ellos les ech√≥ la culpa) de unos pilotos flamencos, y con el peligro pr√≥ximo encima, s√≥lo pens√≥ en librarse del m√°s lejano, los bancos de Flandes. As√≠, aunque desancor√≥ para recoger la Armada y llevarla a su puesto primitivo, no pudo; porque Lord Howard, al ver la Armada dispersa y soplar el viento al Noroeste, que es la traves√≠a de la costa, se le anticip√≥, y, con la mayor prisa, carg√≥ sobre √©l en columnas compactas con 136 bajeles a favor del reflujo. El Duque entonces, estando a retaguardia y viendo, seg√ļn dice, ¬ęque si arribaba a recogerse con su Armada la perder√≠a, por ir ya muy cerca de los bancos de Dunquerque¬Ľ, determin√≥, a trueque de salvarla, hacer rostro a toda la flota del enemigo, enviando aviso a la suya, con pataches, que se detuviese a orza. Indudablemente, fu√© un rasgo de extraordinaria valent√≠a, rayano en la temeridad. Pero era lo que aguardaba el ingl√©s, sorprender dividida a la Armada espa√Īola, que, para ese fin, hab√≠a sacrificado los ocho buques ardiendo, la noche anterior.

As√≠, con inmensa superioridad, el Ark Royal carg√≥ sobre el San Mart√≠n, seguido de casi toda la escuadra inglesa, que atac√≥ primeramente a los otros dos galeones aislados, donde se bati√≥ con bravura el San Marcos del marqu√©s de Pe√Īafiel, y despu√©s a los dem√°s que acudieron en socorro del San Mart√≠n y lograron alcanzar sus aguas. Y como s√≥lamente pod√≠an conseguirlo dando m√°s o menos bordos, eran acosados siempre por fuerzas numeros√≠simas. Durante mucho tiempo, once bajeles de nuestra Armada sufrieron el fuego de un centenar de naves enemigas. Lleg√≥se a emplear la arcabucer√≠a y la mosqueter√≠a. Y ni con todo lograron los ingleses abordar a ning√ļn nav√≠o espa√Īol, ni aun de los aislados, ni menos rendirle. All√≠ escribi√≥ nuestra Marina una de sus p√°ginas m√°s gloriosas, pues con s√≥lo cuarenta buques resisti√≥ gallardamente a todas las fuerzas de Lord Howard, reforzadas por un escuadr√≥n de treinta y nueve bajeles a las √≥rdenes de Seymour.

Se prolong√≥ la pelea hasta las tres de la tarde, hora en que el resto de nuestra Armada pudo salir de los bancos, con cuya aproximaci√≥n retir√°ronse los ingleses, siempre temerosos de aquellos castillos flotantes y sin comprometerse nunca, a pesar de haber sido aquella la √ļnica ocasi√≥n en que pudieron hacerlo.

La galeaza San Lorenzo de don Hugo de Moncada se vi√≥ en la imposibilidad de seguir al Duque. Choc√≥ la noche precedente con la nave de Leyva, y emprendi√≥ la vuelta de Calais, donde, a causa de hab√©rsele salido el tim√≥n de la aguja y el m√°sculo de la femenella, encall√≥, arrastrada por el viento y la corriente, a la entrada del puerto. Qued√≥, as√≠, tendida. Sigui√©ronla el Ark Royal y el Margaret and Jones, y la ca√Īonearon a mansalva. -[318]- Acostada, no pudo hacer uso de la artiller√≠a. Don Hugo mand√≥ aviso al gobernador, pidi√©ndole asilo bajo los ca√Īones de su plaza, en tanto reparaba las aver√≠as. Los forzados ganaron la playa, al acercarse el enemigo; pero don Hugo qued√≥ a bordo, defendi√©ndose valerosamente con otros caballeros, donde recibi√≥ la muerte de un arcabuzazo. ¬ęLos ingleses (dice Forneron) caen sobre la encallada nave, y comienzan a saquear sus riquezas; pero M. Gourdan, gobernador de Calais, recoge a los n√°ufragos y env√≠a una chalupa a proteger al San Lorenzo, que toca el suelo franc√©s. La chalupa llega en el momento en que dan con las arcas del dinero los ingleses, los cuales rechazan a los marinos franceses y los arrojan al mar. Una descarga de las bater√≠as de la plaza les obliga a abandonar sin dilaci√≥n la presa¬Ľ. Pero, siempre corsarios, se llevan prisioneros a los capitanes Mendoza, Sol√≥rzano y Loaisa para negociar su rescate, como si fueran cristianos cogidos por los turcos en aguas de Argel. La artiller√≠a y pertrechos de la galeaza volvieron a Espa√Īa tiempo adelante.

En la acci√≥n de aquel d√≠a, que virtualmente fu√© la √ļltima, distinguieronse Leyva, Recalde, la capitana de Oquendo, todos los bajeles de los maestres de campo castellanos y portugueses, la capitana de Diego Flores, la de Bertendona, el gale√≥n San Juan, de don Diego Enr√≠quez, y el San Juan de Sicilia de Diego T√©llez Enr√≠quez. Fueron los barcos que sustentaron todo lo posible la carga del enemigo, y por ello quedaron ¬ęmuy mal parados (seg√ļn el Diario del Duque) y casi sin poder hacer m√°s resistencia, y los m√°s ya sin balas que tirar¬Ľ.

Tambi√©n se distingui√≥ don Francisco de Toledo, cerrando por la retaguardia con los enemigos. Procur√≥ abordarles; pero lo ca√Īonearon mucho, hasta que Recalde y don Agust√≠n Mej√≠a lo sacaron de la apretura. Acto seguido, sus galeones volvieron sobre los ingleses, juntamente con el de don Alonso de Luz√≥n, el Santa Mar√≠a de Bego√Īa, de Garibay, y otra vez el San Juan de Sicilia. Llegaron casi a abordarlos, sin aferrar, que lo evitaban los contrarios siempre. Ellos combat√≠an con la artiller√≠a; y los nuestros, con la arcabucer√≠a y mosqueter√≠a, sin punto de reposo. Los ingleses quemaban su √ļltimo cartucho. En este momento, Forneron escribe: ¬ęLa sangre de los remeros corre por los bancos. Los espa√Īoles de la aguerrida infanter√≠a piden un abordaje. ‚ÄĒ¬ę¬°Cobardes, gritaban a los ingleses, gallinas luteranas, venid a las manos con nosotros!¬Ľ

Y hubieran tenido que venir, de continuarse la acción, porque no les quedaba ni un barril de pólvora, y a no ser por los 200 hallados en el galeón de don Pedro de Valdés, les fuera forzoso volverse días antes a Inglaterra. Pero era pedir gollerías venir a las manos.

Por la naturaleza misma del combate (que hasta entonces todo fueron escaramuzas), muchos de los nav√≠os, as√≠ ingleses como espa√Īoles, quedaron -[319]- sumamente desbaratados. El San Mart√≠n, que aguant√≥ la carga m√°s furiosa, recibi√≥ varios ca√Īonazos a flor de agua. Ciento siete le tocaron en el casco y aparejo. Tuvo doce muertos y veinte heridos. Asimismo sufrieron graves aver√≠as los galeones y naos San Marcos, San Juan, San Juan de Sicilia y Nuestra Se√Īora de Bego√Īa, que combatieron m√°s adentro. Pero los m√°s destrozados fueron el San Mateo, el San Felipe y la nao vizca√≠na Mar√≠a Juan, del cargo de Recalde. ¬ęQuedaron todos deshechos (dice el Duque), y sin poder ser de provecho, habi√©ndoles muerto y herido casi toda la gente, aunque el de D. Diego T√©llez Enr√≠quez qued√≥ para poder seguirnos muy malparado¬Ľ. En el San Mateo murieron don Felipe de C√≥rdoba, hijo de don Diego de C√≥rdoba, caballerizo mayor de Su Majestad, cuya p√©rdida deplorar√° Cervantes en la Canci√≥n que luego veremos; don Pedro de Mendoza y 30 soldados. Mandaba el San Mateo don Diego Pimentel, y el San Felipe, don Francisco de Toledo. Orden√≥ el Duque, pues se hallaban acribillados a balazos, sacaran de uno y otro toda la gente varios pataches. Don Diego se neg√≥ a abandonar el San Mateo, pidi√≥ un piloto y un buzo; pero, por la mucha mar, no pudieron llegar hasta √©l, y, esforz√°ndose por mantenerlo a flote y alcanzar la costa, naveg√≥ hacia Zelanda, donde cayeron sobre √©l no los ingleses, sino treinta naves de la escuadra holandesa de Nassau. Por espacio de seis horas y aunque desaparejado, sin jarcias y sin velas, luch√≥ con hero√≠smo contra todos, sucumbiendo gloriosamente.

El San Felipe sufrió otra fortuna. Don Francisco de Toledo, no obstante también su mal estado, logró llegar con él a la boca de Newport y desembarcó con su gente. Rogó allí a Alejandro Farnesio salvara la artillería (48 piezas de bronce muy buenas) y los pertrechos de valor. Pero estando haciéndolo, la misma escuadra holandesa apoderóse de él, llevándolo a Flessinguen. Hallaron en las bodegas muchos toneles de vino, unos dicen que de Canarias, otros que de Rivadabia. Chusma con fama de borrachos, trescientos holandeses comenzaron a beber sin tasa. Mientras el vino llenaba sus estómagos, el agua penetraba por los agujeros de las averías. Y en medio de una imponente bacanal, el buque dió a la banda y con él se hundieron los trescientos beodos.

Perdi√≥, pues, en conjunto, la Armada tres solos barcos, ninguno en combate (la urca Doncella niega Medina Sidonia que se hundiese) y unos 600 muertos y 800 heridos, p√©rdidas insignificantes, atendido el contra tiempo de la divisi√≥n de la flota, que pudo acarrear su completa destrucci√≥n, a no ser por el hero√≠smo de los espa√Īoles y la prudencia en no aventurarse de los britanos. Las bajas de √©stos ignoraronse siempre, pues s√≥lo confesaron haberse ido a fondo un gale√≥n peque√Īo. Empero debieron de tener grandes p√©rdidas.

-[320]-

La Armada Espa√Īola.‚ÄĒCombate en el Canal. A la izquierda, el gale√≥n San Mart√≠n. A la derecha, el Ark Royal.
La Armada Espa√Īola.‚ÄĒCombate en el Canal. A la izquierda, el gale√≥n San Mart√≠n. A la derecha, el Ark Royal.
(Cuadro al √≥leo, de autor desconocido.‚ÄĒProcedente de la Casa de la Reina.
National Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10. n√ļmero 3.198.)

-[321]-

El Duque resume la jornada de Gravelinas en su Diario, diciendo que ¬ędese√≥ este d√≠a volver con toda el Armada sobre el enemigo, por no salir de la Canal¬Ľ. Y agrega: ¬ę Los pilotos le dijeron que era imposible, porque ten√≠an la mareta (1) y el viento contrario en el Noroeste, traves√≠a en aquella costa, y que era forzoso salir al mar del Norte, o dar con toda el Armada en los bancos; y as√≠, no se pudo excusar en ninguna manera la salida de la Canal, quedando casi todos los bajeles nuestros de confianza muy malparados y sin poder hacer resistencia, as√≠ por los ca√Īonazos que hab√≠an recibido, como por no tener ya balas de artiller√≠a con que tirar¬Ľ.

Siempre procuraba justificarse, para eludir todo género de responsabilidades por su incompetencia, de la cual ciertamente no tenía culpa. Y unas veces se escudaba en el dictamen de los pilotos, y otras en los consejos de Diego Flores de Valdés.

La expedición contra Inglaterra debía comenzar prácticamente ahora, en que Farnesio había de unirse con el Duque, y juntos expugnar aquel país. Hasta el momento, la jornada no pasó de un viaje sin otro propósito que la agrupación de fuerzas. Y sin embargo, antes de que la guerra diera verdaderamente principio, tocaba a su fin. Ya no se escaramuzó más. La flota inglesa limitóse a contemplar desde lejos, durante cuatro días, la Armada.

Ante una y otra, sin municiones ya ninguna, iba a surgir un elemento m√°s poderoso que ellas mismas.

El martes, d√≠a 9, v√≠spera de San Lorenzo, a las dos de la madrugada sopl√≥ el viento al Noroeste, seguido de chubascos, con tanta furia, que empuj√≥ al San Mart√≠n, no obstante estar a orza (2) cuanto le fu√© posible, hacia la costa de Zelanda, m√°s all√° de donde podr√≠a esperar se le uniera Alejandro Farnesio, quien al o√≠r la artiller√≠a el d√≠a anterior, hab√≠a emplazado sus ca√Īones, prontos a atacar a los ingleses si se aproximaban. El Duque, con todo, procur√≥ entretenerse (3), para entrar en el Canal otra vez. Al romper el alba, fu√© calmando el viento, y la escuadra enemiga apareci√≥ por la popa, a distancia de m√°s de media legua, con s√≥lo ciento nueve nav√≠os. ¬ŅQu√© fu√© de los restantes? El San Mart√≠n, ya aderezado por medio de planchas de plomo, qued√≥ de retaguardia con los bajeles de Mart√≠nez de Recalde y don Alonso de Leyva, las tres galeazas, el gale√≥n San Marcos y la nao San -[322]- Juan de Diego Flores. Lo dem√°s de la Armada permanec√≠a lejos y muy a sotavento.

Intentando nuevamente aprovecharse de la división, los ingleses avanzaron. hacia el San Martín. La poderosa nave se puso a trinca (1). Atravesáronse las galeazas, y los galeones que estaban de retaguardia aprestáron se a la lucha. El enemigo entonces, a pesar de tener ganado el barlovento, detuvo su marcha y fué quedándose muy atrás. Arreciaban el viento Noroeste y la lluvia. Era una temeridad pasar adelante, sin exponerse a acabar haciéndose pedazos en la costa de Zelanda. El huracán abatía ya a nuestros galeones contra aquellos bajos. Igual sucedería a los ingleses acercándose más. Se espantaron y alejáronse gobernando al Nornordeste (2). La Armada, de no cambiar el viento, iba a segura y completa perdición y destrucción.

El Duque dispar√≥ tres ca√Īonazos a la hila (3), para recoger su escuadra, y envi√≥ un piloto, en un patache, a avisar a los galeones delanteros que se tuviesen a orza, porque estaban muy cerca de los bancos de Zelanda.

El peligro era enorme. Seg√ļn los pilotos, no hab√≠a salvaci√≥n posible, porque jam√°s buques tan grandes osaron aventurarse por aquellos sitios. Por fortuna, y hall√°ndose ya sin remedio y a s√≥lo seis brazas y media de agua, se mud√≥ el viento al Oesudoeste, lo que permiti√≥ ir saliendo la Armada al Norte con todas sus naves. Pero la tempestad puede volver del Sur de un momento a otro.

El Duque, en consecuencia, convoc√≥ por la tarde a su Consejo de generales para tomar una determinaci√≥n, atento a estar desaparejados los nav√≠os que hasta entonces hab√≠an hecho resistencia y a la escasez de balas de artiller√≠a en todos los galeones de importancia. Propuso si ser√≠a bien volver al Canal de Inglaterra o regresar a Espa√Īa por el mar del Norte, pues no hab√≠a aviso de que Alejandro Farnesio pudiera salir tan pronto a reun√≠rseles. ¬ęTodos los del Consejo (dice el Duque en su Diario) se resolvieron en que se volviese a la Canal, si el tiempo diese lugar para ello; y si no, que, obedeciendo al tiempo, se volviese por el mar del Norte a Espa√Īa¬Ľ.

Cu√©ntase que en la entrevista dijo Diego Flores de Vald√©s que estaban perdidos. Y que el Duque, mirando al bravo Oquendo, milagrosamente salvado de la explosi√≥n de su nave, le pregunt√≥: ¬ę¬ŅQu√© haremos? ¬ŅSomos perdidos?¬Ľ. Y Oquendo, con su recio temple, repuso: ¬ęEso lo dice Diego Flores. A m√≠ deme s√≥lamente Vuestra Excelencia municiones de balas¬Ľ.

Continu√≥ creciendo el viento favorable, y el Duque fu√© alarg√°ndose -[323]- en el mar, seguido de la flota inglesa, que no dispar√≥ ning√ļn ca√Īonazo, porque ten√≠a menos balas que la espa√Īola.

Lo mismo hizo en los d√≠as siguientes. Observaba, por lo que pudiera sobrevenir, afectando una fortaleza muy lejos de la realidad, seg√ļn veremos en seguida. As√≠, el d√≠a 10, mi√©rcoles, caminando la Armada con viento Sudoeste fresco y mar gruesa, la fu√© siguiendo, y a la tarde, amainando la furia de aqu√©l, se fu√© acercando con intenci√≥n belicosa. Todo ficci√≥n. Dispar√≥ el Duque tres piezas, para que la Armada, que iba a todas velas, se amainara y atravesase, aguardando a la retaguardia y al San Mart√≠n. Los ingleses, al verlo, y que las galeazas se atravesaban tambi√©n, junto con los doce mejores bajeles de la Armada, no se atrevieron a disparar un tiro, ni pod√≠an. El escuadr√≥n de John Hawkins, aprovechando las sombras de la noche, desapareci√≥. Otros dicen que aquellas fuerzas eran las de Seymour y Winter.

Aquel d√≠a di√≥, por fin, se√Īales de existencia Farnesio, con el oculto designio, sin duda, de servirse de la Armada para sus miras contra los holandeses. En efecto, al saber el estado de ella, despach√≥ un mensajero al Duque, dici√©ndole (seg√ļn escribe Cabrera de C√≥rdoba), ¬ęque pues hab√≠a perdido el Canal sin poca esperanza de volver a √©l, no tomase tan largo y mal siguro viaje para Espa√Īa por el mar del Norte armada tan maltratada como al cierto mostraban los mejores galeones de ella perdidos [no era cierto]; que le inviar√≠a pilotos para que los llevasen a las ciudades libres del Imperio e islas llamadas Hanse√°ticas, donde ser√≠a acoxido y prove√≠do de cuanto menester le fuese para repletar y proveer su armada, o en un puerto desierto, poco m√°s arriba de Enden, que es de ninguno, donde pasar√≠a √©l en persona al reparo y beneficio della; en aquel invierno har√≠an efectos grandes contra las islas rebeldes y se dispondr√≠an las cosas, en tanto, en Espa√Īa y en Flandes, de manera que la Armada pudiese hacer la jornada contra los ingleses, que ya no pod√≠a¬Ľ. Y reflexiona el mismo historiador: ¬ęDonde se verifica que el parecer postrero corresponde al primero, y que nunca se ha de cometer empresa a quien la contradixo, no la propuso o no la aprob√≥¬Ľ (1).

La proposición era razonable y sensata, pero el Duque, poco amigo de imposiciones, aunque fueran de Farnesio, la rechazó. Aquel príncipe, negligente y remiso, causante de que las cosas hubieran llegado al estado a que nunca debieron llegar, se permitía darle consejos, en vez de habérsele reunido, como le fuera ordenado por el Rey.

El jueves, 11 de Agosto, prosiguió su viaje con el mismo viento. Otra vez, a la tarde, volvió el enemigo. Llevaba ya sólamente setenta bajeles. -[324]- Quiso acercarse, repitiendo el truco. Volvieron a atravesarse las galeazas, aguardó el San Martín, se pararon los ingleses y desaparecieron.

Al día siguiente, 12, la flota de Howard amaneció pegada a la del Duque, que ya caminaba junta y, aunque averiada, tan imponente, a disponer de municiones y bastimentos, como los primeros días. Iba reforzada la retaguardia y todo en el mayor orden. La escuadra de Howard y Drake no osó seguirla siquiera; se fué quedando, tomó el camino de Inglaterra y desapareció definitivamente.

¬ęTodos los dem√°s d√≠as (concluye diciendo el Diario del Duque) se ha ido siempre navegando con el mismo viento, hasta salir de la Canal del mar de Noruega, sin ser posible volver a la Canal de Inglaterra, aunque se quisiera, hasta hoy a los 20 de Agosto, que habiendo doblado las islas √ļltimas de Escocia, al Norte, se va navegando con las Nordeste la vuelta de Espa√Īa¬Ľ.

 

Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
Luis Astrana Marín
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