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20-12-2013  (2749 lectures) Categoria: Articles

Colom -Cordoba

http://hhh.gavilan.edu/fmayrhofer/spanish/astrana/tomoI/p0000005.htm

Capítulo II

 

Pedro y Rodrigo D√≠az de Cervantes.‚ÄĒTorreblancas y Cabreras.‚ÄĒC√≥rdoba a fines del siglo XV.‚ÄĒLuchas entre populares y jud√≠os.‚ÄĒDon Alfonso de Aguilar y Gonzalo Fern√°ndez de C√≥rdoba.‚ÄĒCrist√≥bal Col√≥n en C√≥rdoba.‚ÄĒSu entrevista con los Reyes Cat√≥licos.‚ÄĒCol√≥n y los ascendientes de Miguel de Cervantes.‚ÄĒBeatriz Enr√≠quez de Harana.‚ÄĒCol√≥n regresa de descubrir las Indias

 

Pasado el terreno abrupto, √°rido y est√©ril de las ascendencias geneal√≥gicas conjeturales, henos ya en campo llano, f√©rtil y firme. El tatarabuelo de Miguel de Cervantes Saavedra llam√≥se Pedro D√≠az de Cervantes, que debi√≥ de nacer a principios del siglo XV, √ļltimos a√Īos del reinado de don Enrique III el Doliente o comienzos de la minoridad de don Juan II de Castilla. De √©l no hay otras referencias sino las suministradas por su hijo Ruy D√≠az de Cervantes, quien en un poder general, otorgado en C√≥rdoba el 22 de Mayo de 1500, a favor de Fernando de Ribera, ¬ępara en sus pleitos e negocios¬Ľ, declara ser ¬ęfijo de Pedro Dias de √áeruantes que Dios (h)aya¬Ľ. Firman como testigos Luis de C√°rdenas, jurado de la collaci√≥n de Santa Mar√≠a, y Rodrigo Alf√≥n, vecinos moradores de la misma ciudad (1). -[34]-



Personas y trajes del siglo XV.
(Dibujo anónimo. Gabinete de Estampas de la Biblioteca Nacional.)



Otros personajes del mismo siglo.
(Dibujo anónimo. Gabinete de Estampas de la Biblioteca Nacional.)



Córdoba a fines del siglo XVI, bajo el pontificado de Sixto V (1585-1590).
(Grabado de la √©poca.‚ÄĒGabinete de Estampas de la Biblioteca Nacional.)

 

-[35]- Que dicho Ruy o Rodrigo D√≠az de Cervantes es el verdadero bisabuelo paterno del autor del Quijote (y Pedro, por lo tanto, el tatarabuelo), se ver√° despu√©s, por la carta de pago del licenciado Juan de Cervantes a su suegro, donde confiesa ser ¬ęfijo de Rui Dias de Cervantes¬Ľ, y √©ste le sirve de testigo. En fin, que el licenciado Juan sea el padre del cirujano Rodrigo, padre a su vez del Pr√≠ncipe de nuestros Ingenios, ya no necesita demostraci√≥n, como cosa probada antes de nosotros. As√≠, pues, la l√≠nea paterna del gran Cervantes queda establecida desde el tatarabuelo. Mas volvamos a√ļn sobre el bisabuelo Ruy.

Este Rodrigo Díaz de Cervantes, que ha venido confundiéndose cor un Rodrigo de Cervantes sin profesión conocida y con otro Ruy Fernández de Cervantes o Rodrigo de Cervantes, bachiller (1) (todos tres coetáneos -[36]-



Varios guerreros y un médico del siglo XV.
(Dibujo an√≥nimo.‚ÄĒGabinete de Estampas de la Biblioteca Nacional.)



√öltimos torneos del mundo caballeresco medieval.
(Dibujo an√≥nimo.‚ÄĒGabinete de Estampas de la Biblioteca Nacional.)

-[37]-
o de Abril de 1536." height="291" border="0" width="640">
Firma de Rodrigo de Cervantes, contador de la Goleta, en 1.o de Abril de 1536.

 

y avecindados en la collaci√≥n de San Nicol√°s de la Villa), era trapero, o sea comerciante en pa√Īos, nacido hacia 1435. Existen documentos suyos, in√©ditos (que insertamos en las anotaciones), otorgados ya en C√≥rdoba en 1463. Ign√≥rase el nombre de su madre. √Čl se cas√≥ con do√Īa Catalina de -[38]- Cabrera, y tuvieron por hijos a Catalina de Cervantes (1), a Mar√≠a de Cervantes, monja en el convento de Jes√ļs Crucificado, fallecida hacia 1548 (2), y a Juan de Cervantes, abogado, que cas√≥ con do√Īa Leonor Fern√°ndez de -[39]- Torreblanca, abuelos paternos del autor del Quijote. Posiblemente fu√© tambi√©n hijo suyo fray Rodrigo de Cervantes (1), y con mucha probabilidad, un Miguel D√≠az, del que hablaremos despu√©s.


Firma, en documento inédito, de soror Luisa de Cervantes,
hermana del contador de la Goleta.‚ÄĒC√≥rdoba, 20 de Septiembre de 1585.

Estas familias pose√≠an bienes de fortuna, pues se trasluce que los Torreblancas, los Cervantes y los Cabreras viv√≠an con cierta ostentaci√≥n. Ahora, no se confundan con algunos hom√≥nimos nobles, que, para evitarlo, conviene se√Īalar. De la estirpe de los Cabreras de ilustre prosapia, nada m√°s elocuente que la Casa de Cabrera en C√≥rdoba (2). Bastar√° citar a Juan Alonso Cabrera, que cas√≥ con do√Īa Leonor de Escamilla y tuvieron a do√Īa Marina Cabrera. De los Torreblanca, a don Lope Gutierre de Torreblanca, desposado en 6 de Enero de 1600 con do√Īa Francisca de Saavedra y Carrillo, hija de don Mart√≠n de Saavedra y Caicedo y de do√Īa Francisca -[40]-


Firma, en documento inédito, de soror María de Cervantes,
hija del bisabuelo paterno de Miguel de Cervantes.‚ÄĒC√≥rdoba, 12 de Noviembre de 1532.


Firma, en documento in√©dito, de fray Rodrigo de Cervantes‚ÄĒC√≥rdoba, 30 de Abril de 1544.

-[41]- de Saavedra (1), Asimismo son dignas de mención Inés de Cabrera, esposa del célebre caballero cordobés don Lope de Sosa (el de La Cena de Baltasar del Alcázar), alguacil mayor de Jaén y gobernador de la Gran Canaria; y Ana e Isabel de Cabrera, las hermanas del famoso orador sagrado fray Alonso de Cabrera, aunque no de tan elevada alcurnia, pues se prodigó este apellido de Cabrera en familias de la clase media y aun de condición humilde. Del Nobiliario de Córdoba (2) se infiere no sólo los enlaces de los Torreblancas con los Saavedras, sino de éstos con los Cabreras. Y a mi ver fué de aquí, de Córdoba, de donde tomó su segundo apellido nuestro Príncipe de los Ingenios para ostentar nobleza de sangre.

Pero ni es posible demostrar que do√Īa Catalina de Cabrera, cuya genealog√≠a, hasta hoy, se ignora, perteneciese a esta clase noble, ni tampoco que los D√≠az de Torreblanca procedan del ilustre linaje de los Torreblancas que tuvieron por tronco al caballero navarro Fernando o Andr√©s Alonso de Torreblanca, servidor de los reyes don Juan II y don Enrique IV y alcaide de Cabra. Aparte de esta l√≠nea noble y de solar conocido, abundaron mucho las familias de apellido Torreblanca en C√≥rdoba durante los siglos XV y XVI.

De una de ellas proven√≠a el padre de do√Īa Leonor, bachiller Juan D√≠az de Torreblanca, m√©dico y cirujano (3), que matrimoni√≥ con Isabel -[42]- Fern√°ndez y aparece como hijo mayor de los cinco de su padre, Rodrigo D√≠az de Torreblanca, y su mujer Mar√≠a Alonso (1), casada luego en segundas nupcias con el m√©dico maestre Juan S√°nchez (2).


Firmas, en documento in√©dito, del bachiller Juan D√≠az de Torreblanca y de su suegro Diego Mart√≠nez.‚ÄĒ
Córdoba, 11 de Enero de 1495.

-[43]-

Firma, en documento in√©dito, del famoso m√©dico Luis Mart√≠nez (¬ęMaese Luis¬Ľ).
Córdoba, 23 de Junio de 1546.

Dicha Isabel Fernández era hija del rico mercader Diego Martínez y de su esposa Juana Fernández. Diego Martínez, hijo de un Luis Martínez, tuvo, además de Isabel, tercero de sus hijos, otros cuatro vástagos (1).

-[44]- Nada sabemos de los hermanos, caso de haber existido, del tatarabuelo de Cervantes, Pedro D√≠az de Cervantes; de su profesi√≥n, naturaleza, etc√©tera. Asimismo su hijo Rodrigo debi√≥ de tener alg√ļn hermano llamado Pedro D√≠az de Cervantes, a tenor de la tradici√≥n familiar de repetir los nombres de padres a hijos; pero no se halla rastro de √©l. Ni tampoco de un Andr√©s D√≠az de Cervantes, que pudo existir igualmente, por la misma raz√≥n. Porque el nombre se reproduce en el hijo menor del licenciado Juan de Cervantes y en los hijos mayores de Rodrigo de Cervantes (Andr√©s y do√Īa Andrea), hermanos de nuestro Manco inmortal.

Rodrigo D√≠az de Cervantes ser√≠a natural de C√≥rdoba (1), aunque por la √≠ndole de su profesi√≥n algunas veces se ausentase de ella. Las ac√©milas de que en 1515 se desprende su hijo el licenciado Juan, tambi√©n pa√Īero, como √©l, parecen indicio de que extend√≠an su comercio de pa√Īos con auxilio de sus criados, en tiempo de ferias, por los pueblos de la comarca: -[45]- negocio que, puesta la vista en m√°s altos destinos, debi√≥ de liquidar el propio Juan al fallecimiento de su padre.

√Čste muri√≥, ya muy viejo, pasado el a√Īo de 1506 y antes de 1515 (1). -[46]- Hab√≠a vivido toda la interesant√≠sima y agitada vida cordobesa de la segunda mitad del siglo precedente y mor√≠a satisfecho con la reputaci√≥n de su hijo Juan, muy joven nombrado abogado de la Inquisici√≥n. De las relaciones que con ella tuvieron los Cervantes. se preci√≥ siempre la familia. El propio Miguel declarar√° un d√≠a ¬ęser hijo e nieto de personas que han sido familiares del Santo Oficio de C√≥rdoba¬Ľ (1).

Precisamente lo que más resalta de la vida de Córdoba en los finales del siglo XV y albores del XVI son las luchas entre populares y judíos, y las derivaciones jurídicas subsiguientes al decreto de expulsión.

Ya en 1473, un a√Īo antes de iniciarse el glorioso reinado de los Reyes Cat√≥licos, hab√≠a presenciado Rodrigo D√≠az de Cervantes los sangrientos sucesos, alborotos, cr√≠menes, saqueos e incendios del populacho contra los conversos, de que fu√© la primera v√≠ctima un Torreblanca.

-[47]- Era el 14 de Marzo. La ciudad, desde tiempo anterior, hallábase dividida en dos partidos: el de los cristianos viejos, que acaudillaban el conde de Cabra, don Diego Fernández y el obispo don Pedro de Córdoba v Solier; y el de los cristianos nuevos, o conversos, patrocinado por el famoso don Alfonso de Aguilar, hermano del célebre Gonzalo Fernández de Córdoba, más tarde Gran Capitán. y actor también en los tristes episodios. Habíase fundado una Cofradía de la Caridad, y de ella quedaron excluidos los conversos. Caía el 14 de Marzo en domingo segundo de Cuaresma, y los cofrades habían dispuesto una procesión de gran aparato para solemnizar el establecimiento de su Cofradía, bajo la advocación de la Madre de Dios.

Reía ya la Primavera en el cielo andaluz y afloraba pujante en los campos que fertiliza el Guadalquivir.

Córdoba disponíase a exteriorizar su fe. Era corregidor don Francisco de Valdés, alcalde Alfonso Pérez Saavedra y alguacil mayor Gonzalo de Godoy.

Desde muy temprano las calles que hab√≠a de recorrer la procesi√≥n aparecieron sembradas de flores; y los muros de las casas, cubiertos de ricos tapices. En balcones y ajimeces, quitadas las habituales celos√≠as, luc√≠an su gala y hermosura las incomparables hijas de C√≥rdoba. El j√ļbilo y esplendor universal s√≥lo ve√≠anse turbados por el imprudente retraimiento de los conversos: sus moradas aparec√≠an cerradas y sin colgaduras. Al llegar la procesi√≥n a la calle de la Herrer√≠a, no lejos de la catedral, un clamor de la muchedumbre advirti√≥ de algo extra√Īo. De la casa de cierto converso rico, una jovencita arroj√≥ inadvertidamente un jarro de agua. El incidente se hubiera esclarecido sin consecuencias; pero el herrero Alonso Rodr√≠guez, dando gritos de que eran orines y no agua, vaciados de intento para ofender a Nuestra Se√Īora, incitaba a la muchedumbre a vengarse. Intervino Pedro de Torreblanca, escudero del alcaide de los donceles, y trat√≥ de convencer al Rodr√≠guez de que era agua lo vertido. Mas no estaban los √°nimos para ponerse a discutir, como en la venta de don Quijote, si la bac√≠a era o no yelmo, o si la albarda era o no jaez, y el herrero, ciego de furor, por toda respuesta, asest√≥ una cuchillada a Torreblanca. Fu√© la se√Īal y principio del mot√≠n, de la matanza y del incendio. Desde aquel instante no hubo desm√°n ni crimen que no se cometiera por el populacho. A ellos siguieron el robo y el pillaje, que durante tres d√≠as enlutaron a C√≥rdoba.

Don Alfonso de Aguilar, su hermano Gonzalo Fern√°ndez de C√≥rdoba, y algunos hombres de armas de su casa, corrieron a dominar la b√°rbara revuelta. Hallaron a Alonso Rodr√≠guez, al frente de los levantiscos, en el Rastro. El de Aguilar le intim√≥ a retirarse; pero el herrero le contest√≥ con atroces insultos, que ofendieron la nobleza del pr√≥cer. √Čste se lanz√≥ sobre -[48]- Rodr√≠guez y le pas√≥ de parte a parte con su lanza. Trab√≥se terrible contienda con los revoltosos, que dieron a huir y acogerse al patio del convento de San Francisco; pero Aguilar y su hermano cerraron con ellos, y acuchill√°ndoles sus hombres de armas, creyeron dominado el mot√≠n.

Con el nuevo d√≠a, la situaci√≥n vino a empeorar. Mediaban antiguos agravios entre don Alfonso y don Diego de Aguayo, caballero principal de C√≥rdoba. Vi√≥ √©ste ocasi√≥n propicia para satisfacerse, y concit√≥ a las masas populares contra su rival. Recogieron los amotinados el cad√°ver del herrero, llev√°ronle en procesi√≥n l√ļgubre a San Lorenzo y le tributaron los honores del martirio. Una muchedumbre de veinte mil personas se congreg√≥ al intento. Excitada, renov√°ronse las escenas de exterminio. Fueron pasadas a sangre y fuego muchas casas de las calles de Santa Mar√≠a de Gracia, San Pablo, San Lorenzo, la Roper√≠a, los Marmolejos, la Feria, la Curtidur√≠a, la Alcaicer√≠a, la Plater√≠a y otras. Tambi√©n saquearon la Aljama. En el sitio en que cay√≥ Rodr√≠guez, la Cofrad√≠a puso la llamada Cruz del Rastro, que persever√≥ durante m√°s de tres siglos en C√≥rdoba.


C√≥rdoba.‚ÄĒLa evocadora Cruz del Rastro.

Don Alfonso, impotente para dominar la revuelta, o no queriendo agravarla m√°s, retir√≥se al Alc√°zar, y all√≠ recogi√≥ a los conversos y jud√≠os que pudieron seguirle, para substraerles a las iras de los exaltados. Al cabo de cuatro d√≠as, ces√≥ el saqueo, ¬ęcansada la rabia popular¬Ľ, dice una cr√≥nica de la √©poca, y orden√≥se el destierro inmediato de C√≥rdoba de los conversos que escaparon con vida. Sali√≥ tambi√©n desterrado don Alfonso de Aguilar y llev√≥se consigo a los conversos y jud√≠os refugiados en el Alc√°zar. Los que no pudieron acompa√Īarle, dice otra cr√≥nica, ¬ęfueron despojados en los caminos, sin ninguna conmiseraci√≥n, as√≠ de las haciendas como de las vidas¬Ľ. Reprob√≥se la conducta de don Alfonso; mas √©l se excus√≥, afirmando su sincero catolicismo, y el haber obrado de aquella suerte por esp√≠ritu de caridad. Con todo, no pudo impedir las censuras eclesi√°sticas. M√°s tarde fu√©, como es sabido, el h√©roe que tantos d√≠as de gloria di√≥ a su -[49]- patria en la conquista de Granada y que sacrific√≥ su vida, peleando en las Alpujarras, por la religi√≥n de sus mayores (1).

Los sucesos de Córdoba, a que se halló presente el cronista Alfonso de Palencia, extendiéronse, con la misma desolación y matanza, a Montoro, Bujalance, Adamuz, la Rambla, Santaella y otros lugares del obispado.

No se habló de otra cosa durante mucho tiempo en la ciudad de los Califas.

El pa√Īero Rodrigo D√≠az de Cervantes, bisabuelo de Miguel, viv√≠a entonces en la colaci√≥n de San Bartolom√© y ten√≠a ya varios hijos de su mujer do√Īa Catalina de Cabrera. Pronto nacer√≠a el abuelo Juan.

Tres a√Īos m√°s tarde y como perduraran los malos resabios de tiempos precedentes, los Reyes Cat√≥licos establec√≠an la Inquisici√≥n. No hab√≠a s√≥lo que purificar la fe, era preciso tambi√©n limpiar de bandoleros el pa√≠s, y otros tres a√Īos despu√©s instituiase la Santa Hermandad. Fernando e Isabel segu√≠an incansables. Necesitaban a√ļn borrar la gran afrenta de la conquista musulmana: echar a los invasores.

Y vino el a√Īo 1492, y con √©l la ca√≠da de Granada... Pero corremos al mercado antes que nuestro caballo. Todav√≠a C√≥rdoba, desde donde parten las postreras y felices campa√Īas de la Reconquista, ha de recabar poderosamente nuestra atenci√≥n.

Un hombre de humilde atav√≠o, alto de cuerpo y altivo de presencia, rubicundo y pecoso, la tez encendida y en los ojos la llama del genio, llega a la antigua capital del Califato el 20 de Enero de 1486. Es Crist√≥bal Col√≥n, nuncio de cosas extraordinarias. Desde su llegada de Portugal y conocimiento con fray Juan P√©rez en la R√°bida, ha errado en pretensiones por Huelva, por Sevilla, por el Puerto de Santa Mar√≠a. Busca un valedor y tres o cuatro naves con que emprender una nueva ruta a la India por Occidente. Los que le oyen quedan at√≥nitos. ¬ŅSe tratar√° de un italiano burlador? Muchos por tal le tienen. Solicita el auxilio del duque de Medinasidonia, quien rechaza la empresa y le despide sin apelaci√≥n. Desanimado, desde Sevilla quiere pasar a Francia. En Sevilla se relaciona con mercaderes y banqueros paisanos, genoveses unos, florentinos otros, como Juanoto Berardi. Alientan su pretensi√≥n y le introducen con don Luis de la Cerda, primer duque de Medinaceli. El duque escucha al Navegante, le disuade -[50]-


Isabel la Católica.
(Cuadro de J. Bécquer. Galería de San Telmo, de Sevilla.)

-[51]- de que pase a Francia y acepta el proyecto. Acogido en su casa del Puerto de Santa Mar√≠a, el pr√≥cer ordena que se construyan tres o cuatro carabelas bajo su inspecci√≥n y se le suministre lo necesario para una larga traves√≠a. Todo se acomete con rapidez. Col√≥n ve acercarse la realizaci√≥n de sus sue√Īos: las naves llegan a tener colocadas las quillas.

En este lapso de tiempo, que dura casi dos a√Īos, la noticia de la expedici√≥n va extendi√©ndose, alcanza a la corte; unos se mofan, otros inquieren con curiosidad; el rumor crece y se abulta en alas de mil conjeturas y fantas√≠as: el duque proyecta una expedici√≥n inusitada. Murm√ļrase, en fin. A Medinaceli, entonces, le asaltan escr√ļpulos y reparos. Sin permiso de los Reyes no puede realizar tal empresa. Est√° procediendo a espaldas suyas. Entrev√© la negativa del permiso y aun el posible disgusto de los monarcas. Inmediatamente manda suspenderlo todo, desiste del proyecto y ofrece el asunto a Sus Altezas, como m√°s propio de ellos que de √©l (1). A este fin, escribe desde Rota a la Reina Isabel. La respuesta de la soberana es que le env√≠e a Col√≥n a C√≥rdoba. El genov√©s recibe la grata nueva de que el negocio se transfiere a la corona de Espa√Īa y sale en direcci√≥n a la corte con un pliego del duque para la Reina, en el cual don Luis la suplica que, pues √©l no quiso ¬ętentar¬Ľ la empresa y la aderezaba para su servicio, le hiciera merced y parte de ella, y que la carga y des-carga del negocio fuese en el Puerto de Santa Mar√≠a. Lleva tambi√©n Col√≥n, seguramente, cartas de Berardi y otros italianos, desde Sevilla, para Luis de Sant√°ngel, para el contador mayor Alonso de Quintanilla, para los mercaderes genoveses Sp√≠ndola, para los boticarios Lucian y Leonardo de Esbarroya...

No se le oculta al Nauta la dificultad de los tiempos, de duro estruendo militar, ni que la movilidad de la corte es mucha, para atender a otros negocios. La guerra de Granada se intensifica, rec√©lase una probable lucha con Francia por la restituci√≥n del Rosell√≥n y la Cerda√Īa; no ha terminado la organizaci√≥n de Castilla ni la sumisi√≥n total de Arag√≥n; se prev√© la intervenci√≥n en Navarra.

Cuando el Descubridor llega a Córdoba, todavía no han regresado los Reyes, que invernan en Alcalá de Henares. En aquel preciso 20 de Enero se encuentran en Madrid. Esto le dará tiempo para orientarse, preparar -[52]-


Fernando el Católico.
(Cuadro de J. B√©cquer‚ÄĒGaler√≠a de San Telmo, de Sevilla.)

-[53]- la favorable acogida a su proyecto, adquirir amigos que lo apoyen, procurar convencer a quienes no lo encuentren asequible.

Gran emoci√≥n debi√≥ de causarle la ciudad. En C√≥rdoba iba a verif√≠carse la entrevista cuyos resultados har√≠an cambiar la faz del Universo. ¬°C√≥rdoba! ¬°S√©neca! He aqu√≠ el nombre que continuamente llevaba en la imaginaci√≥n. Porque antes que √©l concibiera el asombroso Proyecto, ya lo hab√≠a profetizado S√©neca muchos siglos atr√°s. Todo C√≥rdoba hablaba por S√©neca, y todos sus pensamientos aflu√≠an a este pasaje de la Medea: ¬ęVendr√° un tiempo, en el curso de los siglos, en que el Oc√©ano ensanche los limites de las cosas y se descubra un inmenso continente: entonces Tetis (reina de las ondas) revelar√° nuevos mundos, y Tule (Islandia) no ser√° ya la √ļltima de las tierras¬Ľ (1). Ese tiempo hab√≠a llegado.

Córdoba, pues, ejercía en el Nauta una singular fascinación. Los Reyes retrasan su vuelta, a causa de acontecimientos imprevistos. Colón aguarda y confía. Transcurren los meses de Febrero, Marzo y casi todo Abril. Los Spindola y los Esbarroya han debido de proporcionarle relaciones de amistad. Isabel y Fernando, después del 23 de Enero, en que todavía están en Madrid, van a Segovia, de allí a Medina del Campo, pasan a Toledo y Alba de Tormes, se dirigen después a Béjar, y, finalmente, por Guadalupe, llegan a Córdoba el 28 de Abril.

La entrevista no se dilata. Col√≥n suplica a sus favorecedores, que vienen con el cortejo real, a Quintanilla, a Sant√°ngel. El propio cardenal Gonz√°lez de Mendoza le negocia la entrevista con Sus Altezas. La fecha queda fijada. En la segunda semana de Mayo, seg√ļn nuestras conjeturas (la Historia no concreta el d√≠a), Col√≥n se present√≥ en Palacio con la carta del duque de Medinaceli. Otorgada licencia para hablar, expuso su proyecto con elocuencia, pero sin claridad bastante. Le oyeron los Reyes (en sentir de Las Casas) ¬ęcon benignidad y alegre rostro¬Ľ, y acordaron ¬ęcometer el asunto a letrados¬Ľ. Despu√©s la Reina encarga a Alonso de Quintanilla escriba a Medinaceli, dici√©ndole que ha recibido a Col√≥n; que no tiene el negocio por muy cierto; pero que, si se acertase, ella dar√≠a parte de la ¬†-[54]-


Cristóbal Colón, primer Almirante de Indias.
(An√≥nimo.‚ÄĒMadrid. Museo Naval.)

-[55]- empresa al duque. Al propio tiempo, el Rey someti√≥ el asunto al prior de Prado (fray Hernando de Talavera), ¬ępara que con los m√°s h√°biles cosm√≥grafos confiriesen con Col√≥n¬Ľ. Pocos d√≠as despu√©s, hacia el 18 de Mayo, el mismo Rey parti√≥ de la ciudad y se apoderaba de Loja el lunes, 28.

Col√≥n esper√≥ en C√≥rdoba la constituci√≥n de la Junta, y sell√≥ en el √≠nterin nuevas relaciones, entre ellas con los ascendientes de Cervantes que ya conocemos: el maestre Juan S√°nchez, el bachiller Juan D√≠az de Torreblanca, quiz√° el propio Rodrigo D√≠az de Cervantes, Pedro y Fernando Ruiz Tocino: todos ellos emparentados y amigos √≠ntimos de los Esbarroya y los Enr√≠quez de Harana. Del trato con unos Otros, surgir√° su conocimiento con esta √ļltima familia, y de ella sus relaciones amorosas con Beatriz.

Los cosm√≥grafos llam√°ronle al cabo y confirieron con √©l muchas veces. Col√≥n habl√≥ y habl√≥, sin explicarse mucho, ¬ędando razones y autoridades (dice su hijo don Fernando) para que tuviesen la empresa por posible, aunque callando las m√°s urgentes, porque no le acaeciese lo que con el rey de Portugal¬Ľ. Pregunt√°ronle en qu√© se apoyaba. Se√Īal√≥ por causas de su proyecto: los fundamentos naturales, la autoridad de los escritores y los indicios de los navegantes. No pod√≠a extenderse a m√°s.

La Junta emiti√≥ informe desfavorable; pero con algunos votos en contra, como el del P. Marchena. De suerte, que no hubo unanimidad. Ello bast√≥ para que el dictamen no pesara en el buen √°nimo de los Reyes; y as√≠, a su retorno a C√≥rdoba, responden a Col√≥n que se hallaban impedidos de entrar en nuevas empresas, por estar empe√Īados en muchas guerras y conquistas; ¬ępero que con el tiempo habr√≠a mejor ocasi√≥n para examinar sus proposiciones y tratar de lo que ofrec√≠a¬Ľ. No era disculpa. Acababa de estallar en Galicia la rebeli√≥n del conde de Lemos. A sofocarla partieron Fernando e Isabel: la desarticul√≥ su sola presencia.

Entretanto, fray Diego de Deza, molesto por el parecer de la Junta, hacia reunir las Conferencias de Salamanca. Colón fué oído ahora por eminentes personalidades. Repitió sus argumentos. No se explayó tampoco; mas bastaron sus razones para conseguir un informe favorable.

Cuando en el invierno de aquel a√Īo llegan los Reyes a Salamanca, de retorno de Galicia, todo ha cambiado. Fray Diego y otros convencidos, con Quintanilla y Sant√°ngel, aconsejan el proyecto a los monarcas. Y por eso √©stos, al regreso en Febrero de 1487 a C√≥rdoba para emprender el sitio de V√©lez M√°laga, insisten en decir a Col√≥n, por medio del tesorero Francisco Gonz√°lez de Sevilla, que ¬ęcuando las circunstancias lo permitieran, se ocupar√≠an detenidamente de su pretensi√≥n¬Ľ. En 5 de Mayo ordenan que se le entreguen los primeros tres mil maraved√≠s. Desde aquel instante Crist√≥bal Col√≥n est√° oficialmente al servicio de los reyes de Espa√Īa.

No es nuestro propósito registrar todas las vicisitudes de la empresa del -[56]-


Granada.‚ÄĒ Inscripci√≥n en la ermita de San Sebasti√°n, antes mezquita,
sitio hasta donde salió el Rey Católico a despedir a Boabdil,
después de la entrega de las llaves de la ciudad.

-[57]- Descubridor, sino sus estancias en C√≥rdoba, en relaci√≥n con los ascendientes de Cervantes, sobre todo con aquel maestre Juan, ¬ębuena persona¬Ľ, como dice Fern√°ndez de Oviedo, que le conoci√≥; y porque en una visi√≥n de C√≥rdoba en las postrimer√≠as del siglo XV, no pod√≠a eludirse el principal escenario que tuvo la iniciaci√≥n del Descubrimiento de Am√©rica.


Firma de Beatriz Henríquez de Harana en un poder suscrito en Córdoba, a 11 de Mayo de 1521,
para que Francisco de Cuzano cobrara de Juan Francisco Grimaldo los maravedís
que tuviera a bien darle por su hijo don Fernando Colón.

Todo aquel a√Īo de 1487 permaneci√≥ Col√≥n en C√≥rdoba, excepto una breve escapada, llamado por los soberanos al Real (al cerco de M√°laga), no se sabe con qu√© designio, en 27 de Agosto, para lo cual le libran 4.000 maraved√≠s, sobre 3.000 m√°s entregados el 3 de Julio. En 10 de Octubre recibe otros 4.000 y se encuentra de nuevo en C√≥rdoba.

Corresponde esta época a sus amores con Beatriz. En el Real hay  -[58]-

Publicación en Palos, en 1492, de la orden relativa al armamento de las carabelas de Colón.
(Cuadro del Convento de la R√°bida.)

-[59]- burlones de su proyecto, y C√≥rdoba parece entenderle mejor. Le sirve de refugio y de oasis. Beatriz Enr√≠quez de Harana es a la saz√≥n una linda cordobesa, lugare√Īa, pero culta, de unos veinte a√Īos, que vino con su hermano Pedro a la capital desde el pueblecito de Santa Mar√≠a de Trassierra. Ahora se halla bajo la tutela de su t√≠o Rodrigo. Su primo Diego de Harana es ya gran amigo de Col√≥n.


Firma y siglas de Cristóbal Colón en el aviso de un pago (21 de Octubre de 1501).

Ning√ļn campo m√°s abonado que C√≥rdoba, siempre de alma rom√°ntica, para el germen de las fantas√≠as del Navegante. En casa de los Sp√≠ndola, en las boticas de los Esbarroya, Col√≥n debi√≥ de explanar muchas veces su empresa ante ellos y los m√©dicos maestre Juan y su hijastro D√≠az de Torreblanca, ante los Ruiz Tocino y el trapero D√≠az de Cervantes, ante los Enr√≠quez de Harana, emparentados unos, amigos todos.

Col√≥n, que m√°s que descubrir un Nuevo Mundo (y eso no lo sospech√≥ jam√°s) se tropez√≥ con √©l; que, si acaso no naveg√≥ con los papeles de otro, result√≥ un instrumento de la Providencia (y este √ļltimo color, como hombre discreto, di√≥ √©l a su Haza√Īa), Col√≥n, digo, narrar√≠a, sobre los muchos azares en sus largos a√Īos de navegaci√≥n, aquellas monstruosas f√°bulas del Cipango, del Catay y del Gran Khan; aquella singular√≠sima ciudad de Quisay y sus diez puentes de piedra m√°rmol; los templos y casas reales cobijados de oro puro, con otra enorme c√°fila de dislates le√≠dos en -[60]-


Expulsi√≥n de los jud√≠os de Espa√Īa.
(Cuadro de Emilio Sala.‚ÄĒMuseo de Arte Moderno.)

-[61]- Toscanelli y Marco Polo, que hacían desconfiar de su empresa y provocaban los donaires de los cortesanos.

Beatriz, al oírle, quedaría prendida y prendada de su facundia y maravillosos relatos. Sólo un afecto admirativo podía inspirar Colón, ya en la cincuentena. Seducida Beatriz, semejantes amoríos no encadenaron (afortunadamente) al cauto genovés, que parece no vivía sino para su proyecto, y prosigue, con la misma fe ciega, sus gestiones cerca de los Reyes.

Mas a estas dulzuras, envueltas en cautelas, sucede pronto un trance pesimista. Don Crist√≥bal no cumple su palabra de matrimonio: no la cumplir√° nunca. Pedro, el hermano de Beatriz, afrentado, huye de C√≥rdoba. Col√≥n quiere tambi√©n huir. No queda otra salida a su amor. No la ve tampoco a su proyecto, siempre demorado, Y toma una determinaci√≥n radical. Es una jugarreta a los Reyes Cat√≥licos, bien poco digna. Olvidando los agravios que recibiera en Portugal, escribe al rey don Juan II, propon√≠endole reanudar las negociaciones, el cual le contesta desde Av√≠s en 20 de Marzo de 1488. ¬ŅSinti√≥ el Nauta rubor? Se ignora. Lo cierto es que tres meses m√°s tarde, en 16 de Junio, no lo tiene para recibir de los buenos Reyes de Espa√Īa otros 3.000 maraved√≠s con que sustentarse, cobrados probablemente en Murcia.

Beatriz da a luz a don Fernando Col√≥n el 15 de Agosto. No son ocasi√≥n oportuna para que el genov√©s se ausente de Espa√Īa los momentos en que los goces de la paternidad, sea cual fuere el afecto que mostrase por Beatriz, le sujetan en C√≥rdoba. Mas Beatriz es, al cabo, abandonada. En 12 de Mayo de 1489 regresan los Reyes a C√≥rdoba, desde Valladolid, y expiden una real c√©lula para que se aposente a Col√≥n y a los suyos (a sus hermanos) en buenas posadas ¬ęque non sean mesones, sin dineros¬Ľ, y que los mantenimientos se les den a los precios corrientes. Agregado al cuartel general, concurre al asedio de Baza, tomada en 4 de Diciembre.

Y nada concreto s√°bese de √©l en los a√Īos de 1490 y 1491. Oc√ļpase en viajar por Espa√Īa, a fin de adquirir noticias convenientes al desarrollo de sus planes; y para atender a su subsistencia, se dedica a ¬ęmercader de libros de estampa¬Ľ, o sea, a corredor de libros impresos. ¬ŅVuelve a C√≥rdoba antes de 1492? Es de creer. Conviene advertir que aunque los Reyes no entraran en Granada hasta la fecha memorable del 2 de Enero de 1492, la entrega de la ciudad hab√≠ase acordado en 25 de Noviembre de 1491.

Desde entonces, libres del cuidado de la guerra, Fernando e Isabel tratan de cumplir a Col√≥n las promesas tantas veces ofrecidas. La ruptura de negociaciones que hubo hasta la concordia y firma de las Capitulaciones de Santa Fe, no se debi√≥ a ellos, sino al car√°cter intransigente, o, si se quiere, a la admirable entereza de √°nimo del Descubridor, que nunca cedi√≥ en sus pretensiones. Pero que, como advirti√≥ el perspicac√≠simo Rey Cat√≥lico, hall√°banse en pugna con las leyes de Espa√Īa.

-[62]- He aqu√≠ de nuevo a Col√≥n en C√≥rdoba en v√≠speras de su primer viaje a la que el ingrato mundo llamar√° un d√≠a Am√©rica. Viene a resta√Īar heridas, suavizar asperezas, consolar a su burlada amante, reconciliarse con sus parientes, ver a su hijo don Fernando y preparar el cobijo del otro, don Diego, tray√©ndole desde la R√°bida al lado de Beatriz, para que complete sus estudios. Pronostica toda suerte de bienandanzas. Abona su conducta la importancia de la empresa. Las riquezas fabulosas del Cipango y del Catay ser√°n en seguida el ep√≠logo venturoso de los d√≠as de escasez y de infortunio pasados. Todav√≠a le cree Beatriz.

Viene, al propio tiempo, con ofertas y a despedirse de los amigos. Nombra a Diego de Harana alguacil mayor de la Armada y se lleva de capellán a fray Juan Infante, sacerdote que dirá la primera misa celebrada en Indias, vicario a la sazón del convento de la Merced, donde se aloja.

Extraordinario fu√© el caso de maestre Juan S√°nchez. Cobr√≥ tal afecto a Col√≥n, que, no obstante su edad, quiso seguirle a lo desconocido. Dejaba a su familia en buena posici√≥n y excelentemente casados a sus hijos. Trataron tal vez de disuadirle los Torreblanca, los Cervantes, los Esbarroya, los Spindola, los Ruiz Tocino. In√ļtilmente. Le deslumbr√≥ la gran aventura. Lisonje√≥le el ir de persona de confianza de Col√≥n. Y arrostr√≥ los peligros del mar ignorado. Despu√©s tuvo el triste fin, en compa√Ī√≠a de Diego de Harana, de perecer, con los treinta y nueve hombres que dej√≥ el Descubridor en la isla y fortaleza de La Navidad, a manos de los indios de Caonabo.

Mientras tanto, Col√≥n regresaba a Espa√Īa con la nueva genial e inaudita de su Descubrimiento. Era el acontecimiento m√°s trascendental de la Humanidad desde la venida de Cristo (1).