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24-11-2013  (1155 lectures) Categoria: Articles

Galapagos

http://efemerides.ec/1/febrero/r_galapagos2.htm

 

Descubrimiento de Gal√°pagos1

Fray Tom√°s de Berlanga

10 de Marzo de 1535.

"Por el tiempo mismo en que se verificaba la fundaci√≥n espa√Īola de la villa de San Francisco de Quito, en el lugar donde hab√≠a estado la capital del Imperio de Atahuallpa, nieto de T√ļpac-Yupanqui, lleg√≥ a Tierra Firme una C√©dula Real del Emperador Carlos V por la que encargaba al Obispo de Castilla del Oro, Fray Tom√°s de Berlanga, la misi√≥n de visitar el Per√ļ para que enviara una descripci√≥n de la tierra e informara¬† sobre los descubrimientos hechos en su nombre.

 

Se le ordenaba tambi√©n averiguar lo concerniente al repartimiento de indios realizado por el Gobernador y procurar que √©ste "se enmiende y modere"; y finalmente, llevaba la comisi√≥n especial, seg√ļn Herrera, de medir las doscientas setenta leguas de costa adjudicadas y entender en todo lo relativo a los tributos impuestos y a la parte correspondiente a la Corona. (28)

El Consejo de Indias hab√≠a tenido noticia de las nacientes diferencias entre los dos c√©lebres descubridores y gobernadores del Per√ļ, Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Como prudente medida para evitar mayores disensiones, se comision√≥ por C√©dula posterior al Obispo Berlanga para que se√Īalara los l√≠mites de las dos Gobernaciones. Las Reales C√©dulas prueban la confianza que la Corte espa√Īola ten√≠a en aquel sabio religioso. (29 bis)

Fray Tom√°s de Berlanga pertenec√≠a a la orden de Santo Domingo en la que hab√≠a profesado el 10 de marzo de 1508, en el convento de San Esteban de Salamanca (30). No sabemos el a√Īo de su nacimiento y s√≥lo que vio la luz primera en Berlanga, peque√Īa villa de Espa√Īa. Cuando se orden√≥ fundar el convento de Dominicos en la isla Espa√Īola, fue nombrado Prior, con sujeci√≥n al Provincial de Andaluc√≠a. En 1528 alcanz√≥ de Roma la erecci√≥n de aquella Provincia dominicana con independencia de las de la Pen√≠nsula y el t√≠tulo de Santa Cruz. El Cap√≠tulo general de la Orden aprob√≥ la constituci√≥n de la nueva Provincia, y el Padre General Fray Pablo Butigela nombr√≥ primer Provincial al mismo Fray Tom√°s de Berlanga.

En 1530 fue presentado el ilustre dominico para Obispo de Panam√°. Era el tercer Obispo de la Di√≥cesis llamada entonces de Castilla del Oro. Antonio de Alcedo en el "Cat√°logo de los Obispos que ha habido en Panam√°", se√Īala a Berlanga el quinto lugar de la serie y pone como primero a Don Fray Vicente de Valverde, "electo en 1533" (31). Hay una evidente equivocaci√≥n en √©sto: pues si hubiera sido electo el Padre Valverde en dicho a√Īo, no pod√≠a ser el primer Obispo, puesto que Berlanga hab√≠a sido elegido tres a√Īos antes. Adem√°s, en 1533 Fray Vicente Valverde estaba acompa√Īando a Pizarro en Cajamarca. Fue en aquel a√Īo el reparto del rescate ofrecido por Atahuallpa para obtener la libertad, y cuando se verific√≥ el suplicio del desgraciado Monarca quite√Īo, bautizado precisamente por Valverde antes de ser ejecutado. El P. Valverde fue primer Obispo del Per√ļ, habiendo sido presentado al Papa Paulo III por la Reina, Do√Īa Juana.

Tan pronto como llegaron a Tierra Firme las provisiones reales que hemos mencionado, comenz√≥ el Obispo Berlanga a disponer todo lo concerniente a su cumplimiento. Terminados los aprestos de un navio en Panam√°, embarc√°ronse hombres, caballos y bastimentos; y el 23 de febrero de 1535, el Obispo y su gente se dieron a la mar con vientos favorables. Por siete d√≠as brisas variables empujaron el peque√Īo barco hacia el Sur. La navegaci√≥n se hac√≠a entonces en aquel mar sin perder enteramente de vista las costas de Levante: los promontorios y cabos serv√≠an de se√Īales y ayudaban a calcular la posici√≥n de las naves, cuyo avance variaba seg√ļn la fuerza de los vientos. Desde el octavo d√≠a ,las velas ca√≠an flaccidas, pend√≠an lacias en el bajel de Berlanga que apenas se mov√≠a sobre las tersas aguas. El sol abrasador del tr√≥pico fatigaba a los cansados marineros, y las tierras que aparec√≠an a babor, poco a poco se iban esfumando en el horizonte.

 

Ni la m√°s peque√Īa brisa hinchaba las velas y sin embargo el barquichuelo derivaba mar afuera y se engolfaba en las aguas inc√≥gnitas del Oc√©ano. Era una corriente marina del Norte, ‚ÄĒrama de la de M√©xico que se une con los extremos de la ecuatorial Oeste y, frente a las costas de Esmeraldas, vuelve al Occidente y se confunde con la Ecuatorial del Pac√≠fico‚ÄĒ la que llevaba el barco, en medio de la calma, con relativa rapidez hacia desconocida regi√≥n del Mar del Sur.

A bordo empezaron a escasear los v√≠veres; pero el mayor tormento era la sed, pues hombres y caballos hab√≠an casi agotado las reservas de agua. En vano diariamente los angustiados navegantes oteaban el horizonte. Por todas partes el mar en calma; ni una nube que prometiera lluvia; el sol de fuego en un cielo de zafiro y la tierra desaparecida por completo en el Oriente gris. Faltaba, sobre todo, agua y yerba para los caballos. En los √ļltimos d√≠as el Obispo y sus hombres padecieron intensamente y ya les abandonaban las fuerzas para todo, cuando el 10 de Marzo de 1535 fue se√Īalada en el horizonte una tierra aislada que deb√≠a ser una isla. A su vista renaci√≥ la esperanza y la noche pasaron todos en angustiosa espectativa:

"y porque en el navio ‚ÄĒdice el Obispo en la relaci√≥n de su viaje‚ÄĒ no hab√≠a m√°s que agua para dos d√≠as, acordaron de echar la barca y salir en tierra; y salidos no hallaron sino lobos marinos y tortugas y gal√°pagos tan grandes, que llevaba cada uno un hombre encima, y muchas iguanas, que son como sierpes. Otro d√≠a vimos otra isla mayor que aquella y de grandes sierras, y creyendo que as√≠ por su grandeza como por su montuosidad que no podr√≠a dejar de tener r√≠os y fuentes, fuimos a ella, porque la primera bojar√≠a cuatro o cinco leguas y la otra bojar√≠a diez o doce leguas. Y en esto bebi√≥se el agua que en el navio hab√≠a, y estuvimos tres d√≠as en tomar la isla con calmas, en los cuales, as√≠ los hombres como los caballos padecimos mucho trabajo. Surto el navio, salimos todos los pasajeros en tierra, y unos entend√≠an en hacer un pozo y otros en buscar agua por la isla. Del pozo sali√≥ el agua m√°s amarga que la de la mar; en la tierra no pudieron descubrir otra agua en dos d√≠as, y con la necesidad que la gente ten√≠a, echaron mano de unas hojas de unos cardones como tunos, y porque estaban zumosas, aunque no muy sabrosas, comenzaron de comer dellas y exprimirlas para sacar dellas agua, y sacada, parec√≠a lavadas de leg√≠a, y beb√≠anla como si fuese agua rosada". (32)

Dos d√≠as estuvieron vagando por un laberinto de pe√Īascos y quiebras, farallones y cr√°teres, chupando los tallos y hojas de los cactus para apaciguar el horrible tormento de la sed. El abrupto paisaje desolado y lleno de misterio, sin se√Īal alguna de vida humana, las rocas est√©riles, animales desconocidos, monstruosas iguanas y lagartos que no hu√≠an a la presencia del hombre; las grandes masas de rocas volc√°nicas que cubr√≠an las playas y que parec√≠an ‚ÄĒdice Berlanga‚ÄĒ como si Dios en alg√ļn tiempo hubiera hecho llover piedras, todo sobrecog√≠a el √°nimo de los perdidos navegantes que imaginaban haber sido arrebatados a una regi√≥n embrujada y pavorosa. Los espa√Īoles llamaron a las inc√≥gnitas tierras a donde les hab√≠a arrojado el destino, las Islas Encantadas. (33)

El Obispo Berlanga, para implorar del Cielo un auxilio en la angustiosa situaci√≥n en que se hallaban y calmar la desesperaci√≥n y el √°nimo espantado de sus acompa√Īantes, celebr√≥ el domingo, un domingo de Pasi√≥n, la misa en la playa. Pocas veces se habr√° oficiado el rito augusto en un escenario m√°s terror√≠fico y extra√Īo.

Despu√©s de la misa todos los pobres n√°ufragos, en grupos de dos o tres, se dispersaron intern√°ndose por las quebradas y riscos, llenos de fe en busca del vital elemento. Un grito de gozo y esperanza les reuni√≥ en el fondo de una quiebra donde el grupo m√°s afortunado hab√≠a, por fin, encontrado agua. √Āvidamente bebieron hasta saciarse y llenaron todos los barriles y c√°ntaros vac√≠os que tra√≠a el barco. Ya pod√≠an darse de nuevo a la mar en busca del Continente; pero en la tierra misteriosa de las Islas Encantadas quedar√≠an los cad√°veres de un hombre, a quien enterr√≥ el Obispo, y de dos caballos muertos de sed; otro hombre muri√≥ a bordo despu√©s y en total perdieron diez caballos.

Una muy buena observaci√≥n de latitud hecha por Fray Tom√°s de Berlanga se√Īal√≥ para ese punto de la isla recientemente descubierta, 0¬į 30' S. Hall√°banse, pues, en una de las islas centrales del Archipi√©lago. El hecho de decir que en ella hab√≠a "grandes sierras", har√≠a pensar que haya sido la Albermale, donde hay alturas de 1.134, 1.152, 1.160 y 1.430 metros; pero dice el Obispo:

"Desde esta isla vimos otras dos, la una muy mayor que todas, que largamente bojar√≠a quince o veinte leguas; la otra era mediana. Yo tom√© la altura para saber en qu√© paraje estaban estas islas, y est√°n desde medio grado a uno y medio de la Ecuatorial a la banda del Sur. En esta segunda hab√≠a la misma disposici√≥n que en la primera: muchos lobos marinos, tortugas, iguanas y gal√°pagos; muchas aves de las de Espa√Īa, pero tan bobas, que no sab√≠an huir, y muchas tomaban a mano. A las otras dos (islas) no llegamos ni s√© la disposici√≥n que tienen. En √©sta, en la arena de la playa, hab√≠a unas chinas que, as√≠ como salimos (a tierra), pensamos que eran puntas de diamantes, y otras de color de √°mbar; pero en toda la isla no pienso que hay donde se pudiese sembrar una hanega de ma√≠z, porque lo m√°s della est√° lleno de piedras muy grandes" ... "y la tierra que hay es como escoria sequ√≠sima, que no tiene virtud para criar un poco de hierba, sino unos cardones, las hojas de los que dije que com√≠amos". (34)

Esta gran isla divisada desde la segunda que tocaron los espa√Īoles es probable que haya sido la Albermale. Nos inclinamos a creer que esta segunda isla, en donde encontraron agua, haya sido la Indefatigable o Ch√°vez (Santa Cruz) que se halla en la misma latitud, tiene una monta√Īa central de 700 metros, la que vista desde la playa debi√≥ parecer muy alta, y en la que se encuentran algunas vertientes de agua dulce. Probablemente fue en la costa oriental en donde tocaron al principio, pues la dificultad de desembarcar durante tres d√≠as debi√≥se, sin duda, no s√≥lo a las calmas, sino a los acantilados que predominan en ese lado de las islas. Pero bien pudo ser, como opina Ruth Rose, que la primera tierra en donde desembarcaron fue la Barrington, y aquella en donde se dijo la primera misa y en donde hallaron el agua, la isla Charles o Floreana, porque la breve descripci√≥n que hace el Obispo de esas tierras, la latitud observada y el tama√Īo calculado de ellas se conforman con las condiciones de dichas islas. (35) En pocas l√≠neas como vernos, pinta Berlanga, de manera muy precisa, el paisaje y las caracter√≠sticas m√°s notables de aquellas extra√Īas tierras por casualidad descubiertas. Sigamos el relato de sus aventuras:

"Pensando que no est√°bamos desta tierra del Per√ļ m√°s de veinte o treinta leguas, ‚ÄĒprosigue el Obispo en su relaci√≥n al Emperador‚ÄĒ cont√©ntamonos con el agua ya dicha, que pudi√©ramos tomar otras veinte botas de aquellas; pero hic√≠monos a la vela y con mediano tiempo navegamos once d√≠as sin ver tierra; y vino a m√≠ el piloto y maestre a decirme que no sab√≠a donde nos est√°bamos y que no hab√≠a m√°s de una pipa de agua. Yo procur√© tomar aquel d√≠a el sol y hall√© que est√°bamos en tres grados de la banda del Sur, y vi que por el rumbo que llev√°bamos, que m√°s nos engolf√°bamos que lleg√°bamos a tierra, porque √≠bamos al Sud. Hice virar del otro bordo; y la bota de agua repartimos desta manera: que la media se dio para las bestias y con la otra media h√≠zose brebaje que se ech√≥ en la pipa de vino, teniendo por cierto que no pod√≠amos estar lejos de la tierra, y navegamos ocho d√≠as, los que dur√≥ la pipa del brebaje, dando raci√≥n a cada uno que se contentaba; y acabada aquella pipa, que no nos quedaba m√°s remedio, vimos la tierra; y dionos calma dos d√≠as, en los que bebimos vino puro, pero ten√≠amos √°nimo en ver la tierra". (36)

Los vientos variables alternados con calmas y la corriente marina que les era contraria, hicieron que pasaran esos once días sin ver tierra. (37) Afortunadamente los conocimientos astronómicos del Padre Berlanga evitaron que los náufragos se perdieran en la inmensidad del Océano. Pero si pudo calcular la latitud y la dirección general, era muy difícil, casi imposible el cálculo de la longitud, y por eso el error de creer que se encontraban más cerca de tierra.

El 9 de abril de 1535, después de tanto sufrimiento, entraron en la Bahía y río de Caraques.

"Esta dicha bahía es uno de los lindos puertos que pueden ser en el mundo, que pueden llegar los navios a barloar con la tierra, y pueden subir los navios tres o cuatro leguas y no saben si más" ...

Observa el Obispo que la Bah√≠a "est√° en medio grado de la banda del Sur, y en las cartas est√° en tres grados"; lo cual es exacto. M√°s de mes y medio hab√≠a transcurrido desde que salieron de Panam√°; y llegaron no muy lejos del lugar en donde se hab√≠a embarcado el Inca T√ļpac-Yupanqui cosa de medio siglo antes. (38)

El nombre del c√©lebre Obispo espa√Īol descubridor del Archipi√©lago no debe el Ecuador echar al olvido. Como un homenaje a su memoria la isla Barrington o Santa Fe, deber√≠a llamarse Berlanga.

Fue Fray Tom√°s "prelado muy sabio", seg√ļn afirma Jim√©nez de la Espada. Te√≥logo muy docto y h√°bil en cuestiones de pol√≠tica y de organizaci√≥n; entendido en astronom√≠a y en n√°utica; esp√≠ritu amplio y progresista, a √©l se le atribuye la introducci√≥n de las primeras plantas de pl√°tano en Am√©rica, mus√°cea que se cree originaria del Indost√°n; pero era, sobre todo, hombre de sentimientos humanitarios y de rectitud inquebrantable. Llegado al Per√ļ, requiri√≥ en√©rgicamente al Gobernador Pizarro y dem√°s oficiales reales mejor trato para los abor√≠genes y que tuviesen mucho cuidado de la persona del Inca que hab√≠an elegido para suceder a Atahuallpa; y que si √©ste diere motivos de queja,

"pido a Vuestra Se√Īor√≠a y a vuestras Mercedes ‚ÄĒdice en documento firmado por su mano, que hizo leer el 6 de noviembre de 1535 por el Escribano Pedro Salinas‚ÄĒ que por ning√ļn caso de √©l hagan justicia en estas partes m√°s de hacer su proceso y enviarlo con la misma persona del dicho Inga a su Magostad, para que su Magestad de √©l mande hacer lo que fuere servido, porque de otra manera ser√≠a su Magestad muy deservido, como lo fue de la muerte de Atahuallpa, protestando en este caso todo el da√Īo y p√©rdida que as√≠ a su Magestad como a la tierra podr√≠a de ello suceder". (39)

Formul√≥ el Obispo Berlanga, mientras estuvo en Lima, varias ordenanzas en favor de los indios y, seg√ļn dice el Padre Mel√©ndez, adelant√≥ bajo su protecci√≥n y arbitrios la gran f√°brica del convento de Santo Domingo. (40) "Pizarro se mostr√≥ demasiado adusto con el enviado y nada atentos con √©l los Oficiales reales", seg√ļn refiere el historiador P. Ricardo Cappa. (41) "P√ļsose muy contrario a cuanto yo dispon√≠a", dice el Obispo, refiri√©ndose a Pizarro, en su carta al C√©sar. Los conquistadores del Per√ļ s√≥lo deseaban quitarse de encima al Comisionado regio. Este se neg√≥ a recibir los presentes cuantiosos que le ofreci√≥ el Gobernador Don Francisco Pizarro y s√≥lo acept√≥ una limosna de mil pesos para distribuirla entre los hospitales de Panam√° y Nicaragua.

Fray Tomás de Berlanga, antes de partir de Lima y regresar desilusionado a su Diócesis, trató con Pizarro de separar de su Gobernación el Reino de Quito; a lo que accedió el Gobernador, a condición de que su hermano Hernando lo gobernase.

No hab√≠an transcurrido a√ļn dos a√Īos de la fundaci√≥n espa√Īola de Quito, cuando ya se comprendi√≥ la necesidad de establecer un Gobierno separado para el antiguo Reino. El clarividente Obispo y tinoso delegado del Emperador Carlos Quinto fue, pues, el primero que trat√≥ de dar a este pa√≠s una administraci√≥n propia, teniendo en cuenta, sin duda, la personalidad de los pueblos que fueron la herencia de Atahuallpa, sus caracter√≠sticas especiales y diferencias con los pueblos peruanos, !a extensi√≥n de la tierra, la riqueza de sus recursos propios y la enorme distancia de la sede del Gobierno de Pizarro.

En 1537 renunci√≥ el Obispado y volvi√≥ a Espa√Īa. (42) "Fund√≥ un convento de su orden en Medina de R√≠o-seco en 1543, celebrando la primera misa que en √©l se dijo. En su villa natal se√Īal√≥ rentas para dotar hu√©rfanas y varias capellan√≠as. Falleci√≥ en 8 de agosto de 1551 y se le sepult√≥ en la capilla mayor de la colegiata de Berlanga al lado de la ep√≠stola". (43)

Tal fue el primer europeo que llegó al Archipiélago de Galápagos o Islas Encantadas. La relación que hizo el Obispo Fray Tomás de Berlanga de su aventura y casual descubrimiento, en la citada carta al Emperador Carlos V, fechada en Villanueva de Puerto Viejo el 26 de abril de 1535 es, como hemos dicho, el primer documento en que se mencionan aquellas islas y la primera descripción que existe de las mismas." (44)

1 FUENTE: El Archipiélago de Colón (Galápagos) Carlos Manuel Larrea, pág 37 a 48

NOTAS

(28) Ricardo Cappa, S. J' Estudios Cr√≠ticos acerca de la Dominaci√≥n¬† espa√Īola en Am√©rica T. 3¬į, "La Conquista del Per√ļ", p. 134, Madrid 1890.

(29) (Era Gobernador de Castilla del Oro en ese tiempo Don Francisco .de Barrionuevo, Oidor Presidente de la Real Audiencia de Santo Domingo.

(30) Manuel de Mendiburu- "Diccionario Hist√≥rico-Biogr√°fico del Per√ļ", T. I, p. 38, Lima. 1874

(31) Antonio de Alcedo: Diccionario Geogr√°fico-Hist√≥rico de las Indias Occidentales, T. IV, p. 34, Madrid, 1788. En realidad el primer Obispo de Tierra Firme fue Fray Juan de Quevedo, franciscano, natural de Bejori, gran amigo del conquistador Vasco N√ļ√Īez de Balboa.

(32) Tomas de Berlanga: Carta al Emperador.‚ÄĒ Colecci√≥n de Documentos In√©ditos de Indias, T. XLI, pp. 538-544.‚ÄĒJim√©nez de la Espada, Op. cit. pp 2-5.

(33) Casi seguro es que las islas descubiertas por Berlanga fueran llamadas así en los primeros tiempos. Alcedo les da ese nombre. Jiménez de la Espada encuentra probable, aunque no por la razón que apunta Vidal Gormaz.

(34) Berianga: Op. cit, p. 539.‚ÄĒ J. de la Espada: Op. cit., p. 3.

(35) Ruth Rose: Cap. XVI de "Gal√°pagos World's End", New York, 1924, pp. 336-37.‚ÄĒ Este cap√≠tulo de la obra de Beebe, traducido por Luis A. G√°ndara, se public√≥, como follet√≠n, en "El Comercio" de Quito, desde el No 8.162 del 30 de abril de 1928.

(36) Tomás de Berlanga: Op. cit.  p. 539.

(37) Las corrientes son un gran obst√°culo para la navegaci√≥n a vela, especialmente¬† en los meses de calma, (enero a fines de mayo).‚ÄĒ Ha habido¬† casos¬† de gastar treinta o cuarenta d√≠as para ir de una isla a otra. Teodoro Wolf, en uno de sus viajes, emple√≥ cinco d√≠as para doblar la punta de la Albermale, lo que, con viento favorable, se puede hacer en una hora.

(38) Markham dice "about sixty years before". En Discovery of the Gal√°pagos Islands.‚ÄĒ Proc. of Royal Geogr.Society, XIV, pp. 314-316, London, -1892.

(39) Fray Alberto Mar√≠a Torres: "El Padre Valverde".‚ÄĒ Ensayo Biogr√°fico y Cr√≠tico ‚ÄĒ Guayaquil, 1912, pp. 112 y 113.

(40) Juan Meléndez: Tesoros verdaderos de las Indias ... 3 vols., Ro­ma, 1681-82.

(41) Ricardo Cappa: Op cit, T. 3, p. 135.

(42) Gil Gonz√°lez D√°vila: Teatro Eclesi√°stico de la Primitiva Iglesia de las Indias Occidentales... 2 vols. f., Madrid, 1649-1655.

(43) Mendiburu: Op. cit.. T. I, pp. 39-40.‚ÄĒAntonio de Alcedo: Op. cit.,T. IV, p. 34.

(44) El 0riginal de la carta del Obispo Berlanga se encuentra en el Archivo de Indias de Sevilla: (Patronato, 2, 2, 2); copia manuscrita en la Colecci√≥n Mu√Īoz¬† de la Real Academia de la Historia de Madrid (T. LXXX, folios 92 y 93). La carta se public√≥ en la Colecci√≥n de Documentos In√©ditos de Indias, editada por Pacheco, C√°rdenas y Torres de Mendoza, T. 41, pp. 538-544. V√≠ctor Von Hagen la public√≥ traducida al ingl√©s, en "Ecuador and the Gal√°pagos Islands", Norman, 1949, pp. 173-175.‚ÄĒ ...

* Fuente de la imagen: http://www.ecoturismo.gov.ec/paginas/porque_ec.htm

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Colecci√≥n de documentos in√©ditos relativos al descubrimiento, conquista y organizaci√≥n de las antiguas posesiones espa√Īolas de ultramar. 2. ser (Volume

 

Colecci√≥n de documentos in√©ditos, relativos al descubrimiento, conquista y organizaci√≥n de las antiguas posesiones espa√Īolas de Am√©rica y Ocean√≠a

 

Colecci√≥n de documentos in√©ditos, relativos al descubrimiento, conquista y organizaci√≥n de las antiguas posesiones espa√Īolas de Am√©rica y Ocean√≠a, sacados de los archivos del reino, y muy especialmente del de Indias. 26 de abril de 1535

 

Colecci√≥n de documentos in√©ditos relativos al descubrimiento, conquista y organizaci√≥n de las antiguas posesiones espa√Īolas de ultramar, Volumen 10

 

Tomo I. Magallanes y sus Compau00f1eros (I)..................................................................................................................... 3

Tomo II. Magallanes y sus Compau00f1eros (II)................................................................................................................... 6

Tomo III. Expediciones de Jofru00e9 de Loaiza, Alcazaba, Mendoza, etc. ............................................................................. 8

Tomo IV. Almagro y sus Compau00f1eros (I). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 15 Tomo V. Almagro y sus Compau00f1eros (II). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19 Tomo VI. Almagro y sus Compau00f1eros (III). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23 Tomo VII. Almagro y sus Compau00f1eros (IV). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 26 Tomo VIII. Valdivia y sus Compau00f1eros (I). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 28 Tomo IX. Valdivia y sus Compau00f1eros (II). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33 Tomo X. Valdivia y sus Compau00f1eros (III). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 36 Tomo XI. Valdivia y sus Compau00f1eros (IV). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 37 Tomo XII. Valdivia y sus Compau00f1eros (V). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 38 Tomo XIII. Valdivia y sus Compau00f1eros (VI). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39 Tomo XIV. Valdivia y sus Compau00f1eros (VII). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 43 Tomo XV. Valdivia y sus Compau00f1eros (VIII). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 44 Tomo XVI. Valdivia y sus Compau00f1eros (IX). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 45 Tomo XVII. Valdivia y sus Compau00f1eros (X). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 46 Tomo XVIII. Valdivia y sus Compau00f1eros (XI). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 47 Tomo XIX. Valdivia y sus Compau00f1eros (XII). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 48 Tomo XX. Proceso de Villagra (I). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49 Tomo XXI. Proceso de Villagra (II). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51 Tomo XXII. Proceso de Villagra (III). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53 Tomo XXIII. Informaciones de Servicios (I). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57 Tomo XXIV. Informaciones de Servicios (II). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 59 Tomo XXV. Informaciones de Servicios (III). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 60 Tomo XXVI. Informaciones de Servicios (IV). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 62 Tomo XXVII. Informaciones de Servicios (V). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 64 Tomo XXVIII. Alderete y Hurtado de Mendoza. .......................................................................................................... 65 Tomo XXIX. Francisco y Pedro de Villagra (I). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 70 Tomo XXX. Francisco y Pedro de Villagra (II). . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 74