El reino de Fez empezaba en Melilla, por la parte de Levante. Conocida la provincia como “Algarbe de Berbería”, contaba con dos ciudades: Fez y Rabat o Ribate. Marruecos, "cabeza del reino", estaba a Poniente, con Sus, Tremecén, Meta o Meça y Mauritania, centro comercial del Islam. Los normandos, que alcanzaron el "confín" de la Mauritania, llegaron a Cabo Frío. El conjunto se llamó Etiopía, Guinea y Tierra de Negros, indicando topónimos como Valle del Mezquital y Matamoros, que el Islam alcanzó México, supuesto ratificado por Cortés. Describe mezquitas mejicanas, que un español de la época, educado en el odio o la nostalgia del Islam, no podía confundir con templos de otros credos, a los que llamaba "rezaderos", como no podía confundir la sinagoga. Imprecisas las fronteras, “reinos" y provincias podían ser conjunto de enclaves, sin más lazo de unión que el de tributar al mismo señor o monarca. Instaladas las poblaciones en las orillas de ríos, con acceso al mar o en la costa, edificaban en adobe y piedra, alojándose en el campo y las aldeas en chozas o casas de madera, generalmente dispersas. Nómadas otros, en lugar de "aduares" formaban reales, montados en ocasiones en la ciudad, al amparo de fuertes y murallas de adobe. Rodeaban el descampado de Safi, puerto del Xarife, o la ciudad de Marruecos, con su alcázar y barrio de los andaluces, que fue centro defensivo más que urbano. Tenían piedra sobrada para hacer cal, pero no la usaron. Viendo cocerla a portugueses y españoles, preferían ensamblar sillares, a la manera romana, para levantar grandes templos, que no lograron arrasar los conquistadores. El rey de Fez como el de Marruecos, coronas separadas en la decadencia, unidas en los periodos de auge, tuvo palacio y corte de tiendas, que plantaba en cualquier parte. Rica la tierra en oro, al no producir trigo, cebada ni aceite de oliva, proveían europeos. Cambiaban cereales por oro, esclavos y especies, pero también por paños, objetos de “latón” y “conchas” de la púrpura, de las que se cogían en Canarias. Las apreciaban los dueños del oro, porque la púrpura lo procuraba. Rara en la Europa medieval, es probable que el mercado estuviese en el Poniente de los americanos, bien comunicado por el Pacífico.
Habiendo repartido el Papa Martín V la "conquista" del reino de Fez entre reyes cristianos, concesión que implicaba monopolio del comercio, con pena adjunta de excomunión, para quien lo violase, tocaron a Castilla unas Canarias pobres en oro, comprendiendo imperio en el que no pudo penetrar. Y a Portugal las riquezas de Guinea. Protestó Juan II, haciendo cuanto estuvo en su mano por modificar el reparto, imitándole Enrique IV. También fracasaron los Católicos, perdiendo la guerra emprendida para conquistar la Guinea, con sus "rescates" y la Mina de Oro, triunfando cuando tuvieron lo que faltó a sus pasados: un papa aliado, dispuesto a enmendar la plana a sus predecesores, modificando reparto, ratificado hasta entonces. De ahí que aguardasen a la elección del aragonés Rodrigo Borgia, entronizado bajo el nombre de Alejandro VI, para emprender la aventura colombina. Es probable que hubiese quedado en originalidad sin historia, de no extenderse el protestantismo. Apartada Inglaterra de la Iglesia, desacreditada la excomunión por el avance de los hugonotes en Francia y corriente de humanismo erasmista entre los católicos, Juan III de Portugal y Carlos V de España, comprendieron que para justificar el monopolio de un continente, preciaban de fuerza moral más evidente y tangible, que el mandato del Papa de Roma. Ambiguo el término "descubrir", omitieron que significaba"reconocer" tierra sabida, para prestarle el de encontrar tierra ignota. Al erigirse en herederos de los que encontraron unas Indias, ignoradas para los cuatro continentes continentes restantes, tuvieron argumento que oponer a los europeos, empeñados en frecuentar y aprovechar de las Indias, como si perteneciesen a sus habitantes. Para llegar a estas conclusiones, ha sido necesario recorrer un largo camino, a través de documentos olvidados; de textos leídos sin querer entenderlos y aún menos relacionarlos. Invito al lector que quiera a seguirlo, partiendo de la posición privilegiada del que penetra en complicado laberinto de datos, conociendo la salida. Un laberinto cuya entrada está en la mar. Y en las primeras navegaciones.
La arqueología es ciencia joven, que multiplica las sorpresas. La aparición de nuestra especie en la tierra se aleja en el tiempo. Como se alejan las primeras manifestaciones de esa expresión de racionalidad colectivizada o colectiva, que llamamos civilización. No hace mucho que las primeras navegaciones, circunscritas al Mediterráneo, como si los ribereños de otros mares, estuviese incapacitados para enfrentarse a la mar, se ubicaban en el tercer milenio, sin que el hallazgo de reproducción de barco de vela, en tumba de Eridú, del cuarto milenio, alterase los textos de historia. Hoy los arqueólogos admiten que el hombre navegó en balsas, usando el remo, unos 7.000 años a.C, coincidiendo por cierto con la Biblia, que ubica a Noé, constructor de navío por inspiración divina, entre el octavo y séptimo milenio. Pasado “Diluvio” supuestamente universal, que despobló el planeta, la especie se multiplicó con celeridad asombrosa, pues los hombres fueron "multitud", en vida del Patriarca. Había prometido el Altísimo no volver a las andadas, pero Memrod, hijo de Noé, desconfió de la palabra divina. Queriendo asegurarse supervivencia, que debió imaginar eterna, inició la construcción de torre, tan alta que llegase al cielo. Molesto Yahvé por la desconfianza, quiso interrumpir la obra, aplicando el principio de la autodestrucción de la especie. Borrado el lenguaje común de las mentes, los hombres no pudieron entenderse, quedando interrumpida la obra colectiva. Aprovechó Noé la coyuntura para repartir el mundo entre sus hijos, dispersándoles en direcciones opuestas. A Tubal, el quinto, le tocó "la tierra donde se pone el sol". Rica en oro, plata, piedras preciosas y azúcar, se identifica con Hispania. El P. Mariana, en su “Historia de España”, publicada bajo Felipe III, se fijó en el moreno Cam, adjudicatario de África. Su nieto Gerión, nombre que significa “extranjero”, engendró a los caldeos, recibiendo de un gigante ungüentos de olor y púrpura. Probando los progresos hechos en navegación, desde los tiempos del arca, desembarcó en Cádiz. No habiendo amo en la tierra se hizo rey, enseñando a los aborígenes a domesticar ganado, primer paso hacía la sociedad sedentaria. Rico en reses lo fue en oro, de utilidad dudosa en mundo despoblado.
Osiris partió de Etiopía o Tierra de Negros. Siguiendo extraña ruta, pues navegando por el Río Tanis, que se dice separaba Asia de Europa, arribó a Cádiz. En los “llanos” de Tarifa derrotó y mató a Gerión, ocupando el trono. Al hilo de ciclo cultural, común a todas las civilizaciones, transmitió a sus vasallos la ciencia de cultivar la tierra, dándoles leyes o normas de convivencia. Generoso y didáctico, apenas los tuvo instruidos, devolvió el trono a los hijos de Gerión, regresando a la patria. Desagradecidos los Geriones, fletaron armada para ir a Egipto, con el fin de matar a su benefactor. Debieron arribar poco más o menos, en el oscuro periodo en que se sitúa la invasión de Oriente Medio, cuna de de todas las civilizaciones europeas, por unos “pueblos del mar”, cuyo origen se pierde en maraña de conjeturas. Juró Oro juró vengar a Osiris y tomó el nombre de Hércules, Libio que no Tebano. Desembarcando como de costumbre en la costa gaditana, degolló a los Geriones, se hizo con el poder, pese a no registrar la protohistoria periodo en que imperasen egipcios, poniendo Eritrea a Cádiz y a "una isla que estaba enfrente", patria de los Taulantes, a los que no hacen mención los textos modernos. Vicio de aquellos antiguos, por desgracia perdido, la costumbre de cansarse de ejercer el poder, le ocurrió a Osiris. Lo cedió a Híspalo, que llamó al país Hispania. Muerto sin sucesión, le sucedió en el trono Héspero. Pero Cádiz no se llamó Hesperia en su honor, si no en el del lucero vespertino, tomando las “islas” que estaban “en la otra parte”, el nombre de Hésperides. Atlas o Atlante, hermano de Héspero, zarpó de Etruría, conquistando Hispania.
Es probable que todo esto sucediese de distinta manera. O no sucediese nunca. Carece de importancia. Del periodo sólo nos interesa el fondo de verdad, que contiene la leyenda, en especial las “islas” que estaban "enfrente" o a la “otra parte”, también llamadas “Atlántida”. Las menciona Platón, haciendo referencia Plinio y Estrabón, que se refiere repetidamente a las "dos orillas" del Océano: los etíopes o negros vivían a la parte de mediodía, a “orillas del Océano, a ambos lados del mismo”, formando “dos grupos”, que “están divididos por el Océano”. Si hablaba el geógrafo de oídas, habremos de admitir que estaba bien informado. Porque efectivamente el Océano separa las costas de dos grandes continentes, habiendo aborígenes de piel negra al "mediodía", tanto en África como en América. Y así lo veremos después. Desmintieron los conquistadores a Estrabón, dándole la razón, entre otros, el Sócrates derrotado de Apuleyo: en tiempos mejores había cruzado el mar, conociendo las dos Etiopías. En 1975 apareció cráneo de mujer negra en la región de Minas Gerais. El carbono 14 permitió situar su muerte 11.000 años antes de nuestra era. No sería la única. En el mismo yacimiento estaban sus parientes.
El velero de terracota, encontrado en tumba de Eridú, prueba que en el IV milenio antes de nuestra era, el hombre oriundo de civilización desarrollada, podía emprender cualquier travesía. La partida de Jasón de Tesalia, en nao construida por Argos, se ubica en torno al 1500. Iba en busca del bellocino de oro, llevando por tripulantes a Orfeo y Hércules Tebano. Si damos por cierto que el río Tanis, frontera entre Asia y Europa, se identifica con el Dnieper, habremos de admitir que a imitación de Osiris, siguió camino alambicado, pues remontándolo vino a dar en el Monte Calpe o Gibraltar, estando Mnesteo en el primer brazo del Guadalquivir, fundando su oráculo. Y Ulises en las Fortunadas. Zarpó éste de las islas en dirección Poniente, navegando 30 días para dar en las Hespérides.
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S. III Opiano Cynegetica |
Lucas de Tuy sitúa el reinado de Gárgoris de Tharsis en tiempo de un Moisés, para nosotros desconocido, que sitió la capital de Etiopía. Abidis, nieto del rey tartesio, vivió en el siglo IX .aC, pues fue coetáneo de David. En su tiempo se inició la "gran seca". Perdidas las fuentes, secos los ríos, el Ebro y el Guadalquivir siguieron corriendo, reducidos a riachuelos. Concentrado un resto de población en sus márgenes y la costa, los textos cristianos prolongan el desastre 26 años. Y los islámicos un siglo. Estrato de subsuelo gaditano sin huella de presencia humana, parece confirmar la supuesta emigración masiva. La población abandonó al - Andalus y "la otra orilla del Estrecho". Repartidos entre Afâriqa e Ifrîquiya, estados de Etiopía, se multiplicaron, creando un problema de subsistencia. Azuzados por el hambre cayeron en el canibalismo, horrorizando al rey, que quiso matarlos. Medió una de sus hijas, que tenía el gobierno a su cargo. No queriendo castigar la crueldad con crueldad, aconsejó embarcar a los intrusos, abandonándolos en manos de Dios. El viento los llevó a Ifranya. Al practicar la los naturales si misma religión, se sintieron cómodos, prosperando hasta convertirse en problema. Obligados otra vez a embarcar, fueron proveídos de ganados y simientes, para iniciar nueva vida, devolviéndoles el mar a Cádiz. Termina la seca en grandes lluvias, encontraron una tierra verde y acogedora. Fuentes cristianas recuerdan que en Hispania desembarcó "gran muchedumbre de gente extranjera", instalándose en la costa, en el período de las navegaciones fenicias
La aventura comercial de Salomón se desarrolló en el primer milenio. Asociado con Hiram de Tiro, que aportó navegantes y embarcaciones, sacaba dos flotas, según la Biblia: la de Ofir navegaba doce meses, regresando con 666 talentos de oro, piedras preciosas y maderas de Algumin; la de Tharsis ocupaba tres años en el viaje. A más de oro, traía plata, marfil, simios, pavos reales, especies y ungüentos. La reina de Saba, país de Etiopía, escenario de aquel comercio, deseó conocer al promotor de la empresa, viajando a Jerusalén con regalo de incienso, piedras y metales preciosos. Del encuentro surgió inclinación recíproca, devolviendo Salomón la visita. Se reflejó en ausencia de tres años. En los rotarios del siglo XVI ya aparece una de las Pequeñas Antillas, con el nombre de Saba.
Arias Pérez, hijo de Martín Alonso Pinzón, fue con su padre a Roma en 1492, visitando en su compañía al cardenal – bibliotecario de Inocencio VIII, gran amigo del marino. Recordaba conversaciones prolongadas en la biblioteca, en torno al "mapamundi" del Papa y cartas de marear. Aficionado el prelado a la navegación, dio a Martín Alonso copia de “escritura”, que se suponía del tiempo de Salomón. Indicaba la ruta hacía tierra por “descubrir”, por no estar inscrita a nombre de cristiano. Arias y el paleño Colmenero, que regresaron de Roma con Martín, recordaban el contenido. Con acentos de conseja decía que navegando 95º hacía donde se pone el sol, desde la costa occidental de España se encontraba Cipango, país tan rico que quien lo tuviese, "sojuzgaría" África y Europa. Nos guste o no, México está a 95º del Guadalquivir. Hurtado de Mendoza, geógrafo del siglo XVII, aprovecho periodo de remisión del credo colombino, para explicar que la palabra "Antillas" es contracción "ante - islas", nombre que “los primeros” que fueron a las “Islas Occidentales", dieron a las islas, por encontrarlas antes de llegar a "Nueva España” o México, su costa de destino. Se tardaba 3 meses a la ida, ocupando el regresó de 7 a 8, porque seguían el mismo camino, no habiendo descubierto que rebasados los 30º, latitud Norte, se reducía la distancia - tiempo.
Pigmalión, rey de Tiro, refundador de Gadira, hizo fortuna "rescatando" oro y "copia de plata" en la Bética, a cambio de aceite. De haber quedado circunscrita a la Bética a la peninsular, los naturales serían la excepción que dio lo que no tenía, para adquirir aquello que le sobraba. Cuentan que Dido, hermana de Pigmalión, se expatrió para tener reino propio. Instalada en Carquedón, factoría de Tiro en el reino de Tharsis, consiguió que los tartesios le vendiesen el solar de Cambia, ciudad tiria del siglo XVI .aC, que quedó abandonada. Construida la fortaleza de Birsa en torno al 814 .aC, Dido la unió a Carquedón con una muralla, creando el núcleo de Cartago, ciudad tributaria de Argantonio, el rey que tuvo en su capital capital columnas de “oricalco” o latón. A su muerte estalló la anarquía, fragmentándose Tharsis en tres reinos: Cartago, Numidia y Mauritania. Curioso Fernández de Oviedo, recoge de Aristóteles versión alternativa, que omite la intervención de Dido. Asentados los fenicios en Cádiz, ciertos mercaderes se adentraron en el Océano, dando en “gran isla”, “apartada de la “tierra firme” de África. Al no estar “descubierta ni habitada”, fundaron población. En la metrópoli se prohibido publicarlo, por temor de que se formase una “gran nación”, susceptible de amenazar a Fenicia.
No son raros los yacimientos de oro y plata, ni los ríos portadores de arenas auríferas. Los hay en casi todas partes. Pero su explotación ofrece tantas dificultades y el producto es tan escaso, que ni al más indigente le compensa convertirse en buscador. El breve calcolítico dorado disfrutado por los sumerios, se ubica en la primera mitad del III milenio. Lo certifica, entre otros objetos, el casco de Meskalamdug. Se encontró en Ur, en conjunto de tumbas de reyes, enterrados con seguidores o servidores de ambos sexos, costumbre que no era sumeria. Tampoco el propietario del casco, cuyo nombre no aparece en ninguna dinastía, siendo la técnica de labrar el oro importada.
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Akadios y egipcios lo tuvieron en abundancia, trabajándolo los aqueos con habilidad singular. Pero el arte africano lo escatima, prefiriendo el cobre. Es probable que los artífices de Benin se enfrentasen a las dificultades del bronce, por no exponerse a que la falta de materia prima, les obligase a interrumpir su obra. En la costa oriental del sur de África, se encuentran restos de yacimientos de oro, que fueron explotados en la antigüedad. Los negro de la Guinea actual, encontraban polvo de oro en el Níger. Pero en cantidad tan escasa que dejaban de buscarlo, para servir a los blancos, en factorías instaladas en el siglo XVII. Absurdo pretender que todo el oro, importado a través del Islam y Portugal, antes de 1492, procediese de la franja del Sudán africano, no lo es menos ubicar las minas del “rey Salomón” en una Somalia, en la que no dejó huella. Por otra parte, de haberse encontrado tan próximas la fuentes, las prolongadas navegaciones judeo - fenicias, quedarían fuera de lugar, pues partiendo de puerto del Mar Rojo, Somalia queda a la puerta de casa. Tampoco tendría consistencia suponer que el oro adquirido por árabes y portugueses, en la costa occidental de África, procedía de las minas de Rodesia y la Unión Sudafricana, debido a la distancia, difícil de recorrer por tierra, que las separa de Tumbuctú, y a la profundidad en que se encuentra el mineral.
Secretas las rutas del mar, basta recoger información de arqueólogos, geólogos o demógrafos, para descubrir que la principal utilidad de los portulanos de los siglos XIV y XV, consistía en guardar el secreto del oro. De no ser esta la intención, no tendría sentido que los topónimos de la ruta de oro, se suceden en el sequeral de la costa atlántica del norte de África, convirtiendo el Senegal en río caudaloso, que Reynel subraya el puma rampante de Sierra Leona. Es uno de los más importantes de África y de curso navegable, por no tanto como parajustificar la representación. Es curioso observar que si giramos el mapa, situando la tierra a Poniente y el Océano a Levante, los topónimos se sitúan, poco más o menos, en la latitud y lugar en que se encontraron. En tiempo de Felipe II, en apuros porque Ingleses, Franceses y Holandeses ocupaban sus Indias a retazos, aparecieron sesudas publicaciones, ilustrando la versión oficial del "Descubrimiento". León “el Africano”, supuesto autor de la “Descripción de África”, se presenta como “elche”, o converso del Islam al cristianismo, originario de Fez. Emigrante en Roma se dejó bautizar, terminando su obra en 1526, siendo publicada en 1588, estando Ciudad Eterna y la cristiandad en general, sometida a la influencia de un Austria, obligado a practicar política de farol, por falta de dinero y efectivos. De cara al interior inspiró y pagó la composición de los “falsos cronicones”, al jesuita P. De la Higuera. El relato de la "conquista" islámica y la reconquista, no coincide con las viejas crónicas, siendo tan pocos los mozárabes andaluces, que algunas provincias no se encontró huella de cristianismo. Para probar lo contrario, los "plomos" de Granada fueron enerrados y decubrietos, siendo la falsificación tan burda, que se denunció de inmediato. Admitida la mitificación, los "Cronicones" fueron denunciados por Nicolás Antonio, iniciador del movimiento que culminó en la breve y exigua "Ilustración" española, del siglo XVII, pero disfrutan de larga vida, pues se siguen enseñando.
A cargo del Africano ubicar la Mina de Oro a orillas del Níger, su vistosa narración no resiste confrontación con información somera, procedente de disciplinas auxiliares, como son la botánica y la geología. Cuenta que los mercaderes acopiaban sal en la salina mineral de Tegaza. Se transportaba en “barras”, a cuatro por camello, formaban caravanas que cruzaban el desierto en 20 días, los mismos que según Alonso de Palencia, se tardaba en atravesar por mar, del Guadalquivir a la
"Guinea". En las inmediaciones del centro comercial de Tumbuctú, cambiaban sal por oro, en el llamado mercado "mudo". El negro se sentaba frente al oro, se sentaba frente a su mercancía, a la espera de comprador. Estos amontonaban la sal o lo que ofreciesen. De considerar la oferta suficiente, el propietario del oro las tomaba, abandonándolo al comprador. De lo contrario, marchaba a otra parte con su oro. Curiosamente, esta modalidad de mercado se describe en Costa Rica, siendo el mercado "mudo" originalidad de las Guayanas, que recogieron películas francesas de los años sesenta. No explica el "Africano" del origen del oro. Surge de la selva, a hombros de negro o en canoas. Navegable el Níger, lo hubiese sido desde el mar, de no impedirlo cataratas, próximas a la desembocadura. Agotadas las existencias, los negros se esfumaban como habían llegado. Los árabes formaban caravanas de 500 o más camello, subiendo por ruta escasa en puntos de agua, hasta Sildjimesa, donde se separaban, repartiéndose por los mercados de Orán, Árgel y las factorías portugueses de la costa, réplica de las que tuvieron a Poniente: Río de Oro, Arguim, Cabo Verde y San Jorge da Mina, en la desembocadura del Niger al Golfo de Guinea, mar de calmas, que evitaban los veleros.
En verdad, el origen del oro, materia prima de la "dobla" de oro granadina, patrón moneda en la Andalucía cristiana, no estaba el Río de Oro del "Africano". Procedía del Nuevo Reino de Granada, que no debió su nombre a la casualidad, ni a los conquistadores. Si en el segundo cuarto del siglo XV, la dobla se devaluó, perdiendo su condición, la causa estuvo en el avance de castellanos y portugueses a la parte de Poniente, no en la decadencia del reino peninsular. En 1433 subió al trono lusitano D. Duarte. La moneda era de cobre. A su fallecimiento, en 1438, primaba la plata, asomando el oro. Su sucesor, Alfonso V, se llamó rey "de aquende y de allende mar en África". Lanzó 154 emisiones en oro, con 24 cuños distintos. El cronista Pulgar, fallecido en mayo de 1492, identificó la Mina con Tarsis u Ofir sin incurrir en anatema, porque aún no se había producido el descubrimiento colombino. Recogiendo leyenda, que en la versión portuguesa atribuía el hallazgo a mercader lusitano, que navegaba hacia la India sin aguardar a Vasco de Gama, lo adjudicó a castellano, arrastrado a Poniente por los levantes. A 1.000 leguas de España entró en puerto, acompañado del mugir de "bocinas", que eran caracolas. Anunciaban a los negros, alojados en chozas dispersas, la llegada del navío. Probando conocer los gustos de los blancos y tener los propios, acudieron “desnudos”, ofreciendo su oro a cambio de cualquier cosa. Vendido cuanto no era indispensable para navegar, los andaluces regresaron a Sevilla en carnes pero ricos. El suceso puso de moda viaje, que reportaba ganancia de 10.000 pesos de a dos florines. Despiadada la competencia, se hizo estudio de mercado. Los presuntos nudistas compraban paños, objetos de bronce, en especial almireces y conchas “muy grandes”, de la que se cogían en Canarias. Moluscos sin valor hasta entonces, la unidad se cotizó a 20 reales de plata en Andalucía, porque en la Mina se vendía a 20 y 30 pesos oro. El historiador andaluz Juan Manzano, aseguro que de no haber sido negros los naturales, hubiese situado la Mina en América, sin dudarlo.
Bernáldez, coetáneo del “descubrimiento”, se refiere a la "Mina". Propia de la corona de Portugal, atribuyó su descubrimiento a las tropas de Alfonso V, en el curso de la campaña de "África", iniciada en 1471. Mercado del oro en la "costa del Océano", la sitúa en los confines del país de los negros xelofes, al norte y tan
escondida, que no la “erraron” de casualidad. Parafraseando a Pulgar, repite que los naturales cambiaba oro por objetos de “latón”, tejidos y conchas de Canaria, “que tienen los negros en mucha estimación", por creer que les libraba del rayo, supuesto sorprendente, pues poco después Fernández de Oviedo, sabía que utilizaban al múrice, para teñir sus algodones de púrpura. Puede que el topónimo “Mina” esté relacionado con población, próxima a la Meca, famosa entre los peregrinos del siglo XIII, por la riqueza y variedad de su mercado.
El secreto de las rutas del oro se guardaba celosamente. Los fenicios prohibieron divulgar la ubicación de la tierra “incógnita”, poblada por mercaderes de Cádiz. Y Orígenes padre de la Iglesia del siglo III, posteriormente mal visto, alejó a los navegantes de Poniente: "no es navegable el mar Océano", porque los "mundos” que estaban a la otra parte, se gobernaban “por providencia del mismo Dios". Templarios y musulmanes poblaron el mar de monstruos y abismos disuasorios, barrera imaginaria reforzada por armadas, perfectamente materiales. Pudieron comprobrarlo los italianos Ugolino y Vivaldi, en 1291. Yendo Océano adelante, en busca de las"partes" de las Indias, ancoraron en río frente a Canarias, siendo capturados por musulmanes, que los llevaron a Tierra de Negros. En 1480, recién perdida la guerra con Portugal, los Reyes Católicos, que no habían renunciado al oro, se alarmaron al saber de mercaderes ingleses que pululaban por Andalucía, buscando pilotos, armadores y maestres, prácticos en la navegación a la Mina de Oro y los rescates de Guinea. Fácil dar en la otra costa, pero complicado encontrar los puertos del oro y las especies, sospechando que Inglaterra pretendía sacar armadas por su cuenta, con el fin de rescatar amabas cosas, especialmente en la Mina, esgrimiron el tratado de paz Alcaçobas, firmando el año anterior, para hacer expulsar a cuantos extranjeros manifestasen tan desagradable curiosidad, amenazando al vasallo que entablase conversación con forastero, interesado por Guinea, con acusación de “quebrantador” de la paz, delito de alta traición, que acarreaba pérdida de cabeza y bienes. Temiendo la presencia de curiosos en la mar, preparados a seguir las carabelas que fuesen a la Mina, se prohibió navegar a Guinea, aún teniendo licencia del rey de Portugal.
Los tratados de cosmografía y navegación, enseñaban a medir longitud y latitud con la "ballestilla", hacer cartas de marear, usar los instrumentos, seguir el rumbo por la estrella y recuperarlo, pero no contenían mapas. De difícil interpretación los portulanos para quien no estaba en el secreto, se acusó a Portugal y probablemente a Castilla, de poner en circulación mapas "mentirosos", por presentar una costa atlántica de África del Norte, con densidad de población que nunca tuvo. No confundieron a los navegantes, pero sí a los geógrafos de gabinete. Con fe de carbonero, admitieron que un río caudaloso podía escalar montañas y discurrir bajo las arenas, para emerger en las inmediaciones de la costa, dando al desierto franja de microclima tropical. Olvidando que el oro entró en Portugal reinando D. Duarte, la “Crónica de Guinea” sitúa el primer trueque de oro en 1439, fallecido este rey. En río conocido por Sama, negros "azanegues" o "guineos", pagaron a Diego Câo con esclavos, huevos de avestruz y polvo de oro. Emocionado por ser el primero que veía, puso al sitio Rescate. El topónimo, conservado en mapas de los siglos XVI y XVII, sitúa una Sama, más que sospechosa, en las inmediaciones de Cartagena de Indias. El mismo Câo cerro periplo ilustrativo, en 1446. Tocando en Canarias siguió a Madeira, regresando a Lagos por el Mar de los Sargazos. Tristâo hizo el mismo camino, no mucho más tarde.

Según otros, el primer polvo de oro lo recibió Antâo Gonçalves, en 1441, junto con esclavos, en ocasión de canje de alárabes o berberiscos, en río próximo a Porto o Pedra de Galé o de la Galera, que remontó. El topónimo Punta de la Galera se conserva en mapas de nuestro tiempo, al nordeste de la Trinidad, isla situada frente a la desembocadura del Orinoco. El mismo año expedición portuguesa reconoció la isla de San Miguel, entonces sur de la Isla de Palma, que partía del Cabo Bojador, adjudicado a Portugal por el papa Eugenio IV, en 1436. Desembarcados Lopes de Almeida y un compañero en Angra de Caballos, bajaron por tierra a lo largo de la costa, amparados por las carabela. Antes de llegar al extremo del istmo, frontera con la Tierra Alta castellana, encontraron río portador de pepitas de oro, al que pusieron Río de Oro. Redundancia inútil, pues era conocido por este nombre, en el siglo XIII.
La primera factoría del periodo de las navegaciones portuguesas, estuvo en Arguim, "contra" Guinea, en la frontera con Tierra de Negros. En los textos aparece alternativamente como isla, bahía o archipiélago. En Arguim construyó el infante Enrique el Navegante fortaleza, entre 1445 y 1448. Centro de “rescate” de esclavos, manegueta y oro, la primera Casa de la Contratación fundada en Lisboa, se llamó “de Arguim”. Tras viaje del rey de Guinea a Portugal, para dar vasallaje, el príncipe D. Juan se tituló "señor da Guinée", cambiando la casa el nombre, pues se llamó "da Guinée". Ferrâo Gomes, que tenía arrendada la explotación de la provincia a la Corona, tomó la del territorio de Arguim, con obligación de “descubrir” o reconocer 100 leguas de costa, cada uno de los cinco del arriendo. Cumplidor encontró "rescate" tan abundante en oro, que la casa pasó a llamarse "da Guinea e da Mina", para quedar en "Casa da Mina”. Alfonso V honró a Ferrâo, dándole Mina por apellido. Pero no renovó el contrato. Dispuesto a evitar meteduras de pata, que pusiesen riqueza desproporcionada en manos de vasallo, encargó al italiano Toscanelli carta y descripción de su "conquista". Terminada en torno a 1474, paró en la librería real. Cuenta leyenda recogida por Madariaga, que Colón, habitual de la biblioteca, quizá por tener la profesión de impresos de libros de estampa, la copió en las guardas de la obra de Eneas Silvio Picolomínni, huyendo a Castilla con tesoro, que parece haber estado a disposición de cualquier lector. Asombra al historiador que las islas de Indias, visitadas por Colón en su primer viaje, coincidiesen en perfiles y situación, con las dibujadas por el italiano. Ignoró la fuente que procuró el dato a D. Salvador.
En 1487, Bartolomé Días costeó África por real orden, en busca del reino perdido del Preste Juan de las Indias, visitado por castellanos y aragonés en el primer cuarto del siglo. “Descubrió” cabos, golfos y ríos, pero no islas, constantes en los relatos de quienes navegaban por la otra Guinea. Dura la travesía, los tripulantes adolecieron de escorbuto, en tiempo en que ya se combatía con cítricos, incluidos en la despensa. Avistado el Cabo de Buena Esperanza, Díaz se abstuvo de doblarlo. Dando por terminada la misión, cruzó el mar de levante a poniente, regresando por la ruta habitual, seguida por los barcos de la India. Tocando en la Mina subió al Mar de los Sargazos, entrando en Lisboa tras ausencia de 16 meses.
Alonso de Palencia, alto funcionario de los Católicos y su cronista, cuya muerte se ubica en 1492, mencionado en 1480, habla largamente de una Guinea, que sitúa a 7.000 millas o 12.000 kilómetros de los puertos andaluces, y distancia – tiempo de 20 días. Vientos y corrientes favorables, hacían que los barcos se deslizasen "suavemente, como de bajada". Más duro el regreso, pues se hacía a "fuerza de la vela”, al ser contrarios los vientos, se prolongaba 4 meses. Francisco López de Gómara, en su "Hispania Vintrix", publicada en 1542, completa la información. Buscando símil conocido, que hiciese comprensible para el lector el concepto "antípodes", escogió las Molucas, “islas de la Especiería”, por ser "antípoda" de la Etiopía, “que ahora llaman Guinea". Basta una mirada al planisferio, para comprobar que en las antípodas de las Molucas, están la Guayanas y el delta del Amazonas. En el mapa atribuido a Juan de La Cosa, dos barco varados indican los puertos de arribada a Guinea: Paranaiba, que como veremos se llamó Gomera, cuyo recuerdo se conserva en la Punta e Islas das Canarias, y la bahía del Río de Marañón y Río de los Esclavos, Madeira de los portugueses, principio de la Isla de Hierro para los castellanos. Los que se dirigían a Paria o al Caribe, entonces Mar Pequeña, salían a mar abierto, para evitar los bajos del "placel", navegando en dirección noroeste. La costa pertenecía a la "conquista" de Portugal, pero los pendones que señalan los puertos son de Castilla, por pretender la posesión los reyes castellanos. Coinciden con las "escalas de mercadores", puertos del Rey de Fez y Marruecos, abiertos a cristianos, inventariados por los Reyes Católicos en albala de 1475. Conquistados Cabo de Aguer y Azamor por Alfonso V de Portugal, los recupero Mahamete, en tiempo de Carlos V.
En 1536, temiendo los efectos de la reforma luterana, el Emperador decretó secuestro general de cartas de marear y mapas, de propiedad pública o privada, so
pretexto de confundir al navegante, por haber cambiado los topónimos. Responsable de la limpieza el oidor Juan Suárez de Carvajal, lo fue de equipo de astrónomos, cosmógrafos y geógrafos, creado para llenar el vacío, componiendo "padrón" o "mapamundi" modernizado. Formó parte Sebastián Caboto. Todo indica que Juan III de Portugal, tomó medida similar. De la quema se salvó el mapa mencionado. Adquirido en subasta parisina del siglo XIX, fechado en 1500 y adjudicado a Juan de la Cosa, perfila la costa de Méjico y La Florida, no “descubiertas” oficialmente en la fecha. Sospechosos los topónimos, pues pocos coinciden con los utilizados por Colón, Vicente Yánez Pinzón y otros “descubridores”, pudieran ser aditamento posterior, garrapateado en original o copia del “padrón”, utilizado por el Obispo Fonseca, para “dibujar” los “descubrimientos”, asignados al "descubridor" al descubridor correpondiente. Lo eran cuantos viajaban a Indias, provistos de licencia para "descubrir" costa o tierra, señalada de antemano. Se supone adorno el San Cristobalón, que oculta el istmo, porque se ignora el pleito que en 1490, enfrentó a las coronas de Portugal y Castilla. Habiendo arrendado Isabel las pesquerías de Cabo de Bojador y Angra Caballos, con seis leguas "abajo", hasta los límites de la Isla de Hierro, los paleños arrendatarios ejercieron el derecho a expulsar intrusos de aguas y tierras. Indignado Juan II de Portugal, porque la Isla de San Miguel le tocaba, llevó el caso al tribunal de Roma, cayendo en provocación, urdida probablemente por Rodrigo Borgia, cardenal poderoso por papable. Aleccionados los jueces, alegaron que al haberse confundido el Cabo de Bojador, límite de ambas conquistas, con el de Naam, habría que averiguar donde se encontraba exactamente, antes de determinar. Hubiese podido hacerlo fácilmente, preguntando a cualquier pescador, habitual de las pesquerías, pero no lo hicieron, prefiriendo vedar aguas y tierra a portugueses y castellanos, en tanto se despejaba la incógnita, según a los planes de Isabel. Al ser el mapa de aquel periodo, es lógico que se cubriese el istmo, indicando la prohibición.
De los portugueses se conservan dos copiasdel mapa de Piri Reis, en el Museo de Estambul. Probablemente anterior a la cartela, fechada en 1513, que atribuye el descubrimiento del continente a "Columbus", antípoda sin cabeza recuerda al incluido por Mandeville, en el "Libro de las Maravillas". Piri Reis se identifica con noble turco, habiendo quien reconstruye su biografía. Sin embargo, de no mediar la desinformación, efecto de la parcelación del estudio de la Historia, hubiese parecido más lógico relacionar la denominación del mapa, con el arquitecto portugués Diego Pireis, constructor de la fortaleza de San Jorge de la Mina. Se supone que estuvo en la desembocadura del Río Niger, pero todo indica que fue levantada el la San Zorzo, del "Atlas Catalán". Modificado el reparto de Palma por Eugenio IV, la frontera quedó en el Cabo Bojador. Centro azucarero y del oro la San Miguel portuguesa, la nueva conquista de Palma, iniciada por Pedro de Vera en 1481, alarmó al rey de Portugal. Temiendo que las tropas de Isabel no respetasen la linde, mandó a Diego Pireis, con carga albañiles, herramientas y materiales, a levantar fortaleza en las inmediaciones del Cabo, que protegiese aquellas Minas. En enero de 1482 desembarcó en aldea, llamada Duas Partes. Obtenida autorización del alcalde, eligió eminencia, en la que se encontraron sillares de construcción antigua. Fechado el uno en año indeterminado del siglo XIV. Pireis concluyó que edificaba en el solar de la fortaleza de Akkara, factoría de los normando de Dieppe, desaparecida, según se dice, a causa de la peste, pero quizá a efecto de la acción de los portugueses. No hay noticia de que a principios del siglo XVI, hubiese fortaleza en el istmo. Sin embargo aparece en el mapa, coincidiendo con la ubicación de la frontera, en 1482.
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Mapa de Piri Reis (fragmento) : se aprecian la fortaleza y el antípode sin cabeza |
Anexionado Portugal por Felipe II en 1580, el gobernador de Santa Fe encargó la conquista de "El Dorado" a Pedro de Ursúa. Terminada en 1592, el bajo Orinoco quedó bajo jurisdicción de Bogotá, regido por subgobernador, con residencia en La Margarita. En 1595, ocupando el cargo Antonio Berrio, Sir Walter Raleigh desembarcó en Trinidad. Encarcelada la autoridad española, con gran satisfacción de los naturales, quisieron al ingles como aliado. Le invitaron a remontar el Orinoco, en la esperanza de que el oro le encandilase. Metiéndole por boca atlántica, le sacaron por la de Cabo Verde. Encontró naturales negros como los de Angola y oro en abundancia, descubriendo la insignificancia de Cumaná y otros enclaves de españoles. De vuelta en Londres, propuso a Isabel I la conquista, pero la reina estaba demasiado preocupada por su sucesión, para exponerse a conflicto con España. Recuperada la libertad, Berrio reforzó la gobernación, poblando el viejo Santo Tomé.
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20/2/1618 El Conde de Gondomar anuncia la partida de Raleigh , en busca de la Mina del Río Arenico en la Guana |
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/31.5. 1618 Gondomar, desde Londres. Raleigh no encontró la Mina que fue a buscar en el Río "Arenoco", en la "Guana". Ni robó nada |
En el trono de Inglaterra Jacobo I, autorizó a Raleigh la conquista de la Mina. Iniciados los preparativos en 1616, el activo Conde de Gondomar, embajador de Felipe III en Londres, informó de los planes del “corsario”: se proponía ir a la “Guana” y entrar en el "Arinoco", para buscar una Mina, que decía saber donde estaba. Al no haber medios para detenerle, se recurrió a la astucia, aprovechando delta laberíntico. Barco de avisos estratégicamente situado, portador del que había de confundir al corsario, se hizo capturar. Creyendo haber encontrado las claves de la ruta del oro, Raleigh siguió las instrucciones del despacho, perdiéndose irremediablemente. Fue una suerte para los vecinos, pues habiendo perdido soldados a
Santa Fe, para oponerse al inglés, aparecieron con 9 meses de retraso, estando Raleigh de regreso. La historia oficial sitúa la entrada en 1618, coincidiendo con las cartas que dirigió el Conde de Gondomar, autor de la idea, a García de Toledo, celebrando el fiasco del corsario. Pero calla que la causa de la intrusión inglesa, fue la Mina de Oro, porque admitirlo implica renunciar al "Descubrimiento de América", hito de la historia oficial. En 1613 mercader irlandés, declaró en Sanlúcar, que los holandeses tenían fortaleza en Bouré. Menos puestos en geografía los consejeros del rey, que su embajador en Londres, los imaginaron a las puertas de la Mina. Para desalojarlos zarpó Luís Fajardo, Capitán General de la Armada del Mar Océano, a quien tocaba la guarda de Indias, con tropas, armas y murallas de maderas. Pero no era el detino la Bouré, situada junto al Níger. Barco de avisos, con los planes definitivos, salió tras la Armada. El resultado fue la ocupación de La Mamora por Fajardo. Comprada por Felipe III al Rey de Fez, a 5 leguas de Sale, estaba tan cerca de Arguim, que los restos de la fortaleza entraron en el lote.
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